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Contradicción 3. La propiedad privada y el Estado capitalista

Publicado el 3 de enero de 2022, 22:12

Esto pone de relieve una relación clave entre Estado y dinero. Silvio Gesell está acertado a mi parecer cuando dice:

 

El dinero necesita del Estado, y sin él no es posible; de hecho se puede decir que la fundación del Estado data de la introducción del dinero. El dinero es el cemento más natural y más poderoso de las naciones […]. El hecho de que el dinero sea indispensable y que también lo sea su control por el Estado, le da a éste un poder ilimitado sobre aquel. Expuesto a ese poder ilimitado, el respaldo metálico del dinero es como polvo que se lleva el viento. El dinero está tan poco protegido por el material-dinero frente al abuso del poder estatal, como lo está la Constitución del Estado frente a la usurpación arbitraria de poder por el pergamino sobre el que está escrita. Sólo el propio Estado, la voluntad de los que ejercen el poder (autócratas o representantes) podrían proteger al dinero de falsificadores, estafadores y especuladores, siempre que ellos mismos fueran capaces de usar resueltamente su poder. Hasta el presente nunca han poseído plenamente, por desgracia, esa capacidad 1 .

 

Sin embargo, Gesell sugiere sorprendentemente que «la seguridad del papel moneda es mayor que la de la moneda metálica», dado que «el papel moneda está garantizado por todos los intereses e ideales que unen al pueblo en un Estado. Su papel moneda sólo puede desmoronarse con este último». El Estado, que acostumbra a definirse por su monopolio sobre el uso legítimo de la violencia, adquiere así otra función clave: debe tener el monopolio sobre el dinero y la moneda.

A ese argumento se le pueden oponer dos matizaciones. En primer lugar, ese poder monopólico del Estado es genérico y no particular. El sistema monetario global es de carácter jerárquico y en él el dólar estadounidense ha funcionado como moneda de reserva del mismo desde 1945 y Estados Unidos ha gozado de derechos de señoreaje (creación) exclusivos de esa moneda. Los poderes monetarios de otros Estados son más limitados, porque las deudas internacionales suelen estar denominadas en dólares estadounidenses y tienen que ser pagadas en esa moneda. Un Estado particular no puede monetizar su deuda imprimiendo su propia moneda porque el efecto inmediato sería la devaluación de esa moneda local frente al dólar estadounidense. Hay otras monedas que también se pueden utilizar para el comercio global, como la libra esterlina (que era antes la moneda de reserva global), el euro y el yen y quizá dentro de poco el yuan chino; pero hasta ahora no han amenazado gravemente la situación privilegiada del dólar estadounidense, y propuestas ocasionales de sustituir este por una canasta de monedas (del tipo originalmente propuesto por Keynes en Bretton Woods en 1944) han sido hasta ahora rechazadas por Estados Unidos, ya que en la situación actual obtiene considerables beneficios de su control sobre la moneda de reserva global. El poder imperial estadounidense se ha ejercido no sólo directamente, sino también indirectamente mediante la diplomacia del dólar. La hegemonía de Estados Unidos en el sistema mundial se apoya en buena medida en su control sobre la moneda mundial y su capacidad de imprimir dinero para pagar, por ejemplo, sus excesivos gastos militares. Frente a esto, otros Estados pueden renunciar a emplear su propia moneda en los intercambios internacionales; Ecuador, por ejemplo, utiliza como moneda el dólar estadounidense. Cuando nació el euro, los Estados que lo adoptaron renunciaron al poder de monopolio sobre sus monedas, cediéndolo a un conjunto de instituciones supranacionales (principalmente el Banco Central Europeo) dominadas por Alemania y en menor medida por Francia.

