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Capítulo 10 Los paseos 181-201

Publicado el 22 de enero de 2022, 21:15

Santos Martínez Saura, secretario de Azaña, recuerda un encuentro con milicianos a finales de agosto de 1936: «Llevaba yo casi mes y medio sin estirar las piernas más que en el Campo del Moro, cuando después de comer lo hacía el presidente acompañado de algún amigo suyo o sus ayudantes, por lo que una de aquellas noches, no resistiendo más el encierro y el calor, me aproveché de que don Manuel se había retirado temprano a sus habitaciones y salí a la calle y me dirigí a pie al café Zahara, en la Gran Vía, donde se reunían mis amigos. Y allí estaba con ellos comentando los vaivenes de la guerra cuando apareció una de aquellas patrullas formadas por quienes todo lo querían menos acercarse a los frentes de lucha donde de verdad estaba el enemigo —moros y legionarios ya habían entrado en algunos barrios de la capital— para, en cambio, andar por las calles y los cafés pidiendo documentos de identidad, credenciales expedidas por los partidos políticos o los sindicatos, a todo el que encontraban o se reunía en aquellas tertulias. El atuendo de los llegados era, como se sabe, pañuelo rojo y negro al cuello más algunas prendas del equipo militar, fusil al hombro o pistola a la cintura, cuando no lo uno y lo otro al mismo tiempo; tratábase de afiliados o arrimados a una de las dos grandes sindicales que se disputaban el dominio del proletariado. Todos los presentes fueron mostrando sus carnets y papeles, y llegando a mí les dije, avalándolo aquellos contertulios, que yo era secretario particular del presidente de la República y no había tenido la precaución, al salir de palacio, de echarme al bolsillo alguna identificación. Se rieron porque no lo creían. Me pidieron ir con ellos a la calle donde estaban otros de su catadura, o vaya usted a saber a qué lugar y para qué querían que los acompañase, hasta que armándome yo de insensatez que no de valor accedí a lo que pedían. En la puerta del café tenían un viejo coche, desde luego que robado con el que vaya usted a saber cuántas fechorías habrían ya cometido, pues otro de sus quehaceres era irrumpir en los domicilios y después de saquearlos llevarse consigo a los desdichados que creían derechistas o carecían de esos papeles, carnet de afiliación política izquierdista, etc., donde comprobasen su adhesión al régimen que ellos querían hacer prevalecer en aquellos días. Sí, se los llevaban a lugares apartados y allí les daban un tiro en la nuca. No hubo manera de acabar con aquello en los primeros meses de guerra pues todo lo sano de que se disponía se empleaba en contener a los facciosos que estaban a las puertas de Madrid. Ya en el coche les dije que antes de ir a su comité nos pasáramos frente al palacio que estaba allí al lado para probarles que no había mentido. Hubo dudas y pareceres diversos pero al fin accedieron. Frente al portón y las garitas del palacio pedí a los centinelas que avisaran al oficial de guardia, el cual, al reconocerme, me saludó militarmente y atendió a mi deseo de abrir la puerta para que todos entráramos. Los “héroes de la retaguardia” se quedaron estupefactos y todo fueron disculpas. El teniente y yo decidimos que lo mejor que podíamos hacer era darles de cenar porque además de desvergüenza tenían hambre, siempre había allí víveres para la tropa que guardaba el palacio, y así se hizo, pero ¡quiá! Después de esto hubo que echarlos porque se empeñaban en quedarse a nuestro servicio.» [19]

Capítulo 10

Los paseos

 

 

Los que antes del 18 de julio eran simplemente adversarios políticos se convierten en enemigos de la noche a la mañana. La rebelión militar enciende la mecha de la revolución. Las actitudes irreconciliables de uno y otro bando se resuelven en una guerra civil. De un lado «el odio destilado lentamente durante años en el corazón de los desposeídos»; del otro, «el odio de los soberbios, poco dispuestos a soportar la insolencia de los humildes» (Azaña).

