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Capítulo 7 Mobiliario-mudanzas 136-144

Publicado el 4 de enero de 2022, 22:32

El mismo día que Mussolini aprueba sus envíos, Alemania inicia la Operación Fuego Mágico (Operation Feuerzauber). Franco recibirá diverso equipo de guerra: veinte aviones Ju-52, seis cazas H-51, veinte cañones antiaéreos, equipos de transmisiones y repuestos.

En distintas bases aéreas de la Luftwaffe se seleccionan pilotos y se les explica que van a intervenir en una operación secreta en España. Se les lee un comunicado de Hitler: «El Führer ha decidido socorrer pueblo español en situación desesperada y rescatarlo del bolchevismo mediante ayuda alemana. Compromisos internacionales imposibilitan asistencia declarada. Por tanto será una acción de apoyo encubierta».

Los aviadores comparecen de paisano, sin documentos identificativos. Nadie debe conocer su paradero, ni siquiera la familia. Las cartas que escriban las remitirán a una dirección de Berlín y desde allí se reexpedirán a los destinatarios, con franqueo alemán.

Nueve aeroplanos despegan de Dessau y, después de repostar cerca de la frontera, realizan un vuelo de once horas hasta Tetuán. Los aviones restantes, desmontados y embalados, embarcan en el carguero Usaramo, de 22 000 toneladas, perteneciente a la compañía Woermann, que aguarda en el puerto de Hamburgo.

Una larga fila de camiones acerca a las grúas del Usaramo un cargamento de cajas de distinto tamaño, todas muy pesadas. En algunos rótulos se lee «mobiliario-mudanzas». Entre los estibadores del puerto hay muchos militantes comunistas. Cuando observan que los pasajeros son todos jóvenes y militares (aunque visten de paisano) sospechan de la naturaleza de la carga. Para comprobarlo dejan caer, como por accidente, una de las cajas. Se rompe y revela su contenido: bombas y munición.

Los comunistas están organizados en toda Europa en células pertenecientes a la Internacional. La noticia de la ayuda alemana a los rebeldes españoles llega rápidamente al gobierno de Madrid. Cuando el Usaramo alcanza aguas del Estrecho, una semana después, el 6 de agosto, el acorazado gubernamental Jaime I lo está aguardando y le da el alto, pero el carguero alemán, que parecía navegar hacia el Mediterráneo, altera bruscamente su ruta y se dirige a toda máquina a Cádiz. El Jaime I abre fuego contra el fugitivo, pero los disparos caen bastante lejos del blanco. (Recordemos que la tripulación amotinada había asesinado a los oficiales que sabían disparar con precisión).

El Usaramo atraca en el puerto de Cádiz en medio de músicas y fanfarrias.

En los días que siguen al levantamiento, el gobierno de la República acepta la eventualidad de una guerra. El ejército español, que no tiene más experiencia bélica que el conflicto colonial contra los irregulares rifeños, dista mucho de poseer un equipamiento moderno. La guerra que se avecina va a ser diferente, va a requerir aviación, carros de combate, artillería.

Francia tiene ya dos potencias fascistas en sus fronteras norte y éste (Alemania e Italia). Lo que menos le interesa es que se instale otra en el Sur, que es lo que ocurrirá si triunfan los militares rebeldes. Acoge con simpatía al enviado especial de Madrid que lleva la lista de la compra. El gobierno español solicita veinte bombarderos, ametralladoras, fusiles y cartuchos. Los franceses aumentan la cifra a treinta bombarderos.

Cuando el secretario del Ministerio de Asuntos Exteriores británico, Anthony Edén, conoce la ayuda francesa, llama a la prudencia a su colega Léon Blum: «Los ingleses odiamos el fascismo, pero odiamos en igual medida al bolchevismo. Si en un país fascistas y bolcheviques se matan entre ellos, será un gran bien para la humanidad».

O sea, neutralidad.

A Francia no le interesa contrariar a los ingleses. Por otra parte, la oposición derechista francesa protesta por la implicación en el conflicto. Blum, acobardado, da marcha atrás, aunque permite la venta de material militar a terceros países (México), que se lo cederán a la República española.

Para facilitar el trámite, la República española envía más de cien mil libras en oro. Francia suministra media docena de su flojo caza Dewoitine D. 372 [11] y algunos bombarderos Potez 540 y 542, mal armados con lentas ametralladoras
Lewis, que merecerán el sobrenombre de «fabricantes de viudas». La República padece también escasez de pilotos y decide contratar aviadores mercenarios de distinto origen, a los que se unen algunos voluntarios desinteresados.

 

[11] Flojo no porque el avión sea malo, sino porque lo entregan desprovisto de ametralladoras, que es como cortarle a un gallo de pelea los espolones.


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