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6 Alejandría, año 388 (222-242)

Publicado el 29 de enero de 2022, 21:40

Anaxágoras alzó la vista hacia el lugar donde intuía que se encontraba Hipatia. Sentía una íntima satisfacción por haber ayudado a que aquella mente portentosa alcanzase la altura a la que había llegado.

—Podemos enviar una comisión al prefecto imperial —prosiguió el filósofo—, como ha propuesto Teón, creo que es lo que hay que hacer. Pero todos sabéis lo que ocurrirá. La recibirá y escuchará atentamente, y no servirá para nada. El teatro en Alejandría no volverá a abrirse, no habrá más representaciones, ni siquiera en improvisados espacios, porque ése es el deseo del patriarca. No volverá a haber espectáculos circenses porque Teófilo considera que inducen a la promiscuidad entre hombres y mujeres. Apalean en la calle a quienes se atreven a contravenir con sus actos los principios que ellos consideran que todos hemos de acatar. Teófilo y sus seguidores pueden hacerlo, pueden actuar con impunidad e imponer sus criterios. ¿Sabéis por qué?

Imperaba un silencio absoluto. Anaxágoras respondió a su pregunta.

—Porque el patriarca de esta ciudad, al que hace solo algunos años un grupo de desharrapados armados con estacas era capaz de obligarle a salir corriendo, controla cada vez más resortes del poder. La pregunta es la misma que os formulé hace un momento: ¿cómo han conseguido ese poder?

El filósofo dejó que flotase en el ambiente durante unos segundos antes de proseguir su disertación; era el viejo recurso de un retórico experimentado.

—La palabra clave de esa respuesta se llama esperanza.

Su afirmación levantó un murmullo de comentarios. Anaxágoras esperó a que se impusiese otra vez el silencio.

—Vivimos en un mundo cuyos  valores tradicionales no dan respuestas satisfactorias. Los viejos dioses no levantan las pasiones de antaño, para muchos ni siquiera son dignos de respeto. El Estado no garantiza la seguridad de sus ciudadanos. Las rutas comerciales, tanto marítimas como terrestres, no son seguras. El Mediterráneo está infestado de piratas y las calzadas son lugares peligrosos, en los que los bandidos asaltan a los viajeros. El comercio y la riqueza se han reducido a la décima parte. La gente ha perdido la confianza en la moneda, hasta el punto de que en muchos sitios se ha vuelto al trueque de los tiempos oscuros. Las noticias que llegan del norte del imperio son desalentadoras. Las legiones tienen cada vez mayores dificultades para mantener al otro lado de las fronteras a pueblos que en otro tiempo habrían sido barridos del mapa en una o dos campañas. El prestigio militar del imperio se desmorona por todas partes. Las legiones están mandadas por individuos que se llaman Estilicón o Arbogastes, nombres bárbaros de procedencia visigoda o germana. La plebe de las urbes está embrutecida hasta límites que resultan increíbles. Solo quieren pan barato, que el Estado ya no puede subvencionar, y diversión sin tasa que ha conducido a una vida licenciosa, pero que solo produce un doloroso vacío interior. Contra eso únicamente hay un antídoto: esperanza. Eso es lo que los cristianos han traído, esperanza a un mundo que la ha perdido.

—¡Parece que Anaxágoras se ha dejado engatusar por esa pandilla de insensatos! —gritó Sinesio en medio de un silencio sepulcral.

El filósofo miró al matemático. No tenía buena opinión de aquel engreído, cuya cólera explotaba con demasiada facilidad, aunque respetaba la brillantez de sus deducciones. Antes de responder, se acercó a la mesa donde había dejado su copa para dar un sorbo al vino y refrescar su garganta.

—Mi respetado Sinesio, un viejo como yo, educado en unos principios que, aunque desfasados, permiten una explicación que considero suficiente para las claves de mi existencia, sería un estúpido si los cambiase por un credo marcado por la irracionalidad. Pero eso no impide que estos cansados ojos perciban la realidad que me rodea. Nuestro mundo ha traído desesperanza, inseguridad, falta de confianza. Basta con mirar a nuestro alrededor.