El odio de los soberbios. Esta expresión de Azaña me trae a la memoria un pasaje de las memorias de José Luis de Vilallonga: «Todavía recuerdo el día en que, un poco antes de la guerra, mi abuela dijo de pronto: “Siento un infinito desprecio hacia los pobres”. Y como todo el mundo se quedó con la boca abierta, explicó: “Sí, porque, ¿cuántos son ellos? Millones. Y los ricos ¿cuántos somos? Muy pocos. Pero aquí estamos desde hace siglos sin que a nadie se le ocurra hacernos nada”» [20] .

Los pobres amortizan el odio acumulado y los ricos responden con la misma moneda más el plus de prepotencia. Con la guerra comienza el terror, las detenciones y los asesinatos de cualquier persona significada del bando contrario. El mismo 18 de julio los milicianos asaltan el hospital Gómez Ulla, secuestran al general López Ochoa, que convalece de una operación, lo fusilan, castran el cadáver, lo desorejan, lo decapitan y pasean por las calles de Madrid la cabeza ensartada en el palo de una escoba. El general había participado en la represión de Asturias en 1934 [21] . Unas horas después fusilan al general Fanjul y al coronel Quintana, jefes de los sublevados en el cuartel de la Montaña. El Consejo de Guerra que juzga al general le concede una última voluntad: contraer matrimonio con una novia antigua.

El mismo día, en La Coruña, los rebeldes detienen al joven gobernador Francisco Pérez Carballo y a su mujer Juana Capdevilla. A él lo fusilan. Ella sufre un aborto en la cárcel. A los pocos días de liberarla, unos derechistas la detienen de nuevo, la violan y la asesinan.

Uno de los gobernadores franquistas de La Coruña, José María de Arellano, suprime la inscripción de Casares Quiroga en el registro civil de la ciudad, «porque el Registro Civil está constituido para seres humanos y no para alimañas».

Perseguir al adversario, acorralarlo, matarlo como si se tratara de una alimaña. Una orgía de sangre se extiende por España. Detenciones nocturnas por elementos de uno u otro bando acaban en decenas de cadáveres fusilados en las cunetas de las carreteras, en las bardas de los cementerios, en los descampados de las afueras. A eso se llama «dar el paseo».

Los militares rebeldes acusan de traición y fusilan, tras Consejo de Guerra sumarísimo, a sus compañeros fieles a la República y al gobierno legalmente constituido.

El líder socialista Indalecio Prieto clama contra los asesinatos perpetrados por sus correligionarios como venganza por los que se producen en la otra zona: «Oídme bien: ¡no los imitéis! ¡No los imitéis! Superadlos con vuestra conducta moral; superadlos en vuestra generosidad. Yo no os pido, conste, que perdáis vigor en la lucha, ardor en la pelea. Pido pechos duros para el combate… pechos de acero; pero corazones sensibles, capaces de estremecerse ante el dolor humano y de ser albergue de la piedad, tierno sentimiento sin el que se pierde lo más esencial de la grandeza humana».

Prieto predica en el desierto. En una espiral incontenible de violencia, cada bando hace todo lo posible por exterminar al contrario. En el territorio nacional se persigue y se asesina a los izquierdistas (intelectuales, políticos, alcaldes); en el republicano, a los derechistas (políticos, terratenientes, aristócratas, clérigos, militares fascistas). Se producen episodios escalofriantes propios de la peor España profunda.

En la cárcel Modelo de Madrid, uno de los presos le confía a un compañero de infortunio:

—Creo que estamos salvados. Ese miliciano al que he saludado era camarero de mi casino. Tiene que estarme agradecido por las buenas propinas que le daba.

Llega el momento de una «saca» y el miliciano camarero lo señala:

—A éste fusilarlo de los primeros.

Los milicianos arrastran al desdichado al paredón.

Cuando se marchan, el confidente del sentenciado comenta:

—Menos mal que yo no tengo enemigos, porque nunca le he hecho un favor a nadie.

