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6 Alejandría, año 388 (201-221)

Publicado el 21 de enero de 2022, 23:16

—Eso no es lo peor —señaló Filotas, uno de los últimos representantes del epicureismo en la ciudad—. Lo verdaderamente grave es que Teófilo quiera buscar un apoyo legal a su acción que, sin dejar de ser un atentado contra un bien público, tiene su lógica.
—¿Significa eso que tú defiendes a Teófilo?
La pregunta de Harmodio, el jurista, estaba cargada de insidia, fruto de la rivalidad que desde hacía mucho tiempo sostenían ambos.
Filotas le dirigió una mirada torva, al tiempo que lo acusaba:

—¿Cómo te atreves a insinuar tal cosa? ¡Teófilo es un fanático! Aplica lo que él y sus secuaces llaman el fuego purificador a lo que no les gusta. ¡Son incendiarios! Algo de lo que en esta ciudad tenemos tristes y sobradas experiencias. Lo que quiero señalar es que, ante la magnitud de sus continuados desafueros, busca subterfugios legales.
Parecía imposible que en un espacio abierto y con una concurrencia tan numerosa se hubiese hecho un silencio como el que flotaba en el ambiente. El acto no estaba defraudando, ni mucho menos, las expectativas.
—Entonces, ¿qué es lo más grave? —preguntó Harmodio.

—¡La actitud sumisa del prefecto imperial! Eso es lo verdaderamente grave. Es él quien tenía que actuar con diligencia, deteniendo a los pirómanos, empezando por Teófilo —aseguró Filotas—. Tiene la obligación de abrirles un procedimiento por desórdenes y por atentar contra bienes públicos. Toda Alejandría sabe quiénes le prendieron fuego al teatro y promovieron los desórdenes que mantuvieron a la ciudad en vilo durante semanas. La única razón que dieron entonces fue simplemente que rechazaban las representaciones.

¡Destruyeron bienes públicos y tal acto está severamente penado por las leyes!
—¡Eso fue en tiempos de Atanasio! —gritó Harmodio—. ¡No querrás enredarte en un pleito inútil!

