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66-70

Publicado el 4 de enero de 2022, 22:14

La voz cavernosa de Arnauld se extinguió. El papa lo miraba sin decir nada: se palpaba la tensión en el ambiente. Su mano blanca hizo un gesto y el hombre alto y fornido continuó:

—Lotario, debo hablarte en estos términos. Sé perfectamente que no permites a nadie que se te dirija así, pero creo que un ligero baño de humildad es bueno incluso para ti, sobre todo en un momento en que el peligro que se cierne es grave. ¡Ay si nos dejamos sorprender sumidos en nuestra habitual molicie! Lotario, los dos nos conocemos bien. Sabemos perfectamente qué camino hemos seguido para llegar aquí y cuáles son las metas que nos hemos fijado. Has soñado con dominar el mundo y que reyes y emperadores besen tus pies. Y lo estás consiguiendo. Yo, de manera mucho más sencilla, me muevo para recuperar la posesión de Narbona. Pero si no extirpamos antes a los herejes, no habrá manera de cumplir nuestros planes.

—La predicación ha fallado, tal como se preveía. ¿Es esto lo que vas a decirme?

—Sí, Lotario. Se trataba de un arma con la que no había ninguna posibilidad de vencer a los cátaros. A aquellas gentes no se las puede convencer con palabras al estilo de Pierre o Domingo de Guzmán. Su fe está tan acendrada en sus corazones que están dispuestos a morir por ella. He obedecido escrupulosamente todas tus órdenes; he organizado prédicas a gran escala, encabezadas por Domingo, que es una verdadera furia. Por desgracia, sólo valgo para coordinar y mandar, como tú. Aunque yo me dedico a tareas más modestas que las tuyas. La prédica no es nuestro fuerte: las tuyas son una exhibición de cultura bíblica pero no llegan al corazón porque en ellas no hay el menor atisbo de sentimiento. En cambio, cuando habla un perfecto cátaro, notas bullir algo dentro de ti, te sientes indefenso y, si te queda un poco de humanidad, no puedes hacer otra cosa que ofrecer tu alma a Cristo. Y si no vuelves la espalda, no hay salvación posible. Te encuentras en la otra parte, presto para luchar, amar, sufrir y morir con ellos.

El vozarrón de aquel hombre se apagó con una especie de estertor.

—Arnauld, por tu manera de hablar, intuyo que has asistido a sus predicaciones.

—Debía hacerlo. Había de escucharlas con mis propios oídos. De todos modos, me retiré a tiempo para preservar mi voluntad de caudillo que, junto con la tuya, tomará hoy la decisión de eliminar a aquella gente. Jamás has creído en la posibilidad de que la predicación haga volver al rebaño a las ovejas descarriadas. Desde el principio pensaste en la cruzada. Condes, barones y caballeros están preparados. Los bárbaros del norte esperan tu señal para descender hacia el sur y dar una lección a «esos presuntuosos provenzales».

—Y en cambio el pueblo provenzal es culto, educado y refinado…

—No te quepa duda. Es una lástima que se haya dejado infectar por esa plaga de la herejía.

—Mi fiel Arnauld, quien se tizna, con la brea queda empegado. La serpiente de la herejía maniquea y dualista nace y se propaga sobre todo allá donde más fuerte es el rechazo hacia cualquier forma de saludable autoridad. Fíjate en los paulicianos de Armenia, surgidos del resentimiento contra los conquistadores sarracenos y bizantinos. Los bogumilos aparecieron a raíz de la repulsa de los siervos hacia la soberanía del zar Pedro. Y ahora los cátaros de Provenza… En cualquier parte han implicado a las gentes de esos países en la reivindicación de presuntos derechos y propiedades. De acuerdo con el gran plan que preparo, he de analizar y tener en cuenta estos hechos, pues no pueden deberse a una mera coincidencia. Háblame cuanto antes de Felipe Augusto. ¿Podremos contar con su apoyo?

—Es un rey iletrado, pero no tonto. No se opondrá a nadie que tome las armas contra los «presuntuosos provenzales».

