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61-65

Publicado el 31 de diciembre de 2021, 21:51

El abad Rainiero se levantó, besó la mano al pontífice y estaba a punto de retirarse cuando pareció acordarse de algo:
—Disculpad, Santidad. Habíais dicho tres cosas…
—Comenzad a preparar una buena comida para el hermano Arnauld, pues deberá tomar un camino mucho más largo. Una vez hubo salido el abad Rainiero, la expresión de los rostros de los dos hombres se hizo más cordial.
—¡Arnauld! Quién lo hubiera dicho. Hace unos meses vi a Esteban con motivo de su consagración como arzobispo de Canterbury y hoy me encuentro contigo. Estoy muy feliz. Cuánto tiempo y qué triste es comunicarse contigo sólo a través de la fría correspondencia oficial. Además, no se puede tener todo. Hay que renunciar a algo. Y yo he tenido que sacrificar la amistad.
—Santidad…
—Nada de Santidad, ahora que estamos a solas. Soy Lotario, en recuerdo de nuestra juventud y a tenor de lo que hemos de decirnos.
—De acuerdo, Lotario… Lotario el Grande, como todos te llamábamos. Pasamos años espléndidos en París, si bien parecías estar más atraído por Esteban o Roberto que por mí.
—Todo lo contrario: eras tú quien preferías ir de tabernas por la noche que estar con tus amigos, quienes pasaban las tardes estudiando.
Arnauld le lanzó una mirada cordial:
—Lotario el Grande… Un día dijiste que tendrías a tus pies príncipes, reyes y emperadores. ¡Y lo has conseguido!
—No soy más que el indigno representante de a Quien pertenece la Tierra y todo cuanto ésta contiene, incluidos quienes la habitamos. ¿Qué te propones? ¿Recuperar lo que pertenecía a tus abuelos, el ducado de Narbona? También yo, como puedes ver, no olvido nuestros sueños de juventud. Has escogido la vía del Señor y por eso deberías olvidarte de tales propósitos. Pero has escogido el mejor camino y aniquilarás la serpiente de la herejía en la noble tierra cristiana de Provenza, aplastarás los escorpiones que hieren con los aguijones de la seducción, destruirás las langostas que se ocultan en el polvo y se mueven con gran estruendo. Abatirás, en suma, el caballo negro del Apocalipsis que monta Satanás con una balanza en la mano.

—Lotario… Hay poco tiempo y muchos asuntos que tratar y decidir. Estamos solos. Nadie nos oye. Bueno, claro, salvo Dios. Pero debemos ser extremadamente sinceros porque de nuestra conversación depende el futuro de todo el reino y también el mío. Estás de acuerdo, ¿verdad? ¿O quieres escuchar otra letanía como la de tu confesor, el eruditísimo abad? No creo que sean éstos los proyectos que tienes para mí, cuando me mandaste buscar, ya hace nueve años, a Poblet, en tierras de España. A decir verdad, te debo que en tan poco tiempo haya ascendido hasta la cima de la orden. Cuando intento predicar tan sólo aúllo, algo de lo que no estoy orgulloso, pero mi visión política es nítida. Si dependiese de mí no tardaría en pasarlos por las armas… mientras que tú piensas en el juicio de la Historia, de ahí que puedas disponer de mí a voluntad. Hemos predicado, hemos guardado las apariencias, pero, ahora, ¿quieres que te hable con franqueza o me lleno la boca con citas bíblicas?

El papa quedó asombrado ante tal atrevimiento, pero se recuperó de inmediato:

—No, Arnauld. Seamos breves. Comienza por donde quieras, pero quiero la verdad.