Hipatia, desde la terraza donde estaba acomodada, trataba de no perder detalle. A sus casi dieciocho años era la mujer más hermosa de Alejandría.
Teón, en su condición de moderador, intentaba que el debate no se convirtiese en un pulso dialéctico entre los dos adversarios. Mientras Filotas explicaba su posición, había murmurado algo al oído de Pausanias, el pontífice del Serapeo y la máxima autoridad de aquel centro donde se daban la mano ciencia y religión, el mundo egipcio y el griego.
Todavía resonaba en los oídos de los asistentes su última acusación cuando el venerable pontífice, sin dirigirse a nadie en particular, lanzó una pregunta al aire:
—¿Serviría de algo enviar una comisión al prefecto Alejandro para tratar el asunto y exigir responsabilidades a los incendiarios?
—¡No creo que eso ponga remedio a nada! —La voz que había sonado tan rotunda era la de Lisístrato.
El astrónomo se había percatado de las intenciones de Teón, al que miraba de reojo cuando susurraba al oído de Pausanias. Sabía que su rival era, desde hacía tiempo, partidario de presionar sobre el prefecto imperial. Si había respondido con tanta energía era solo para fastidiarlo. Teón y él habían protagonizado, días atrás, otra agria polémica en torno a la influencia de los planetas en la vida de las personas. El escándalo había sido de tal magnitud que quedaron emplazados a un debate público, cuya fecha estaba por determinar.
A pesar de la afirmación de Lisístrato, entre el gentío se alzaron algunos gritos de apoyo a la propuesta de Pausanias.
—Tal vez no sirva para gran cosa —replicó Teón—. Pero, al menos, nos permitirá dejar clara nuestra posición ante el representante del emperador y hacer patente nuestra disconformidad con lo que ocurre en la ciudad.
—¡Yo apoyo enviar esa comisión!
Quien se mostraba partidario de la propuesta era Clodio, representante de una de las escuelas filosóficas que mayor predicamento había tenido durante muchos años en Alejandría. Era un anciano descreído, al que popularmente conocían como Diógenes en recuerdo del más popular de los filósofos cínicos.
—¡Yo también! —gritó Aristarco, el físico, que enseñaba en el Serapeo.
—¡Y yo!
—¡Y yo!
La propuesta de Pausanias encontró apoyo en casi todos los presentes, salvo en Lisístrato y Hermógenes, quien también la consideró una pérdida de tiempo.
El médico opinaba que si la ley estaba tan clara y el prefecto imperial no había actuado era porque no estaba dispuesto a hacerlo.
—Sabéis, al igual que yo, que mantiene unas excelentes relaciones con el patriarca. Incluso he oído decir que, aunque no está bautizado, acude con frecuencia a sus celebraciones —señaló Hermógenes.
Hipatia estaba cada vez más decepcionada con el desarrollo del acto. Había sido una ardiente defensora de su celebración porque no concebía que su padre y el círculo de aristocráticos filósofos y maestros que tanto decían defender las gloriosas creencias y tradiciones de sus antepasados estuviesen cada vez más arrinconados en sus cenáculos, mientras que los cristianos se hacían dueños de la calle.
A diferencia del ambiente que se palpaba en el Ágora, donde las disputas encandilaban a la plebe, ella se percataba de que los reunidos estaban más pendientes de sus propias rencillas que de afrontar los puntos clave del asunto.
—No se ha bautizado —señaló Sinesio— porque son muchos los que prefieren hacerlo cuando están a las puertas de la muerte. Según tengo entendido, cuando reciben el bautismo se lavan todas sus faltas, sin necesidad de penitencia; por eso lo retrasan cuanto pueden para disfrutar de los placeres de la vida que su religión prohíbe. El emperador Constantino —apostilló el matemático— fue quien impuso esa moda de no bautizarse hasta avanzada edad.
Nadie confirmó sus palabras y se hizo un momentáneo silencio, que rompió una voz que llegaba desde la terraza de uno de los edificios que flanqueaban el Ágora.
—¿Por qué unos principios tan extraños a nuestras tradiciones como los que sustentan sus creencias han logrado tantos adeptos?
La pregunta había sonado limpia y potente, y mucha gente miró hacia la terraza del templo de Baco. Allí estaba la joven que había lanzado la pregunta.

Teón se removió incómodo en su asiento al percatarse de que se trataba de Hipatia. No sabía qué hacer, porque la intervención del público no estaba prevista. Si permitía que su hija participase en el acto, cualquier otro podría hacerlo, sin que a él le quedase un ápice de autoridad para prohibirlo. Aquello podía convertirse en una batahola. Tenía que reprenderla, aunque en su fuero interno detestaba hacerlo. Sabía que su hija era más brillante que la mayor parte de quienes tomaban asiento en el estrado. Sus titubeos, sin embargo, dieron tiempo a que Anaxágoras le contestase. Teón temía que fuese como abrir la caja de Pandora.
—Ésa es una buena pregunta, cuya respuesta es compleja, algo que suele ocurrir con las buenas preguntas.
Teón, con harto dolor de su corazón, empuñó el embudo y señaló que en las normas de celebración de aquel acto no estaba prevista la participación del público asistente y recriminó a la joven por protagonizar una intervención no autorizada.
Hipatia se había puesto de pie; la brisa que soplaba suave desde el puerto que se abría próximo a uno de los costados del Ágora desde el que arrancaba el Heptaestadio agitaba suavemente su negra cabellera. Su imagen aparecía desafiante, retadora. La gente la miraba y por todas partes surgían comentarios.
—¡Como ciudadana de Alejandría, reclamo el derecho que me asiste a poder intervenir en los debates que tienen lugar en el Ágora! ¡Nadie puede privarme de ese derecho!
Una garganta de entre la muchedumbre lanzó un grito emocionado:
—¡Ágora!
Se hizo un silencio momentáneo antes de que un murmullo se extendiese entre el público. Se alzaron algunas voces aquí y allá que poco a poco se acompasaron. Primero fueron unas pocas gargantas, después se sumaron algunas más, luego otras y otras. En unos instantes se había formado un amplio coro y al cabo de muy poco el clamor era unánime:
—¡Ágora! ¡Ágora! ¡Ágora!
El sonido era ronco y fuerte.
—¡Ágora! ¡Ágora! ¡Ágora!
Escuchar aquel grito hizo que a Anaxágoras se le erizase el vello de la nuca y que la emoción lo embargase hasta el punto de no poder contener las lágrimas. Hacía décadas que sus oídos no escuchaban aquel grito que resumía uno de los derechos que habían marcado la historia ciudadana de Alejandría. El derecho de todo alejandrino, cumplidos los dieciocho años, a participar en cualquier debate que se celebrase en el Ágora y concerniese a asuntos públicos.
Era un grito con el que se identificaban las libertades de la ciudad en la época de los Ptolomeos y que se había mantenido tras la conquista romana. Después había perdido fuerza hasta caer en desuso. Muchos de los presentes no sabían lo que estaban gritando, desconocían el valor de aquella palabra cuando era pronunciada en aquel lugar. Pero era como una respuesta atávica a algo que circulaba por sus venas. Había bastado que un puñado de personas lo secundasen para que Alejandría, representada por aquel gentío, clamase por un derecho propio.
Teón notó que le temblaban las piernas. No se atrevía a utilizar su embudo, al margen de su inutilidad porque el clamor era unánime. Miles de gargantas defendían el derecho de Hipatia a intervenir.
—¡Ágora! ¡Ágora! ¡Ágora!
Pausanias, el pontífice, también se había puesto de pie y paseaba su mirada por la muchedumbre entusiasmada. Los demás próceres también se levantaron.

