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La Iglesia, fábrica de informes político-sociales 277-300

Publicado el 11 de enero de 2022, 22:26

 

El castigo tiene un doble carácter de pena y corrección; es una operación quirúrgica que hace Dios a un pueblo para curarle de una grave enfermedad, en que había caído voluntariamente. Podía Dios curarle sin dolor, pero entonces no quedaría satisfecha su justicia ni la cura sería tan eficaz.

FÉLIX G . OLMEDO , jesuita [128]

PAPEL DE LA IGLESIA EN LA MAQUINARIA JUDICIAL MILITAR

 

TODA SEVILLA, COMO SOLÍA DECIR EL ABC cuando se hacía eco del sector social que representaba, sabía que Queipo de Llano y la Virgen de los Reyes se habían sublevado el 18 de julio de 1936 contra la República. Sabido es, y así lo repitieron hasta la saciedad, que la Virgen le apoyó de manera entusiasta en su labor y que gracias a este aliento pudo Queipo dominar Sevilla. Él mismo lo contó
muchas veces y sus hagiógrafos, como Cuesta Monereo, lo repitieron años más tarde. Igual que la historia de que fue la Virgen de África o la colaboración inestimable del mismísimo arcángel Gabriel, y no la ayuda extranjera, la que hizo posible el paso del Estrecho de las tropas africanas. Venía a ser algo así como cuando la Virgen de Tentudía detuvo el sol para que se pudiera seguir matando moros infieles. En enero de 1938 en la Sevilla de Queipo se había asesinado ya a más de tres mil personas. Este crimen de guerra revolvía los estómagos de algunos sevillanos afectos al nuevo régimen, quienes consideraban que, una vez que se había llevado a cabo tan sangrienta represalia, era el momento de pasar página, de perdonar, de olvidar. Sin embargo, los extremistas más recalcitrantes, los adalides de la represión, no querían que se hablara para nada de perdón u olvido e impedían cualquier intento en ese sentido. Entre los más feroces defensores de esta actitud beligerante estaba el cardenal Segura. El nuevo jefe de la diócesis sevillana desde la muerte de Ilundain alentaba de manera vehemente a sus feligreses:

 

Hablando de los mártires de su propia diócesis, dice San Agustín: «Dos cosas resaltan en todo martirio: la paciencia del mártir y la crueldad del tirano. ¿Hemos de olvidar la crueldad del tirano? No. Hemos de recordar y poner de relieve la crueldad y la injusticia de los verdugos para detestarlos».
Y no es espíritu cristiano el espíritu de los que hoy se compadecen del tirano, disculpan su injusticia y su crueldad y hacen un silencio deplorable y execrable en torno a las víctimas. Campaña es esta que se está haciendo en nuestros días, contra la cual es necesario que reaccione el verdadero espíritu de los que siguen la doctrina invariable de la Iglesia, que sigue clamando hoy como clamaba en los primeros momentos [129] .

Es fácil comprender que si esta era la actitud de la jerarquía, la de los curas y párrocos no iba a ser inferior ni en virulencia ni en rencor. Y así fue. Incluso cuando sus enemigos estuvieron en prisión y a su merced, no dejaron de manifestar esta revanchista actitud. Cuando el conocido canónigo sevillano don Laureano Tovar visitaba el departamento de mujeres de la prisión provincial, tras reunirlas para que escucharan su plática, les decía: «Hijas mías, decid conmigo: “nosotras somos unas gua…”», y ellas tenían que acabar la frase: …«rras». Para, a continuación, decirles que no les quedaba otra alternativa que conformarse. Lo mismo ocurría en las visitas penitenciarias del jesuita Pedro Ayala con sus llamadas a la resignación [130] .