Arnauld comenzó a hablar haciendo un esfuerzo por modular las palabras con su voz cavernosa:
—«El hombre ha sido puesto entre dos potestades: el espíritu y la carne. El cuerpo corruptible domina al alma hasta el punto de que ésta a duras penas puede mantenerse pura mientras habita en la carne». Si en Tolosa alguien pronuncia en público una frase como ésta, se lo considera de inmediato un hereje. Si no se arrepiente o abjura de ella, se lo manda a la hoguera para ser quemado vivo. Pero nadie se ha atrevido de acusar al papa Inocencio III de herejía, ni mucho menos se ha propuesto condenarlo o enviarlo al fuego… aun siendo el autor de estas palabras, escritas hace cinco años en una carta al rey Juan de Inglaterra a causa de su enlace ilegítimo con Isabel.

—No entiendo adónde quieres llegar —repuso el papa mientras se esforzaba por mantener la calma. Después, hizo un ademán para invitarlo a proseguir.

—Sabes perfectamente adonde voy, pero, como buen jurista, prefiero profundizar más. Ahora analizaremos todo escrupulosamente, teniendo en cuenta que las personas a las que has decidido condenar no tienen escapatoria porque tú representas la verdad y la ley.

—No es cierto. Sólo hay una ley, la de Dios, y una verdad, la de las Santas Escrituras —en sus fríos ojos no se apreciaba ninguna emoción.

—No, Lotario. Los cátaros aceptan también el Nuevo Testamento y la palabra de Cristo. La cuestión es muy distinta. Se ha difundido el rumor de que los judíos sacrifican niños cristianos en sus ritos religiosos. Los judíos mataron a Cristo y, por ello, se han convertido en enemigos de la Iglesia. Los judíos, al igual que los moros, son los traductores de los textos griegos y desde España están difundiendo el saber pagano por toda Europa: la ciencia, las matemáticas, la astronomía… hasta el punto de que está mudando el rostro de la teología en París. Están introduciendo a Aristóteles en la cristiandad. Presionan a Occidente para que contraponga la fuerza de la razón de los griegos al poder de la fe y, por lo tanto, de la Iglesia. Por eso los judíos deben ser eliminados con nuestra bendición. Y no me digas que estoy equivocado. De lo contrario tú, hoy mismo, deberías promulgar un edicto en el que obligases a todos los obispos de la cristiandad a arrojar luz sobre este hecho. Que se instruyan verdaderos procesos con jueces y testigos. Al final podremos saber si los judíos matan niños cristianos. Pero ni tú ni tus predecesores, ni tú ni los que te seguirán haréis algo así —intentó aclararse la voz, aunque sin éxito—. ¿Deseas hablar de otras acusaciones? ¿Como la que se hacía contra los primeros cristianos que se reunían en las catacumbas… por realizar ritos orgiásticos? Sabes cuán falsa es. Conoces de sobra lo que hacían: oraban. Y debían hacerlo a escondidas, pues de lo contrario se los arrojaba a los leones o se los quemaba vivos. Los cátaros se ven obligados a hacer lo mismo, sólo que, por lo menos, no deben enfrentarse a las fieras, aunque siempre tienen reservado el fuego. ¿O tal vez hemos de condenar a san Agustín, quien, en su juventud, en el fervor de su misticismo y amor por Dios, se comportaba como un cátaro de nuestros días? ¿Hemos de sacarlo de la lista de santos porque había creído en el Dios de la Luz y el Dios de las Tinieblas? Lotario, los cátaros no hacen más que tomar conciencia de la esclavitud del hombre a manos de las fuerzas del Mal, de ahí su desesperación. Si relees tu Tratado de la miseria del hombre, te darás cuenta de que, en verdad, puede ser considerado un texto herético y que los cátaros podrían adoptarlo, siempre y cuando ignorasen a su autor, como su nuevo Evangelio, pues puede considerarse una verdadera obra maestra del desprecio del mundo, donde todo es miseria y corrupción, donde se desprecia el saber, la belleza y la gloria, así como la concepción, el nacimiento, la vida y la muerte. ¡Es una auténtica apología del catarismo! Para ti la Tierra es un exilio de fango y corrupción. Éstos eran tus pensamientos. Así eras tú cuando estudiábamos en París. Así era el cardenal Lotario de Conti antes de sentarse en el trono de Pedro —intentó aclararse la voz de nuevo—. Lotario, los cátaros tan sólo desean restablecer el cristianismo primitivo y establecer una regla, un modelo para toda la cristiandad. Este mundo, esta realidad, es para ellos un producto del Mal. Un Mal que nadie puede vencer o apaciguar porque nosotros, los ministros de la Iglesia, pensamos en otras cosas antes que en la salvación de las almas, obsesionados como estamos por la vida política, los negocios, las conquistas, el lujo o las riquezas.