En el bando opuesto, unos guardias conducen a un condenado, en la caja de una camioneta, de madrugada, a las bardas del cementerio donde lo van a fusilar. Uno de los del piquete comenta:

—¡Vaya frío que hace! Tengo helados los huesos.

—Sí que hace frío —asiente el condenado, intentando congraciarse con sus verdugos.

—¡Tú, quéjate, cacho cabrón! —le reprocha el guardia—. Tú por lo menos no tienes que volver.

Al padre del ilustre medievalista Julio Valdeón, maestro republicano con plaza en Aranjuez, donde colabora en las actividades culturales de la Casa del Pueblo, lo hieren y cae prisionero en el frente de Segovia en agosto de 1936. Un paisano suyo, de Olmedo, lo reconoce en el hospital y lo denuncia como «agitador y peligroso intelectual». El Consejo de Guerra lo condena a muerte por rebelión militar. Avisan a la familia para que compren el ataúd si quieren que se les devuelva el cadáver. Lo fusilan el 11 de septiembre de 1936. El suegro del fusilado, Pío, alcalde de su pueblo por Izquierda Republicana, sigue su misma suerte. De madrugada, se presenta en su casa un grupo de derechistas algo bebidos y se llevan a su esposa, Victorina, a su hija, Concepción, y al marido de ésta, Bonifacio. Uno de los componentes del piquete pretendió años antes a Concepción y fue rechazado por la joven. Ahora, la viola en presencia del marido. Después fusilan a los tres detenidos.

Un mes después de la muerte de Julio Valdeón, el padre de otro ilustre historiador, Ricardo de la Cierva y Codorniu, militante de la derechista Acción Española, abogado y diputado a Cortes, corre la misma terrible suerte. Lo detienen en Barajas cuando está a punto de tomar un avión y lo internan en la cárcel Modelo. El 7 de noviembre, ante los insistentes rumores de «sacas» y fusilamientos, el diplomático de la embajada noruega, Félix Schlayer, se persona en la prisión para interesarse por Ricardo de la Cierva. A Schlayer lo marean enviándolo de un negociado a otro y en todos le aseguran que el prisionero está bien y es tratado correctamente. En realidad lo han fusilado por la mañana en Paracuellos, junto a otros ochocientos presos de la Modelo.

«Durante los primeros meses de la guerra —le cuenta a su hijo el filósofo Julián Marías, que vivió la guerra en Madrid— uno veía detenciones por doquier, a empellones y a culatazos a veces, o cacerías en las casas, sacaban y se llevaban a las familias enteras y a quienes estuvieran allí de visita, podía uno cruzarse con una persecución o un tiroteo en la esquina menos pensada, y oía de noche las descargas de los fusilamientos en las afueras, los llamados paseos, o disparos secos y
aislados, de los pacos en las azoteas al atardecer o muy de mañana, sobre todo en los primeros días (los francotiradores, ya sabes), o si sonaban de madrugada eran tiros a quemarropa en la sien o en la nuca, junto a las cunetas o no siempre allí, a veces hasta lo veía uno si tenía muy mala pata, veía saltar los sesos de alguien arrodillado, no es metafórico, o salir masa encefálica. Lo mejor era seguir, no mirar, alejarse rápido, no podía uno hacer nada. (…) Lo mismo en las dos zonas: en la nuestra se le puso algo de coto a eso más tarde, aunque no el suficiente; en la otra, apenas ninguno durante los tres años de la guerra, ni tampoco luego, con el enemigo ya vencido.» [22]

 

[19]
Santos Martínez Saura, Memorias del secretario de Azaña, Planeta, Barcelona, 1999, pp. 425-426.

[20]
José Luis de Vilallonga, Memorias no autorizadas. La cruda y tierna verdad, Plaza y Janés, Barcelona, 2001, p. 354.

[21]
Jesús Martínez Tessier, Soldado de poca fortuna, Aguilar, Madrid, 2001, p. 31.

[22]
Javier, Marías, Tu rostro mañana, Alfaguara, Madrid, 2004, pp. 297-300.


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