—¿Acaso los cristianos ofrecen algo mejor? Consideran la vida como un mal trance, un camino pedregoso, una cuesta empinada llena de dificultades — exclamó Harmodio.

—Ofrecen algo más, algo que nadie puede discutirles porque no se puede palpar. Ofrecen un paraíso más allá de esta vida y la resurrección de los cuerpos, que llegará con el final de los tiempos.

—¡Venden humo! —gritó Sinesio irritado.

—Tal vez solo sea humo, pero en ese humo envuelven la esperanza que ofrecen a sus fieles.

—¡Una doctrina enrevesada! — protestó Harmodio.

—Tienes razón. —Anaxágoras apuró su copa—. Tan enrevesada que ni ellos mismos se ponen de acuerdo. Sobre su dios circulan toda clase de historias, de las cuales unas contradicen a las otras. En algunos textos se afirma lo que en otros se niega y sin embargo… — Anaxágoras vaciló.

—Sin embargo… ¿qué? —lo desafió Sinesio.

—Sin embargo, han conseguido arrastrar a las masas tras ellos. Nuestros templos están cada vez más vacíos, mientras que sus iglesias casi no pueden acoger a las muchedumbres que acuden a sus liturgias. Por eso Atanasio se atrevió a incendiar el teatro y Teófilo ha logrado cerrar el circo y las termas; se sienten respaldados por la masa.

—¡La mitad de Alejandría no es cristiana! —gritó Teón.

—Cuestión de tiempo. —El filósofo agitó su copa y un esclavo acudió presto a llenarla—. Cuando yo era un niño, antes de que Constantino se hiciese con la totalidad del imperio, tras vencer a Majencio en la batalla del Milvio, los galileos en Alejandría eran un puñado de indeseables, que se ocultaban para llevar a cabo sus rituales por temor a las autoridades. A lo largo de una vida ese panorama ha cambiado radicalmente. Insisto en que basta con mirar a nuestro alrededor.

—¡El vino te ha trastornado! —lo despreció el matemático.

—No, Sinesio. Te equivocas. El vino nada tiene que ver con lo que acabo de decir, me limito a observar el mundo que me rodea. Yo no lo veré, porque mi tiempo está ya tasado, pero vosotros seréis testigos de cómo esta ciudad perderá el carácter cosmopolita que un día la convirtió en única en el mundo. Igual que ha perdido su teatro, su circo y sus termas que no son sino pasos en el doloroso camino que mis ojos, gracias sean dadas a los dioses, no verán. Pero, como digo —Anaxágoras alzó la mano—, muchos de vosotros seréis testigos de que mis palabras de hoy son el anuncio de un tiempo donde el dogmatismo de los exaltados acabará por adueñarse de todo.

Como si el filósofo hubiese conjurado a un genio maléfico, hasta el Ágora llegó un inconfundible sonido. Instantes después patrullas de soldados irrumpían por dos de sus esquinas. Eran tropas imperiales y tomaban posiciones, como si fueran a lanzar un ataque sobre el enemigo.

La muchedumbre se contrajo en un movimiento casi imperceptible, dejando espacio para que los soldados avanzasen pegados a los soportales. Los legionarios arrollaron todo lo que dificultaba su paso. El oficial que los mandaba llegó hasta el estrado. Pausanias avanzó hacia el militar, quien lo saludó extendiendo su brazo.

—¡Ave, pontífice!

—¿Sucede algo, centurión?

—Esta concentración no está autorizada. El prefecto me ha ordenado despejar la plaza. ¡Tenéis que abandonar el lugar!

—Esto es el Ágora, un lugar para las reuniones públicas. No son necesarias autorizaciones para ello —protestó Pausanias con voz suave.

El silencio era tan intenso que sin alzar la voz sus palabras llegaban hasta el último rincón de la plaza. El centurión miró al gentío.

—No entiendo de sutilezas, yo soy un soldado y cumplo órdenes. —Desenvainó la espada y señaló a la muchedumbre expectante—. Si tú no los invitas a marcharse, ordenaré a mis hombres intervenir.