Ninguno había imaginado algo parecido.
El grito atronó en el cielo de Alejandría durante varios minutos. Nadie se atrevería a impedirle a Hipatia tomar la palabra.
—¡Anaxágoras! —gritó la joven desde la terraza pidiendo, con su brazo levantado, el silencio de la muchedumbre—. ¡Me gustaría escuchar tu respuesta! ¡Por muy compleja que sea!
El viejo filósofo, cuyos cansados y enrojecidos ojos solo percibían un bulto, conocía aquella voz que tantas veces lo había embelesado con sus respuestas, cuando le enseñaba las ideas de Platón a la niña despierta y vivaracha que no dejaba de asombrarlo continuamente. Su voz sonó tan potente que parecía imposible que saliese de aquel cuerpo, casi vencido por la edad.
—Primero has de saber que, dada mi edad, nunca pensé que pudiese revivir un momento tan glorioso como el que me has deparado. Quiero agradecértelo públicamente, mi querida Hipatia.
Sus palabras provocaron una ovación. Mucha gente había oído hablar de la joven Hipatia, pero no la conocía.
—Lo que planteas es, como te he dicho, una cuestión compleja que presenta perfiles muy diferentes. Creo que debemos señalar algunas de las realidades que acompañan al éxito de los cristianos. En primer lugar, nos encontramos con que los emperadores se les muestran propicios y las autoridades les prestan su apoyo. También debemos considerar que, a pesar de sus graves disensiones internas y de sus luchas callejeras, sus fieles llenan sus iglesias. En tercer lugar, yo tendría presente que, al margen de los rigores que presiden sus planteamientos, su doctrina atrae a masas de creyentes. Por último, tendría en cuenta que siendo sus principios tan poco atractivos para una mente racional, hasta el punto de que algunas de sus afirmaciones pueden ser vistas como un insulto a la inteligencia, tal es el caso de adorar a un dios que fue ejecutado como un malhechor, después de sufrir toda clase de humillaciones y torturas, sus sacerdotes se han convertido en guías espirituales de una parte importante de la población que vive dentro de los límites del imperio. Ante ese conjunto de realidades tendríamos que formularnos, no una sino varias preguntas: ¿cómo han conseguido ese poder? ¿Por qué ganan adeptos? ¿Por qué han logrado imponer sus principios? ¿Por qué significan hoy el mayor desafío al que se enfrenta el mundo en que nosotros creemos? ¿Por qué suponen una amenaza para el conocimiento racional?


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