No sabremos nunca si el clero fascista llegó a tener plena conciencia del papel que desempeñó en la represión. Y no lo sabremos porque, en definitiva, siempre dieron cuenta a Dios y no a la justicia, luego la historia solo puede interpretarlos a partir de los propios textos que dejaron o por sus declaraciones ante jueces militares. Es aquí donde vemos muchas veces como, sin reparo alguno, no dudaron en interpretar los hechos de la forma más torticera y falsa posible y cómo se colocaron codo con codo junto a los fascistas locales firmando los mismos informes, utilizando el mismo lenguaje y acusando a los mismos enemigos. Todo valía con tal de eliminar a sus adversarios. Los procedimientos judiciales sumarísimos que se instruyeron contra miles de personas recogen miles de esos informes en los que dejaron constancia de su proceder [131] .

Podemos ver varias de estas declaraciones y así comprender, como testigos privilegiados al tratarse en origen de informes secretos, la forma en la que la Iglesia participó en la represión. Y conste que los textos y documentos a que nos vamos a referir se corresponden con la etapa de los juicios sumarísimos, es decir, cuando ya había pasado lo peor, la eliminación de millares de personas por aplicación de los bandos de guerra. Bandos que, como hemos visto, en muchos pueblos del suroeste de nuestro país, se decidieron en reuniones de los comandantes militares de cada localidad con los derechistas prominentes y con el cura. De estas reuniones, desgraciadamente, no se hicieron actas y si alguna hubo, que debió de haberlas, fueron destruidas. Veamos un caso suficientemente explícito de este comportamiento: el procedimiento sumarísimo que se le siguió al alcalde de Nerva José Rodríguez González.

Los culpables de los crímenes masivos que ensangrentaron la cuenca minera de Huelva, llenándola de huérfanos y viudas, no fueron las hordas de Queipo y los fascistas de la zona, los culpables fueron los dirigentes izquierdistas. Así lo afirmó ante Dios y su conciencia el cura párroco de Nerva Constantino Lancho Solana. Este sujeto, al que nada le ocurrió gracias precisamente a los dirigentes izquierdistas, y en especial a José Rodríguez González, acudió poco después del golpe militar al alcalde para conseguir que lo detuvieran en la cárcel, ya que así tenía más garantías de seguridad que en su casa. Sabía el cura perfectamente que el alcalde había evitado que nadie atentara contra la vida de ningún derechista, incluso cuando la aviación rebelde bombardeó el pueblo ocasionando víctimas inocentes y exaltando los ánimos de cientos de personas que querían vengarse. Sabía el cura que hasta el alcalde franquista del pueblo había declarado a favor de José Rodríguez, reconociendo su admirable actuación. Y sabía que, además del alcalde, otros muchos hicieron lo mismo. La diferencia era que el cura Constantino Lancho tenía un serio problema de conciencia. De una parte quería reconocer que estaba vivo gracias a José Rodríguez, pero de otra estaba dispuesto a llevarlo a los infiernos al precio que fuera. Así que, voluntariamente, le envió al juez militar el extenso escrito que a continuación trascribimos en su mayor parte porque retrata fielmente el verdadero espíritu de estos soldados de la Cruzada (como decía Southworth: «Sí, caballeros, tenéis razón; era una cruzada. Pero la cruz era la gamada»):

 

Yo, Constantino Lancho Solana, Cura Párroco de Nerva, natural de Cañaveral (Cáceres), de 52 años de edad, comparezco ante el Tribunal Militar competente y digo:
Que conozco a José Rodríguez González, Alcalde del Frente Popular que era de esta villa al estallar el Glorioso Movimiento Nacional; que no me unen a él lazos de amistad alguna, ni tampoco tengo motivos de animosidad personal contra él, estándole más obligado por gratitud a las atenciones que de él recibí, al ser conducido a la cárcel en la madrugada del 23 de julio de 1936, no obstante las humillaciones, vejámenes e insultos, que sufrí por parte de los subalternos de su Autoridad, que él desaprobó y públicamente reprendió, al visitarme en la cárcel a las pocas horas de mi ingreso, visita que repitió amablemente varias veces, contribuyendo con algún otro destacado elemento de la U.G.T. y la C.N.T. a trasladarme, en concepto de detenido también, a la Casa de Socorro por espacio de 15 días, donde ordenó en mi presencia que, por cuenta del Municipio, se me facilitara asistencia médico-farmacéutica y cuanto necesitara, sin escatimar gasto alguno, disponiendo el mismo que una sirvienta de mi casa estuviera día y noche a mi cuidado, pudiendo entrar y salir libremente en el benéfico Establecimiento, cuantas veces lo requiriera mi estado de salud quebrantada. Y si bien es cierto que fui nuevamente conducido a la prisión, se debió a la imposición de las masas que ya no podía controlar la Autoridad.

