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Las guerrillas a partir del final de la guerra (1939-1951) - Viaje a Belgrado 153-164

Publicado el 3 de enero de 2022, 23:09

La aviación de reconocimiento y bombardeo fue empleada en muchas zonas guerrilleras contra las que se sostuvo una feroz guerra de tierra quemada, desalojando a los campesinos de sus casas, obligándolos a dejar la aceituna pudrirse en los árboles y las cosechas en las tierras, incendiando los bosques y los campos donde creían se cobijaban los guerrilleros.

El camino recorrido por las guerrillas había sido largo y lleno de sacrificios y heroísmo en la lucha implacable contra el enemigo fascista, al que habían asestado duros golpes, conquistando la admiración y el cariño de las amplias masas de nuestro país.

Regado de sangre generosa, cimentado sobre las vidas de muchos centenares de los mejores hijos de los pueblos de España, se había forjado ese magnífico movimiento guerrillero que sacaba de quicio a Franco y a los fascistas.

En aquel período el Partido Comunista reforzó su apoyo al movimiento guerrillero con el envío de hombres, material y dinero desde fuera, pero ese esfuerzo no fue hecho en la medida necesaria y posible.

Es sobradamente conocido que los guerrilleros viven del apoyo que encuentran en la población civil; pero no es menos cierto que ese principio no debe tomarse en forma absoluta. Existen toda una serie de medios técnicos y de elementos de combate de muy difícil adquisición sobre el terreno y que, al ser recibidos de otros lugares, facilitan la capacidad combativa de las guerrillas.

El reclutamiento tiene una importancia vital para la vida y continuidad de las guerrillas. Pues bien, en la época a la que nos referimos había una verdadera afluencia de voluntarios que pedían su incorporación al combate. He aquí lo que dice un último jefe de las guerrillas de Galicia sobre las posibilidades de reclutamiento existentes en aquella época:

«La lucha era dura y no precisamente por falta de la ayuda del pueblo sino, y sobre todo, por la carencia de armas y municiones. Ya no éramos hombres escapados; éramos combatientes antifranquistas. Las puertas se nos abrían más fácilmente. Cada vez teníamos más hombres y más necesidades. Estos jóvenes (pues eran jóvenes los que luchaban en primer lugar en el llano y al ser descubiertos subían a las guerrillas) pedían armas y municiones. No pocas fueron las decepciones al ver lo mal armados que estábamos. “Queremos armas”, nos decían muchos, “dadnos armas y subiremos, no sólo uno, sino por destacamentos enteros”».

Esos y otros testimonios, que se podrían aportar en abundancia, permiten apreciar cómo a las guerrillas no les faltaba el apoyo entre la población y, principalmente, entre los campesinos. Lo que faltó fue la ayuda técnica de fuera y que el Partido pusiera al servicio de esa forma de lucha todos los medios y los hombres que era posible poner.

Se prestó poca atención a la creación y ayuda a los destacamentos guerrilleros de ciudad; que si bien es cierto que su lucha era más expuesta y difícil, no lo era menos el que sus golpes audaces tenían una gran repercusión en el pueblo.

En aquellos años, y después de haberse batido contra las fuerzas hitlerianas y reaccionarias en la segunda guerra mundial, en Francia, en la Unión Soviética, en África y en otros campos de batalla, volvieron a España decenas de camaradas con misiones de dirección y de mando de las unidades guerrilleras. Antes de salir para el país, estos camaradas asistían a unos cursillos político-militares donde se compenetraban con la situación nacional e internacional y la política del Partido y en cuestiones concernientes a la acción guerrillera, teniendo en cuenta lo que las recientes luchas habían aportado a esta forma de combate.

La selección de esos hombres era tarea fácil, pues si para desempeñar la jefatura de las guerrillas no basta un nombramiento, se requiere, por el contrario, toda una serie de condiciones personales: saber mandar, valor, serenidad, carácter, simpatía, aptitud para captar situaciones que a otros se les escapan, etc. Características que sólo se descubren en el campo de lucha y que quienes más fácilmente las descubren en los que las tienen son los mismos compañeros de combate, los subordinados. El Partido tenía a su disposición centenares de camaradas que habían demostrado ya reunir las cualidades requeridas.

Pero no eran centenares sino miles los que podían y debían volver al país, los que podíamos y debíamos haber vuelto, pues estamos hablando de hace cuarenta y tantos años, cuando el Partido contaba con miles de miembros con una gran experiencia de lucha armada y en plena juventud. Era en España donde estaba nuestro puesto en aquellos momentos, pero Carrillo tenía otros objetivos: querer ser el dirigente máximo del Partido para llevarlo a donde ahora está, y por eso no le convenía una solución rápida del problema español porque el Partido habría escapado a su control. Por eso se ha opuesto sistemáticamente a toda proposición de envío, en la cantidad que era posible, de camaradas a los diferentes puntos del país donde existían todas las condiciones para incorporarse a la lucha guerrillera.

En cuanto al material, si bien es cierto que los enlaces con el país, los «hombres de pasos» —como se los llamaba—, fueron auténticos héroes y establecieron desde el Pirineo hasta lo más profundo del país decenas de depósitos de armas y municiones donde se abastecían los guerrilleros, no es menos cierto que ello era muy poco comparado con lo que se pudo y debió hacer.

España, frente a los 667 kilómetros de fronteras con Francia, tiene 3114 de fronteras marítimas. A las costas españolas se podía llegar no sólo desde Francia por los dos mares, sino también desde el norte de África y desde otros lugares.

Todo lo que pude conseguir después de mucho batallar, fue la compra de un barco —a lo que me ayudó el camarada del Partido francés Octavio Rabaté—, barco que luego fue muy poco empleado.

Pero, además, ¿a quién hemos pedido ayuda? Sólo a los camaradas yugoslavos, y eso cuando ya estaba a punto su ruptura con el Buró de Información.

Viaje a Belgrado

 

Ante mis insistentes planteamientos en el Buró Político, por fin conseguí que una delegación nuestra se trasladase a Belgrado para pedirles a nuestros camaradas yugoslavos que nos ayudaran para abastecer con diferentes medios a ciertas zonas guerrilleras. La delegación la componíamos Carrillo y yo, y el 11 de febrero de 1948 salimos de París para Belgrado. Nos recibieron inmediatamente Tito, Rankovich, Jilas y Kardel. Escucharon nuestra petición y nos preguntaron si habíamos hablado de ello con los soviéticos. Respondimos que no y nos llamó la atención las miradas que se cruzaban entre ellos y las sonrisas. Ello se debía, claro está, a que la ruptura en el Buró de Información ya estaba prácticamente hecha y ellos se daban cuenta de que nosotros no conocíamos nada. Nos prometieron estudiar la cuestión con sus técnicos y nos invitaron a que visitásemos algunos puntos del país. Estuvimos allí quince días y la respuesta fue que no les era posible ayudarnos ni por aire ni por mar. Los argumentos técnicos que daban eran muy poco sólidos y se los fui rebatiendo uno por uno. Claro que no habíamos de tardar en enterarnos de que las causas de no ayudarnos no eran técnicas sino políticas. Nos dieron una ayuda en dinero de 30 000 dólares, y regresamos a París.


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