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No siento miedo, sino sólo respeto

Publicado el 27 de diciembre de 2021, 22:59

Demasiado a menudo hacemos equivaler erróneamente miedo a cobardía, y por eso se denigra el miedo o su reconocimiento y se usan en su lugar de forma vergonzante términos como «precaución», «prudencia» o, todavía con menor sentido, «respeto». Son modos lingüísticos habituales de maquillar aquel miedo. Así se confunde el plano de las emociones con el de las virtudes y vicios, el terreno de la psicología con el de la moral.

1. Porque el miedo es una pasión no sólo natural, sino con frecuencia muy conveniente y hasta imprescindible. Gracias a él, que detecta lo temible, somos capaces de prevenir el peligro, de precavernos frente a éste mediante la huida o ardides de todas clases. Pero el miedo no sirve para exculpar sin más todo lo que se haga o se deje de hacer a impulso suyo. Al contrario, la cuestión moral que plantea es la de cómo habrá de ser el miedo debido, de qué modo debemos reaccionar ante lo temible, cuál es la emoción justa ante la muerte y sus signos anticipatorios. La respuesta canónica nos la dio Aristóteles. Si reaccionamos ante ese peligro cuando es de veras peligroso, y en la justa medida y de la manera adecuada…, entonces nos enfrentamos al miedo con valentía; de lo contrario, será o con vergonzosa cobardía o con temeridad alocada.
No es cierto, pues, que todos los miedos sean igual de fundados o de invencibles, ni tampoco eso de que el miedo es libre. Todo lo contrario, el miedo irracional como tal no es libre, sino natural o necesario y puede arrebatarnos la libertad: acostumbra a hacernos esclavos de Dios o de otros hombres. La libertad empieza más bien en el modo como lo afrontamos, como sabemos convivir con él y hasta servirnos de él para la convivencia de todos. La valentía no nace sino del miedo, como acertó a decir Chesterton: «Los fuertes no pueden ser valientes. Sólo los débiles pueden ser valientes; y sin embargo, en la práctica, sólo en los que son capaces de ser valientes se puede confiar, en momentos de duda, en que serán fuertes».
Por eso, porque el miedo a secas no es por sí mismo una señal de cobardía, sino que puede serlo también de lucidez y coraje, algunos han predicado a los contemporáneos la conveniencia de experimentar miedo ante las verdaderas amenazas. O, lo que es igual, de discernir lo que sería en verdad temible y considerar una grave deficiencia la incapacidad para detectarlo y sentirlo. Al fin y al cabo, si viviéramos con más miedo los acontecimientos amenazantes, los presenciaríamos con menos pasividad. Es la desmesura misma de nuestras creaciones la que impide representarnos esa desproporción y nos vuelve temerarios; ya no tenemos la capacidad de imaginar los daños que podemos causar a la Humanidad o infligir a la humanidad de nuestros semejantes. Por eso nos conviene escuchar la recomendación de Günther Anders: «Así, pues, al despertar te dirás: “¡No seas tan cobarde que temas tener miedo!”». Hemos de permitirnos albergar tanto miedo como la realidad se merece.

Este despreocuparnos de lo que debemos temer procede asimismo de un fallo habitual de percepción, como el que ocurre cuando la magnitud de un mal nos induce a desdeñar el temor ante daños menores. O bien se origina en una falta de sensibilidad moral que capte y ordene jerárquicamente los peligros. En una sociedad minada por el terrorismo etnicista, por ejemplo, lo único temible tiende a aparecer entre sus habitantes como el riesgo de perder la vida de modo violento. Cuesta llegar a experimentar tanto temor por los riesgos previos o resultantes que acompañan a aquel otro: la pérdida de la libertad y la perversión moral por consentirla.

2. Lo habitual es que ante lo temible y ante lo no tan temible sintamos miedo, por mucho que queramos disfrazarlo de «respeto». El atractivo del recurso a la violencia física radica precisamente en que nadie ignora la eficacia universal del miedo en sus sujetos pacientes y entre sus meros observadores.
Se ha escrito que el hombre común es un cobarde, y la literatura y el pensamiento de todos los tiempos no hacen sino corroborarlo. El triunfo del tirano llegará por lo general gracias a la cobardía de la mayor parte de sus súbditos. El cobarde agiganta el objeto de su miedo, y lo contagia a otros, para así justificar una parálisis que ya nadie podrá reprocharle ante la enorme cuantía del peligro que presuntamente se cierne. Esa misma exageración le lleva así a abstenerse de cualquier asomo de resistencia. Y, antes siquiera de que las emita, se adelantará a cumplir las órdenes y prohibiciones del tirano con la mayor diligencia por si pudieran volverse contra él.
Pero ese miedo encierra aún otro menos visible, y ambos se ayudan entre sí. El miedo al poder del autócrata se acompaña del miedo al poder ejercido por la sociedad misma. Lo que sabemos con certeza es que el resultado habitual de quien abandona el complaciente círculo de los que sólo miran y se enfrenta a la injusticia y a sus responsables… es la soledad. Según escribe Zweig, tal es el destino del que no soporta seguir callado y «lucha solo por todos y contra todos, pues, debido a la inmortal cobardía del género humano, aquel que eleve la voz contra quienes detentan y administran el poder en cada momento, contará siempre con pocos adeptos». En el mejor de los casos, tal vez con algunos secretos admiradores, pero con escasos seguidores públicos. Hasta el punto de que, más que el miedo a la muerte o al dolor físico, se diría que lo que retiene al espectador en su pasiva condición es el miedo a quedarse solo o a ingresar en un círculo (de resistentes, de inconformistas) muy poco habitado. Pues no hay que olvidar que requiere más valor enfrentarse a los amigos que a los enemigos.

Hoy, como siempre, el héroe o simplemente el que se distingue por salirse de la fila tendrá que hacer frente al desprecio de la mayoría, al resentimiento de los normales que le harán pagar ese gesto que a ellos les denuncia. Así es como se alinean, de un lado, la creciente soledad de los valientes y, del otro, la correlativa y también creciente sociedad de los cobardes.


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