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212-221

Publicado el 5 de enero de 2022, 23:18

Herodes había sido nombrado rex socios de Roma por Marco Antonio, a quien había dedicado incluso un gran palacio-fortaleza construido en Jerusalén, pero el astuto soberano idumeo había conseguido hacerse confirmar también por César (al que dedicaría posteriormente incluso un par de ciudades), con una gran autonomía de la que llegaban a Roma las noticias más espectaculares y contradictorias. Adunco, ya trasladado a la capital del Imperio e integrado en los ambientes más informados y próximos al poder, recordaba que los funcionarios y los oficiales procedentes de Palestina hablaban con admiración de los grandes edificios que Herodes hacía construir, y con sobrecogimiento de aquellos episodios llenos de ferocidad, pues Herodes no había perdonado siquiera a sus hijos Alejandro y Aristóbulo, a quienes hizo estrangular por ser sospechosos de organizar una rebelión. A este respecto, Adunco recordaba cómo Augusto había comentado, con su acostumbrado cinismo, que en casa de Herodes habría preferido ser un cerdo antes que un hijo suyo: se habría sentido más seguro, en vista de que los judíos no probaban la carne de ese animal.

Con la muerte de tanto personaje, Augusto había terminado ratificando el testamento, que dividía el reino entre los tres hijos supervivientes dando a Arquelao Judea, Samaria e Idumea, a Antipas Galilea y Perea, y el territorio al este del Jordán, con las ciudades de la Decápolis, a Filipo. Eso sucedía en el año 749; un decenio más tarde, una delegación de judíos y samaritanos se dirigió a Roma para interponer una causa contra Arquelao y consiguió con ella la destitución del tirano, cuyos territorios pasaron a ser directamente administrados por Roma. Antipas adoptaba el nombre dinástico de Herodes y empezaba a dar muestras de la misma pasión constructora que su padre, pero muy poca de su entereza de carácter.

Mejor que nadie lo estaba haciendo Filipo, quizá porque sus territorios estaban casi enteramente fuera de Palestina, quizá porque sus súbditos eran casi todos unos politeístas tolerantes o porque se mantenía lo más apartado posible de los asuntos y de los problemas de los judíos, el hecho es que consiguió, caso más único que raro, no solo el respeto sino también el amor de los ciudadanos.

Esta era la historia y Adunco la conocía, pero sabía que para comprenderla de verdad le faltaba la crónica, las vicisitudes internas de aquella difícil región que parecía poseer una capacidad de resistencia contra los dominadores romanos más fuerte que cualquier otra provincia del Imperio. La recorría ahora, desenrollando los rollos que iba poco a poco extrayendo de sus fundas y cuyo lenguaje entre cancilleresco y policial le era bien conocido. Decía el primero:

 

A César Augusto,

emperador y pontífice máximo

De Publio Sulpicio Quirinio,
gobernador de Siria

 

Informe 7
Categoría: secreto
Fecha: mes de junio, año 759 de la fundación
Asunto: Judas de Gamala, llamado el Galileo
Opinión: debe ser eliminado

 

El censo en la nueva provincia de Judea, para registrar a fines fiscales a los ciudadanos, sus rentas y sus bienes, provocó una fuerte reacción popular que en un primer momento fue superada gracias a la intervención del sumo sacerdote Joazat, el cual está a favor nuestro como toda la nobleza sacerdotal reagrupada en el partido de los saduceos.

Esto no fue suficiente, sin embargo, para extinguir los focos de descontento, de modo que se hizo necesario deponer a Joazat para tratar de aplacar a los grupos más radicales.

Lamentablemente, en tan delicado momento, algunos de nuestros recaudadores de tributos iniciaron el cobro, efectuándolo a veces con métodos extremadamente enérgicos y con el apoyo de las tropas. El hecho de que la cuestación fuera confiada a unos agentes llamados publicanos, casi siempre judíos, empeoró ulteriormente las cosas causando serias fricciones internas entre la población.

A pesar de que el censo afectaba solo a Judea, se han producido fuertes reacciones también en otras zonas y especialmente en Galilea. Aquí, un tal Sadoc, de profesión docente y perteneciente al partido de los fariseos, y un escriba llamado Judas de la pequeña ciudad de Gamala, en Gaulanitide (nota: los judíos llaman escribas no a los escribanos y amanuenses, sino a los intérpretes de sus libros sagrados), han fomentado un movimiento de protesta cuyos partidarios son llamados zelotas.

El primero de los dos regresó pronto al anonimato, pero el segundo prosigue en su acción afirmando que no se trata de un problema administrativo, sino más bien religioso. Sostiene que su dios, llamado Yahvé, es el único señor del pueblo de Israel, de modo que quien paga los tributos a un dominador extranjero pierde el privilegio de ser israelita.

El argumento es claramente capcioso, en vista de que la libertad religiosa concedida a todos los pueblos del Imperio es aún más amplia en el caso de los habitantes de esta provincia, en razón de los privilegia iudaica que les fueron concedidos, pero el movimiento de los zelotas está cobrando igualmente fuerza y parece encontrar simpatizantes también en la lejana pero importante colonia judía de Alejandría.

Para reprimirlo, parece absolutamente necesaria la eliminación física del llamado Judas.

Y este es solo el primero, pensó Adunco volviendo a meter el rollo en el estuche. En vez de sacar el siguiente, se quedó algunos minutos reflexionando, como le sucedía a menudo, con la mirada fija en las aguas azules del mar Egeo. Siempre, con su infinidad de leyendas, con sus rutas portadoras de cultura, le habían parecido como el seno fecundo de una aventura solar de la que se sentía agradecido partícipe, pero ahora una sensación sombría le embargaba, una sensación de desventura y de dolor amenazantes, que ni siquiera la vista de las gloriosas costas de Creta, anunciadas por un grito del marinero que oteaba desde la gavia, pudo hacer desvanecer.


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