El rostro del papa adoptó un gesto severo.

—Lamento, Arnauld, que la forma más grave de la herejía se haya desarrollado en tu propia tierra pero, a juzgar por tus explicaciones, creo que la corrupción de los ministros de Dios, en Provenza y el país de los albigenses, no tiene parangón. Rezo por que hayas olvidado tus correrías de juventud por las tabernas. Por mi parte, he hecho cuanto estaba en mi mano por reformar las costumbres de la cristiandad. En Roma, al menos, lo he conseguido.

El rostro de Arnauld adoptó un aire burlón. Con calma, su voz cavernosa tronó en la pequeña sala circular mientras sus largos dedos se apresuraban a subrayar una larga enumeración.

—Has podido beneficiarte de tu parentesco con el cardenal Giovanni Conti. Estás construyendo un pequeño imperio para tu hermano Ricardo, invistiéndolo de autoridad, feudos y castillos… arrebatándolos a su legítimo propietario, el joven Federico.

—La Donación de Constantino adjudica la península a la Iglesia.

—La Donación de Constantino es falsa. Los dos lo sabemos. Además, tienes a tu hermano como tesorero y comandante en jefe para reprimir cualquier insurrección popular en Roma. Has llamado a tu tío, Ugolino Conti, para que administre la Iglesia y, si no me equivoco, has colocado a tu cuñado en Cori y, en la Marítima, al mariscal Giacomo Conti. De hecho, si tu pontificado dura mucho, y así lo espero, la Península Itálica pasará a llamarse Conti.

—Todo esto no significa que mi administración sea mala o corrupta. Necesito rodearme de personas de absoluta confianza.

—Y me parece bien. Es cierto que has moralizado las costumbres de la Curia, incluso en lo que respecta a la manera de comer y de vestir, así debo reconocerlo. Pero también tienes tus debilidades. De acuerdo, cuando yo era joven tenía muchas… dejémoslo aquí. ¿Cómo predicabas? «Los tres vicios capitales son la sensualidad, la concupiscencia y la ambición».

—Lo decía y lo repito. Todo depende del propósito de combatirlos y vencerlos.

—No te lo discuto. Pero, cuando éramos jóvenes, en París, la sensualidad lo dominaba todo… y a todos. Salvo a aquel santo hombre, Juan de Mata, quien evitaba nuestra compañía, quizá para huir de las tentaciones. No en vano, ha sido el único que ha fundado, con su orden de los Trinitarios, algo verdaderamente puro y cristiano.

—¿Qué dices, Arnauld? Sabes bien cuáles eran mis únicas debilidades…

—Es verdad: las naranjas y la caridad. Y me parece que lo siguen siendo. Sin embargo, mientras las naranjas te granjearán, como mucho, una indisposición, la otra es, cuanto menos, poco edificante. Así era en París… y así lo es en Roma. Acoges continuamente a jovencitos en tus aposentos cada sábado después de comer. Y, hoy como entonces, lavas los pies a esos desdichados, después se los besas… y ordenas que se quede alguno contigo. Luego das a cada uno una moneda de plata para que, por efecto de la limosna, Dios te perdone la mácula del pecado y la suciedad del vicio.

La voz cavernosa de Arnauld se extinguió. El papa lo miraba sin decir nada: se palpaba la tensión en el ambiente. Su mano blanca hizo un gesto y el


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