 

Hasta aquí, el texto, salvo la ocultación de que fue él quién pidió ser detenido por seguridad, se ajustaba en líneas generales a los hechos. Pero Constantino Lancho no iba a quedarse ahí. Y continuó:

 

Saldada esta deuda de gratitud para tranquilidad de mi conciencia, e interrogado de nuevo por el Sr. Juez Militar que actúa en este sumario, respondo: Que José Rodríguez González, según noticias, acosado a causa de sus tendencias revolucionarias por la policía de Sevilla, fijó su residencia definitiva, algunos años antes del advenimiento de la República, en Nerva, donde bien pronto se destacó por sus ideas marxistas; que a partir del año 1931 fue el principal dirigente de la llamada Casa del Pueblo; que como propagandista, actuó públicamente en mítines y conferencias, siempre en tonos disolventes; que semanalmente instruía a la Juventud Socialista con conferencias doctrinales de idénticos tonos; que por su formación de hombre que había leído mucho, envenenó a miles de incautos, que han pagado ya caro sus yerros…

 

Y así continuó sin dejar en el tintero nada que pudiera servir para acusar a José Rodríguez, desde que llevó a cabo una «labor de aparente moderación, pero de rabiosa persecución a la Iglesia, a la propiedad y al capital», hasta acusarlo de que, sin dejar de llamarse socialista, formó el «ala comunista» en el que se agrupó lo más canallesco de la población. Luego seguía vomitando:

 

… organizó de acuerdo con Cordero Bel, las columnas que cayeron sobre los pueblos, Castillo de las Guardas, e Higuera de la Sierra, etc., etc., donde cometieron toda clase de desmanes, asesinatos de la Guardia Civil, asaltos a los cuarteles, sacrilegios en incendios de Templos, siendo de notar la famosa columna que, en los primeros días del movimiento, marchó a tomar Sevilla…

 

Asesinatos, asaltos, incendios, todo servía para la acusación del cura. Ocurría, sin embargo, que nada de esto había ocurrido en Nerva. Y hasta hechos destacables de la actuación de José Rodríguez, en la pluma del informe del cura Lancho, se volvían en contra del alcalde izquierdista en forma de afilado cuchillo acusador:


… presenció igualmente impasible asaltos a las casas particulares, incendios, etc., y si bien es verdad que, pistola en mano, salvó, por razones que desconozco, del saqueo la casa del industrial Manuel Candón, ello prueba, que cuando quería, se imponía a las masas y estas le obedecían.

 

Y siguió: que insultaba a Queipo, que era el alma del Comité de Defensa, que huyó a la entrada de las tropas «libertadoras», que combatió en las milicias rojas, etc. Las acusaciones se repitieron una tras otra para concluir solemnemente:

 

Afirmo por último ante Dios y con plena conciencia sacerdotal del caso: que el mayor responsable moral de cuantos males han sobrevenido al pueblo de Nerva y a la cuenca minera de Río-Tinto (cientos de niños sin padres, mujeres viudas, ruinas de Templos y edificios, asesinatos, sacrilegios y desmanes de todas clases) es JOSÉ RODRÍGUEZ GONZÁLEZ , embaucador de masas y envenenador de la inocencia; ratificándome en todo lo expuesto.

Nerva, 18 de septiembre de 1939.

Año de la Victoria
Constantino Lancho Solana [132] .

 

El último alcalde republicano de Nerva pasaría largos años de cárcel. Veamos otros casos.

