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127-135

Publicado el 31 de diciembre de 2021, 22:19

Hitler está en la localidad de Bayreuth, donde cada año por estas fechas asiste al festival en el que se representan las óperas de Wagner. Allá van los emisarios con la carta del general rebelde. El día 26, finalizada la representación de la ópera La Valkiria, en la que aparece una rubia gorda vestida de armadura, con un lanzón en la mano, lo que eleva al Führer a una especie de trance heroico, Goering y Canaris le exponen el caso.

«¿Quién es ese Franco?», inquiere el Führer.

Canaris, buen conocedor de España, se lo explica.

Goering señala que, a cambio de la ayuda solicitada, se podría obtener de España el hierro de Vizcaya y sobre todo el wolframio que la industria alemana de guerra precisa desesperadamente. En Galicia, una de las regiones de España, abunda tanto el wolframio que hasta las cercas de los campos y las chozas de los indígenas se construyen con ese mineral. Por su parte, Canaris señala que el gobierno francés está ayudando a la República.

El Führer, furibundo antibolchevique, decide ayudar a los militares españoles rebelados contra el gobierno marxista. Enviará los aviones que Franco solicita, unos directamente por aire y otros por mar, desmontados. Además, añade a la lista seis cazas He-51 que escolten a los lentos trimotores durante las operaciones. El ministro de Exteriores, Neurath (que ya había rechazado las peticiones de Franco, Queipo y Mola llegadas a su despacho), acata sin rechistar la voluntad del Führer. Si acaso, procura que la intervención alemana en ese conflicto pase lo más desapercibida posible. Se crea una compañía comercial HISMA (Hispano-Marroquí) para encauzar las ayudas bajo cobertura civil. El ministro de Propaganda Goebbels cursa instrucciones a la prensa: a partir de hoy, los españoles rebelados contra el gobierno no se denominarán rebeldes sino nacionalistas.

El 28 de julio a la una de la tarde el Ju-52 Max von Müller aterriza en Tetuán después de once horas de vuelo sin escalas (le han adosado depósitos suplementarios en Berlín). Los viajeros descienden la escalerilla, molidos pero exultantes. Buenas noticias: el Führer ayudará a los rebeldes españoles, perdón, a los nacionalistas. Franco, que no cabe en sí de gozo, invita al piloto Henke a desayunar café con leche, tostadas con mantequilla y pastela marroquí.

—¿Qué tal el vuelo? —se interesa Franco.

—Sin novedad, usía —responde el teutón—. Excelente avión. Técnica alemana.

Años más tarde, Hitler comentará, en una de sus conversaciones de sobremesa: «Franco tiene que levantar un monumento a la gloria del Ju-52. A este avión es al que tiene que agradecer su victoria la revolución española. Fue una suerte que nuestro avión pudiera volar directamente de Stuttgart a España.» [10]

El Max von Müller, ya con los distintivos de la aviación nacionalista, se incorpora al puente aéreo que está trasladando moros y legionarios a Sevilla.

Mientras tanto, Luis Bolín ha mantenido una segunda entrevista con Ciano en Roma. Sea por sus gestiones, sea por las de los monárquicos, reforzadas por una llamada telefónica del ex rey Alfonso XIII al Duce, o porque lo informan de que el gobierno francés está suministrando aviones a la República española, Mussolini cambia de idea y decide facilitar a Franco los aviones que solicitaba, doce trimotores de transporte Savoia-Marchetti 81. Los aparatos, con los distintivos militares burdamente borrados y las tripulaciones vestidas de paisano y provistas de documentación española, con las fotos aún frescas, despegan de su base de Cagliari, Cerdeña, y sobrevuelan el Mediterráneo rumbo a Marruecos, en vuelo sin escalas. Nueve consiguen alcanzar Tetuán, donde aterrizan con los depósitos casi vacíos, pero los tres restantes se quedan en el camino: uno aterriza de emergencia en la base francesa marroquí de Bekrane, otro cae al mar y el tercero se estrella en la orilla derecha del río Muluya, en Zaida, Marruecos francés, cerca de la frontera española. El capitán Criado, de la aviación española, localiza sus restos desde el aire.

«¡Vaya hostia que se dieron!».

Al día siguiente, la noticia aparece destacada en L’Echo de París.

Se descubrió el pastel. Una pequeña contrariedad que revela la implicación italiana en el conflicto. Los nueve Savoia comienzan inmediatamente a transportar tropas al otro lado del Estrecho. A los Savoia siguen, por vía marítima, doce aviones de caza Fiat CR-32, superiores a los republicanos, más doce cañones, cinco tanquetas Ansaldo CV-3 y cuarenta ametralladoras. Franco está llenando de acero su cesta de la compra. Ahora sólo le falta llevar la guerra a la Península.

 

[10] Hugh Trevor-Rober, Las conversaciones privadas de Hitler, Crítica, Barcelona, 2004, p. 55. 3 de septiembre de 1942 por la tarde.


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