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Capítulo 6 El maletón de Sanjurjo (116-126)

Publicado el 27 de diciembre de 2021, 22:12

En el aeropuerto de Santa Cruz, cercano a Lisboa, aterriza la avioneta Puss Moth del piloto y activista monárquico Juan Antonio Ansaldo, que debe conducir a Sanjurjo a España. La mañana siguiente amanece neblinosa. Ansaldo despega de nuevo y aterriza en un llano herboso de Cascaes, próximo a la famosa Boca do Inferno, donde lo espera el general rodeado de amigos y correligionarios que quieren asistir al histórico momento. Ansaldo observa la abultada maleta que a duras penas arrastra el asistente del general.
—Va a ser demasiado peso para la avioneta —objeta—. Llevamos el depósito a tope de gasolina y la pista es corta y acaba en árboles.
—La maleta tiene que ir —replica el ayudante de Sanjurjo—. Contiene los uniformes de gala del general y sus condecoraciones. ¡No va a llegar a Burgos, en vísperas de la entrada triunfal en Madrid, sin los uniformes!
Ansaldo se resigna. Acomodan el maletón en el espacio de carga y suben al aparato. Lastrada con ese fardo, y con el general, que también pesa lo suyo, la aeronave se desliza por el prado herboso. El piloto acelera el motor al máximo mientras retiene el aparato en tierra, la palanca adelantada, para que, al tirar de ella bruscamente hacia atrás, la potencia acumulada lo catapulte en el aire y le permita ganar altura en pocos segundos. Casi lo consigue: la avioneta se eleva sobre la pista, pero las ruedas tropiezan en la copa de un árbol.
Una de las distinguidas señoras del comité de despedida grita. Los caballeros se adelantan. La avioneta pierde altura. El piloto intenta un aterrizaje forzoso en el campo vecino, pero se estrella contra una cerca de piedra. Sanjurjo muere en el acto al golpearse la cabeza contra una barra de la carlinga. Ansaldo sobrevive.
Esa noche, en Lisboa, el marqués de Quintanar acude a la capilla ardiente en la que se vela el cadáver del general golpista: «¡Sanjurjo ha muerto! — exclama—. ¡Viva Franco!».
Palabras proféticas.
Sanjurjo ha muerto, pero Franco, más vivo que nunca, mueve los hilos del golpe de Estado con prudencia y diligencia. El ABC de Sevilla denomina a la rebelión militar «Cruzada en defensa de España», y unos días más tarde llamará a Franco «Caudillo».
Franco, mientras tanto, se afana en acrecentar sus medios y llama a la puerta de Alemania. El teniente coronel español Beigbeder, conocido en Berlín porque ha sido agregado militar en aquella embajada, remite un telegrama urgente al agregado militar alemán en París que es amigo suyo:

 

El general Franco y el coronel Beigbeder presentan sus respetos a su amigo el ilustrísimo general Kühlenthal, le informan del nuevo Gobierno Nacional de España y le ruegan envíe diez aviones de transporte de tropas de máxima capacidad por mediación de empresas privadas alemanas. Los aviones pueden venir pilotados por tripulación alemana a cualquier aeródromo del Marruecos Español. El contrato se firmará más tarde. ¡Muy urgente! Bajo palabra del general Franco y de España.

 

También Queipo de Llano y Mola solicitan ayuda alemana. Mola envía a Berlín al marqués de Portago con una carta avalada por el general Cabanellas, presidente del Comité de Defensa, en la que solicita treinta aviones que, sugiere, podría recibir a través de Portugal. Queipo, por su parte, cursa su petición con ayuda de Fiessler, delegado de la Luft Hansa [8] en Sevilla. Necesita veinte aparatos que podrían llegar a Sevilla como aviones comerciales de la Luft Hansa.
A las tres peticiones responde negativamente el ministro de Exteriores alemán Neurath. A Alemania no le interesa apoyar una rebelión militar  contra un gobierno legítimo en cuyo territorio viven más de quince mil súbditos germanos y negocian más de mil empresas del mismo origen. Por otra parte resulta sospechosa la falta de coordinación de esos tres generales rebeldes que ni siquiera se ponen de acuerdo para cursar una única demanda de ayuda. Es muy posible que una rebelión tan descoordinada no llegue a ninguna parte.
Pero uno de los generales, Franco, es más precavido que los otros y cursa una segunda petición a Hitler por otro conducto, más directo, el partido nazi, sin pasar por el Ministerio de Exteriores alemán.
Entre las personas que esperaban a Franco en el aeródromo de Tetuán cuando aterrizó el Dragón Rapide figuraba un joven y ambicioso hombre de negocios alemán establecido en Marruecos, Johannes Bernhardt, nazi fervoroso y Gauleiter o delegado del partido de Hitler para el norte de África. Bernhardt, que es muy amigo de algunos falangistas y militares derechistas de la zona y está en buenas relaciones con los mandos de la compañía aérea Luft Hansa y con el propio ministro del Aire Goering, se ofrece para gestionar la compra de armas en Alemania. Franco le encomienda la misión de volar a Alemania en el Ju-52 matrícula D-APOK de la Luft Hansa, Max von Müller, que los rebeldes han requisado en Canarias, y entregarle al Führer una carta personal suya en la que solicita ayuda [9] .
Parte el avión con su piloto Alfred Henke, capitán del arma aérea alemana, que no está contrariado en absoluto por la aventura militar en la que lo han metido. Detrás, en la cabina de pasaje, acomodados en los asientos de mimbre, van Bernhardt y un oficial de aviación española, el capitán Francisco Arranz, que ha realizado un curso en Alemania y chapurrea el idioma de Goethe (y de Hitler). Arranz intenta conversar con su compañero de viaje, pero el fragor de los motores es tal que al rato permanecen mudos, cada cual sumido en sus pensamientos. Son conscientes de estar viviendo un histórico momento.
El aparato hace escala en Sevilla, donde una avería mecánica lo retiene un par de días. Cuando por fin despega, en la madrugada del 24 de julio, al sobrevolar Albacete, un caza republicano se le aproxima y vuela en paralelo con el consiguiente acojono de los viajeros (¿y si nos obliga a aterrizar en un aeródromo republicano?). Tras unos momentos de indecisión, que les parecen eternos, el piloto del caza advierte la matrícula alemana, levanta la mano para saludar y se retira. El Ju-52 Max von Müller prosigue su vuelo sin más contratiempos y llega a su destino, Berlín, después de dos escalas técnicas en Marsella y Stuttgart. Ernst Bohle, jefe del Partido Nazi Exterior, conduce a los enviados de Franco ante Goering, al que el almirante (y espía) Canaris ha elogiado la figura del general Franco.

[8] Entonces se escribía así, Luft Hansa (hoy Lufthansa).

[9] El avión prestaba servicios entre las islas. El general Orgaz lo requisa el 21 de julio e intenta compensar a la compañía propietaria con un depósito de noventa mil pesetas.


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