—Contra la peste de la herejía… Arnauld, antes de desenvainar la espada definitivamente, tengo que saber todo sobre estos herejes del país de los albigenses.

Un leve espasmo sacudió la cicatriz en el lado izquierdo de su boca, produciendo una mueca mientras la voz cavernosa volvía a tronar:

—El catarismo provenzal es el más riguroso. La gran diferencia está en que si estuviese localizado, por ejemplo, en Orvieto o Viterbo, podría controlarse y extirparse con facilidad. Sin embargo, toda la Provenza y el país de los albigenses están infestados, tanto los campos como las ciudades.

—También todo el septentrión de nuestra península está prácticamente gangrenado. Pero te ruego otra cosa más: en vista de que nunca hemos podido hacerles mella, ¿estás seguro de que el fracaso de nuestras prédicas se debe a su testarudez y no a nuestro poco celo? Arnauld, ¿qué hacen los cátaros realmente?

—Antes de nada, permíteme que rompa una lanza en favor de Pierre, Domingo y todos los demás. Tu imperio ya es muy grande y se hará inmenso. Pero para ello hacen falta gentes como nosotros. Hemos predicado la salvación hasta obsesionarlos con ella. Hemos transformado el miedo al infierno en verdadero terror con la esperanza de que el pueblo se volviese hacia nosotros, únicos depositarios, jueces y mediadores para obtenerla. Pero los «presuntuosos provenzales» han adquirido plena conciencia de sí mismos. Poseen una lengua de la que se sienten orgullosos, son tolerantes y admiran el comportamiento y la palabra de los perfectos. No hemos fracasado, Lotario; más bien no podíamos vencerles nunca. Se ha intentado todo para desacreditar a los boni homines y manchar su imagen severa, presentándolos como hipócritas, amorales y corruptos. Pero ellos, con su ejemplo, desmienten nuestras palabras. ¿Qué quieres que hagamos? Y por si fuera poco, practican la caridad hacia los hermanos que se hacen llamar cristianos, pues su estricta observancia es una muestra de amor hacia su dios del Bien y de la Luz.

—Ésos son los perfectos, los boni homines… Los ministros, los predicadores, pero ¿y el pueblo? ¡No me vengas con la historia de que es Provenza! Sus gentes serán poco menos ignorantes que las del norte. ¡Esos pueblos no pueden hacer otra cosa que seguirnos! Los más simples y humildes siempre se dejan embaucar por los heresiarcas y sus jeremiadas y no por sus doctrinas. En el fondo no saben nada que ataña a la ortodoxia cristiana. ¿Qué quieres que sepan sobre el dualismo?

—Ese pueblo inculto, humilde y simple… es muy parecido al que seguía a Cristo.

—¡No blasfemes!

—No. Sólo soy un jefe militar que sabe que deberá tomar ciertas decisiones sin vacilar. El problema es que ahora no hay más tiempo para combatir la herejía. Se ha extendido por todos los estamentos, incluso los más altos. Nobles más asqueados que su pueblo ante los impuestos y la avidez de nuestros ministros de Dios. Aunque no se convierten a su fe, toleran a los herejes e incluso los protegen. El pasado año recibió el consolamentum, su bautismo espiritual, la hermana del conde de Foix, Esclarmunda. Sea como fuere, se mantiene una herejía que ha arraigado sobre todo entre artesanos y campesinos asfixiados por nuestros impuestos, hartos de nuestra corrupción, deseosos de una Iglesia pura. Y la han encontrado en los perfectos cátaros, a los que siguen. No hay discriminación por sexo: Esclarmunda, al igual que otras mujeres, se ha convertido en perfecta. Sí, rechazan el juramento, el patíbulo, la horca o la hoguera; emplean un lenguaje sencillísimo; no necesitan lugares de culto ni iglesias; predican la comunidad de bienes tal como lo hicieron los primeros cristianos. Los boni homines son cultos,
conocen las Santas Escrituras, se han convertido en verdaderos maestros, sobre todo en medicina, y ayudan a los enfermos. ¿Qué más quieres que te diga? Están en contra del matrimonio, es cierto, pero no se abandonan al comercio carnal más licencioso, sino todo lo contrario, porque no quieren incentivar la procreación de otros seres, pues creen que el experimento de la vida ha fallado.