La segunda matización es que ese derecho monopolista sobre la moneda que tiene el Estado lo puede subcontratar, por decirlo así, a capitalistas financieros y bancarios mediante el otorgamiento de una concesión a un banco central formalmente independiente del control democrático directo o del político estatal, como sucede en los casos del Banco de Inglaterra, la Reserva Federal estadounidense o el Banco Central Europeo. Esas poderosas instituciones se instalan en un espacio intersticial entre el Estado y los bancos privados, y junto con los Departamentos del Tesoro, Ministerios de Finanzas e instituciones similares de los gobiernos estatales, constituyen el nexo Estado-finanzas que viene funcionando desde hace mucho tiempo como «sistema nervioso central» de regulación y promoción del capital. El nexo Estado-finanzas tiene todas las características de una institución feudal, porque su funcionamiento suele quedar oculto y envuelto en el misterio, pareciéndose más al Vaticano o al Kremlin que a una institución abierta y transparente. Sólo ofrece un rostro humano en momentos de dificultad, cuando, por ejemplo, Hank Paulson (secretario del Tesoro) y Ben Bernanke (presidente de la Reserva Federal) se presentaron juntos ante los medios para dictar la política nacional a raíz del colapso de Lehman Brothers en septiembre de 2008, en un momento en el que el Gobierno y el Congreso parecían paralizados y dominados por el miedo. «Cuando el sistema financiero y el nexo Estado-finanzas fallan, como sucedió en 1929 y en 2008, todos reconocen la existencia de una amenaza para la supervivencia del capital y el capitalismo y no se deja de tocar ninguna tecla en el empeño por resucitarlo» 2 .

Pero en la relación entre el Estado capitalista y la propiedad privada no todo es armonía. En la medida en que el Estado asume cierta forma de democracia con el fin de oponerse a modalidades estatales absolutistas y autocráticas, que pueden ser arbitrariamente hostiles o no receptivas frente a ciertos requerimientos del capital, por ejemplo con respecto a su libertad de movimientos, queda expuesto a influencias populistas de diversos tipos. Si, como sucede a veces, queda en manos de las organizaciones obreras y los partidos políticos de izquierda, éstos pueden emplear sus poderes para contrarrestar los del capital como propiedad privada. El capital no puede entonces seguir operando libremente en muchos campos de la economía (mercado laboral, procesos de trabajo, distribuciones de la renta y otros parecidos), viéndose obligado a funcionar en el marco de una auténtica selva reguladora que limita sus libertades. De vez en cuando, por lo tanto, la contradicción entre Estado y propiedad privada se intensifica convirtiéndose en una contradicción absoluta que enfrenta lo público contra lo privado, al Estado contra el mercado. En torno a esa contradicción pueden estallar entonces feroces batallas ideológicas y políticas.

Pero permítaseme repetir claramente que no trato de presentar aquí una teoría general sobre el Estado capitalista; intento simplemente llamar la atención sobre los aspectos y funciones específicas del Estado que tienen que operar de determinada manera para facilitar la reproducción del capital. Dados sus poderes fiscales y la sensibilidad del Estado frente a las influencias e intereses políticos, sus poderes se pueden reorientar a veces políticamente hacia fines económicos que sobrepasan la actividad y los intereses empresariales privados. Durante las fases de control político socialdemócrata (como en Gran Bretaña y otros países europeos después de la Segunda Guerra Mundial) y bajo diversas formas de gobernanza dirigista (como en Francia con de Gaulle, en Singapur con Lee Kuan-Yew o en muchos otros Estados asiáticos, incluida China) se pueden crear y organizar instituciones estatales como agentes económicos que asumen el control de las principales palancas de la economía u orientan las prioridades de inversión. La planificación gubernamental a distintas escalas (macroeconómica, urbana, regional o local) ocupa en ocasiones el centro de la escena en competición o más a menudo en asociación con actividades privadas y empresariales. Buena parte de la acumulación de capital pasa entonces a través del Estado en formas que no están necesariamente dirigidas a la maximización del beneficio, sino a fines sociales o geopolíticos. Incluso en los Estados más volcados en los principios de la privatización y la neoliberalización, el complejo militar-industrial queda aparte del resto de la economía como un lucrativo abrevadero en el que se sacian libremente los intereses privados subcontratados.

Desde el otro extremo del espectro político, la forma de organizar las finanzas del Estado es algo que los libertarios de derechas entienden claramente como profundamente contradictorio con las libertades individuales, al entregar el control monopolista sobre el dinero y el crédito a un conjunto de instituciones no democráticas y no elegidas, encabezadas por los banqueros centrales.

 

1 Silvio Gesell, The Natural Economic Order, 1916, cit., p. 81.

2 David Harvey, The Enigma of Capital, Londres, Profile Books, 2010, pp. 55 57 [ed. cast.: El enigma del capital, Madrid, Akal, 2013].


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