Pausanias paseó la vista por el Ágora y vio rostros crispados. Todas y cada una de las miradas eran como estiletes que se clavaban en su cuerpo. Sintió dolor físico; indeciso, miró a Teón. El astrólogo vacilaba. Pausanias paseó otra vez su mirada por la muchedumbre apiñada. Nadie se movía. Aquello podía convertirse en una matanza.

—¡El tiempo se agota y mi paciencia tiene un límite! Si no les dices que se marchen, ordenaré cargar a mis hombres. La responsabilidad de lo que suceda será tuya.

La voz de Hipatia sonó en las alturas.

—¡Ágora! ¡Ágora!

Tras un momento de vacilación, centenares de gargantas le devolvieron el grito.

—¡Ágora! ¡Ágora! ¡Ágora!

Pausanias y Teón se cogieron de las manos, rápidamente se sumaron Sinesio, Anaxágoras, Harmodio, Lisístrato… La gente gritaba y buscaba la mano de quien estaba a su lado. Muchos ni se conocían, algunos incluso tenían diferencias en su vida diaria, pero en aquel momento eso carecía de importancia. Una fuerza invisible los había unido y dotado de una fortaleza que ninguno de ellos podía imaginar.

Nadie se movía y los gritos arreciaban:

—¡Ágora! ¡Ágora! ¡Ágora!

Los soldados se mantenían firmes, pero en sus rostros se reflejaba ahora la indecisión. Se miraban unos a otros desconcertados y en pocos segundos el centurión había perdido su altivez. La situación había dado un vuelco inesperado.

Pausanias supo que tenía que aprovechar el momento. Podía salvar con dignidad la situación y evitar una catástrofe. Si el centurión ordenaba a sus soldados entrar en acción, un baño de sangre sería el desenlace fatal de aquel acto que había superado todas las expectativas.

Se acercó al oficial y le susurró algo al oído. El soldado dudaba y, mirando al pontífice a los ojos, le preguntó:

—¿Me das tu palabra?

Pausanias asintió.

El centurión envainó su espada sin soltar la empuñadura. Bastó un gesto para que sus hombres, aliviados y sin perder la formación, abandonasen la plaza con la misma marcialidad con que habían irrumpido en ella. Los gritos de los congregados arreciaban:

—¡Ágora! ¡Ágora! ¡Ágora!

La palabra se había impuesto a la fuerza.

Cuando el último de los soldados se perdió por la esquina de la Biblioteca, Pausanias extendió los brazos. Solicitaba un silencio que se impuso poco a poco, aunque algunos entusiastas apuraron hasta el límite su clamor.

—Gracias, Hipatia. —El pontífice alzó la vista hacia la terraza, pero la joven había desaparecido—. Gracias por habernos ayudado a encontrar una solución que ha dejado a salvo nuestra dignidad como ciudadanos. Gracias por haber evitado un desenlace fatal. Gracias por permitirnos abandonar, tranquilamente, este lugar donde nuestros antepasados ejercieron sus derechos de ciudadanía, como hoy lo hemos hecho también nosotros. Ahora podemos marchar en paz.

Pausanias, con la mirada altiva y un gesto cargado de dignidad, comenzó a descender los escalones del estrado; sus compañeros lo imitaron. El pontífice dejó escapar un suspiro al comprobar que la gente seguía su ejemplo. Abandonaban el Ágora, en medio de murmullos. Aquella tarde Hipatia había dejado de ser la hija de Teón para convertirse en la más rutilante estrella del firmamento alejandrino.

Poco a poco, el Ágora se fue vaciando. Unos se habían retirado hacia el Heptaestadio, en dirección a la isla de Faros, otros marchaban hacia la Vía Canópica. Cuando los grupos de rezagados abandonaban el lugar, los últimos rayos del sol se reflejaron en la fachada de la Biblioteca dando un tono dorado a las piedras y, por unos instantes, desaparecieron las miserias del edificio.

Pausanias tomó del brazo a Teón e hizo un aparte, solamente para susurrarle muy bajo:

—Dile a Hipatia que tenga mucho cuidado.


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