Los ojos del papa no se habían separado ni por un momento del rostro de Arnauld. Con un débil tono de voz, replicó:

—El pueblo ha escogido sin recurrir a mi guía. La voluntad del hombre está corrompida, pues ha optado por la vía equivocada: humano sensu electa. Para la unidad de la Iglesia, el catarismo representa el mayor peligro que jamás haya existido. Tal vez Dios sea duro conmigo, pero acabará por perdonarme porque habré actuado sólo a su mayor gloria. El catarismo ha pasado a ser una revolución y la historia comprenderá mi respuesta, similar a la de reyes y emperadores que, consilio et auxilio, se han visto obligados a conservar el poder por el bien del pueblo, reprimiendo, siempre y allá donde la hubiere, cualquier insurgencia. La historia nunca me perdonaría, pero entenderá y apreciará mi firmeza. Ser proclive a la poesía, el amor y la libertad… es ser débil. Mi deber es guiar el fuego purificador de la justicia divina hacia aquellas gentes y plazas que primero abrieron las puertas a los poetas y, después, a los perfectos cátaros, poetas y herejes que han osado elevar a la dignidad del hombre a la mujer, verdadera criatura de Satanás. Reconquistaré Tierra Santa, cazaré a los infieles de la España cristiana, separaré a los judíos de la cristiandad, apagaré los fuegos de la herejía, haré de Europa el feudo de Cristo y prepararé el terreno para que mis sucesores puedan someter el mundo entero al reino de Dios —humedeció con la lengua sus finos labios rojizos—. Dejaré a la historia este inmenso prado de iglesias blancas. Será cuanto se recordará de mí.

Arnauld había seguido aquella jaculatoria sin ninguna emoción.

—Lotario, la historia también recordará que has creado la Santa Inquisición. Y no podrás achacar el mérito tan sólo a tus predecesores. Revocaste el acuerdo que Federico Barbarroja firmó con Lucio III porque, a tu parecer, prescribía demasiadas penas. Demasiadas y poco eficaces. ¡Y sólo has dejado la confiscación de bienes y la hoguera! Después publicaste tu decretal Vergentis in senium, que incitó al obispo de Orvieto y al pretor Pietro Parenzo a extirpar la herejía de aquella ciudad. Por lo que he podido saber, dado que en Orvieto los bienes inmobiliarios confiscados a los herejes pasaron a disposición del ayuntamiento, el 27 del mes pasado, en tu bula para reprimir la herejía en Viterbo has perfeccionado las cosas y has establecido que los bienes confiscados a los herejes serán vendidos y sus beneficios divididos en tres partes: la primera servirá para la reconstrucción de las murallas de la ciudad; la segunda se destinará a la captura de nuevos herejes y la tercera irá a parar a la curia que emite la condena —su mirada torva pareció alegrarse—. Eres un gran jurista, Lotario. ¡Un gran político, un gran caudillo y un gran emperador! Pero como vicario de Cristo en la Tierra temo que no alcances la perfección.

—Un reino como el que concibo, ¡el reino de la fe!, para que pueda durar muchos siglos, está obligado a crear y desarrollar un mecanismo que sofoque los fuegos de la herejía.

Un silencio sepulcral se extendió por la pequeña sala circular. Por unos instantes sus miradas mostraron una cierta vacilación.

La voz de Arnauld alteró aquella quietud helada.

—Bien. Deja en nuestras manos la predicación y el fanatismo en las de Domingo de Guzmán. Entrega el mundo cristiano, ¡incluida Provenza!, a la fe de Juan de Mata y Félix de Valois, pues son los únicos que poseen una espiritualidad lo suficientemente alta como para enfrentarse a los cátaros. Su confianza en Dios contra el pesimismo de los herejes. La visión jubilosa contra el rechazo de la vida. Juan de Mata… o Domingo de Guzmán.

Hubo otro largo silencio. La voz límpida, aunque rabiosa, del papa irrumpió en la indecisión un tanto teatral que Arnauld había creado.


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