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Crucificables y decapitables

Publicado el 1 de enero de 2022, 12:51

Roma trataba a las ciudades como a los individuos. Casi todas eran estipendiarías (stipendiariae), es decir, sujetas a tributo en dinero, especie o servicios. Las celtíberas solían pagar en cabezas de ganado o en productos manufacturados locales; por ejemplo, las capas de lana, llamadas sagum, lejano antecedente de la prieta capa zamorana, muy apreciadas en Roma.

Junto a las ciudades contribuyentes existieron otras, pocas, federadas y libres, que disfrutaban de exención tributaria (Cádiz, Málaga, Tarragona). Era el premio por haber ayudado a Roma en momentos de apuro o por haberse mostrado particularmente sumisas.

También las personas estaban divididas en dos grandes categorías: esclavos (servi) y libres (ingenui). Los libres se subdividían en tres grupos: los que no tenían ningún derecho (que eran casi todos los indígenas o incolae); los que tenían derecho de ciudadanía itálica (un premio otorgado a los aliados de Roma), y los que disfrutaban de plena ciudadanía romana, por lo general comerciantes, recaudadores, técnicos y soldados de origen romano.

La ciudadanía romana confería pleno derecho a votar o a ser elegido para desempeñar puestos oficiales, lo que comportaba sustanciosas ventajas fiscales y jurídicas.

Al principio, la inmensa mayoría de la población española estaba constituida por indígenas libres y desprovistos de derechos de ciudadanía, pero luego, a partir de las reformas de Augusto, el número de ciudadanos (cives) creció, por concesiones a la aristocracia indígena y a los que prestaban servicios a Roma. Como la ciudadanía romana era hereditaria, se fue extendiendo y, al poco tiempo, amparó a casi toda la población. En el año 70, el emperador Vespasiano concedió la ciudadanía latina a todos los españoles libres. La antigua barbarie dio paso a una forma más civilizada de vida y a la adopción de costumbres romanas; incluso los idiomas vernáculos se olvidaron, y los españoles aprendieron a hablar latín, aunque con un acento peculiar, que a los romanos les resultaba muy gracioso. El futuro emperador Adriano, recién llegado de España, intentó hacer un discurso en el Senado, y en cuanto abrió la boca, sus colegas se desternillaron de risa. Vaya usted a saber cómo sonaba aquel latín que Cicerón describe como «pingue atque peregrinum», es decir, gangoso y extraño.

De los actuales idiomas españoles, el castellano, el catalán y el gallego descienden de aquel latín que aprendieron nuestros antecesores. De lo que se hablaba antes de la llegada de los romanos sólo ha sobrevivido el vascuence, como es natural.

Había mucho tráfico de esclavos en el Imperio romano. Los esclavos eran prisioneros de guerra o hijos de otros esclavos que algún día fueron prisioneros de guerra. Algunos pertenecían al Estado o a los ayuntamientos, pero la mayoría eran de propiedad privada. Especialmente apreciados (y caros) eran los esclavos griegos empleados por familias pudientes, como médicos, pedagogos, contables y administradores, a los que sus dueños trataban con amistosa deferencia. Los de propiedad estatal solían ser poco cualificados y vivían en peores condiciones, a menudo dedicados a trabajos agotadores o insalubres. Sólo en las minas de Cartagena llegó a haber cuarenta mil esclavos estatales. Los que labraban los latifundios andaluces se calculan en doscientos mil. Casi todos eran extranjeros porque los romanos procuraban deportar a los esclavos para que, al apartarlos de sus lugares de origen, se acomodaran mejor al cautiverio. Esto explica que en las lápidas sepulcrales de esclavos y libertos halladas en España abunden los nombres foráneos, mientras que las de los esclavos españoles aparecen en países lejanos.


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