Cuando juzgaron en 1939 a Manuel Suárez Martín, de Paymogo, reconoció que después del golpe militar había prestado servicios de vigilancia con una escopeta, tal y como le indicaron desde el Ayuntamiento. También reconoció sus
simpatías por el Partido Socialista y haberlo votado en las últimas elecciones. En los últimos días de agosto de 1936 y ante los hechos represivos que estaban ocurriendo en el pueblo, huyó hacia Portugal, donde estuvo toda la guerra hasta su término, presentándose a la Guardia Civil el 19 de abril de 1939. El informe que hizo Falange decía solamente que perteneció a la UGT y que hizo guardias. También añadía que no cumplió nunca con los preceptos de la Iglesia. El comandante militar, sin embargo, lo acusó muy duramente:

 

Este individuo perteneció a la UGT antes del glorioso Movimiento Nacional. Fue escopetero durante los días de la dominación roja en este pueblo, y uno de los que asaltaron la ermita de San Sebastián y destrozaron el retablo de su altar mayor. Tomó parte activa en la quema de la Iglesia.

 

Por su parte, el cura párroco Manuel Domínguez Bermejo no dudó en copiar el mismo informe del comandante militar trascribiéndolo íntegramente, ya que, según manifestaba, las informaciones provenían de personas que merecen fe por su probidad y rectitud. Estas graves acusaciones hubieran bastado en el verano de 1936 para llevar a la muerte a Manuel Suárez, posibilidad siempre existente y que, por lo visto, no le importaba mucho al cura. Y había además un agravante en las manifestaciones de Domínguez: callaba en su escrito que él no estaba en el pueblo cuando se produjeron los hechos que denunciaba, lo que tuvo que admitir cuando el juez instructor se dirigió a él para que se ratificara en su primer informe.

 

… los informes que remití a la autoridad sobre la conducta del procesado Manuel Suárez Martín, alias «el Pelao», fueron adquiridos por referencias de personas fidedignas y no por ciencia propia, ya que durante el tiempo en que actuó el citado procesado no me encontraba en esa villa.

 

No vio oportuno el cura decir la verdad: que se limitaba a firmar los informes que le pasaba el comandante militar, ya que este era para él una persona fidedigna. Para nada le importó tampoco que las acusaciones que vertió contra Manuel Suárez Martín fueran falsas [133] .

Cuando Fernando Vázquez Rodríguez, presbítero encargado de la parroquia de La Nava (Huelva), informó sobre José Luis Fernández, secretario de la UGT, que había llegado enfermo desde el campo de concentración de Albatera al término de la guerra, también vio oportuno acudir a personas de «solvencia moral» para lanzar sus acusaciones:

 

Que según datos y referencias obtenidas de personas de solvencia moral y que me merecen entero crédito, el individuo Luis Fernández, apodado el Panadero, es de pésimos antecedentes, individuo peligrosísimo, enemigo del glorioso movimiento nacional, que actuó como marxista dirigente durante el dominio rojo de esta villa, participando en cuantos desmanes se cometieron y en el saqueo de la Iglesia y quema de imágenes, etc., habiendo estado además en el vecino pueblo de Cumbres Mayores donde se cometieron crímenes y robos y en los que el citado marxista participó.

 

[128] La cita procede de Luis Castro, Héroes y caídos, Catarata, Madrid, 2008, p. 185.

[129] ABC, 29/01/1938, discurso con motivo de la celebración de honras fúnebres por los sacerdotes y seminaristas de la archidiócesis muertos durante «los días del terror rojo».

[130] Testimonio oral de Dulce del Moral Cabezas, grabado por el profesor Juan Ortiz Villalba el 27/07/1985, a quien agradecemos su audición. Por los testimonios existentes, que son numerosos, debió de haber un cura de estos en cada prisión.

[131] Para imaginarnos lo que hubiera pasado aquí de haber actuado la Justicia en algún momento, hay que salir del país y observar un caso como el juicio al sacerdote fascista argentino Christian von Wernich.

[132] ATMTSS. HU, Caja 150-1995. Finalmente, José Rodríguez González fue juzgado en Algeciras, al encontrarse en un batallón de trabajo y, gracias a que la mayoría de las «fuerzas vivas» de Nerva testificaron a su favor, «solamente» fue condenado a reclusión perpetua.

[133] ATMTSS, HU, Caja 106-1418.

 


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