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Respeto sus ideas, pero no las comparto

Publicado el 29 de enero de 2022, 23:07

Quien no haya soltado alguna vez este tópico, que levante la mano. He aquí una sobada fórmula de urbanidad que puede dejarnos ufanos de nuestro grado de civilización, pero que nos engaña sin remedio. Con semejante cortesía pretendemos dar una muestra de tolerancia hacia las opiniones de nuestro antagonista, venimos a conceder graciosamente que no nos echaremos al cuello de quien discrepa de nuestros puntos de vista. Pero, las más de las veces, todo ello sirve para dispensarnos del esfuerzo del estudio y del debate. So pretexto de no molestar a nuestro interlocutor, nos evitamos el riesgo de vernos replicados y contradichos.

1. ¿Hará falta añadir que me refiero en especial a las ideas prácticas y no a las teóricas? Aclaremos que las ideas teóricas tratan de lo que necesariamente es, lo que por ello se expresa en una ley y se mide en fórmulas exactas; mientras que las prácticas tratan de lo que puede ser de acuerdo con los criterios de valor y elecciones que hacemos los seres libres. Si las primeras se limitan a las cosas que son (como los fenómenos físicos), las segundas —las únicas que aquí nos interesan— se dirigen a lo que debe ser: es decir, a nuestra perfectible conducta individual y colectiva. Cosa distinta sucede si nos limitamos a expresar una preferencia individual que se vincula tan sólo al sentimiento personal, que tiende a encerrarnos en nuestra propia experiencia o en nuestras manías. Y nada digamos de la fe o la creencia que, por suponerse irracionalmente instaladas en la Verdad, han cerrado a cal y canto las vías dialogales hacia el acuerdo. Frente a la pura impresión y la creencia de cada cual, que nos encastillan, la idea nos pone en comunicación con todos. De ahí que la mayor traición a las ideas sea considerarlas, por presunto respeto, asunto privado e intocable. Pues el caso es que, habitando en todos la misma razón, las ideas son la cosa más común y pública que existe. Contra lo que proclama el petulante, nadie es dueño de pensar lo que se le antoje. Lo que de veras quieren las ideas (al margen de lo que queramos nosotros hacer con ellas) es ponerse a prueba, exponerse a ser rebatidas o confirmadas. Como tales, querámoslo o no, las ideas tienen pretensiones de universalidad. Ahí radica la gracia del lenguaje: en que, si nos sometemos a las leyes de la palabra, pronto tendremos que ver con la verdad o la falsedad. Por eso la vida de las ideas, en su afán imparable por valer para todos, consiste en un andar a la greña entre sí. Preservándolas de su enfrentamiento recíproco, tal vez logremos mantener nuestra idea incontestada, pero a costa de que degenere en un dogma.
Pero, como nadie está en posesión de la verdad práctica —puntualiza solemnemente el respetuoso—, toda teoría será igual de respetable… Déjenme contestar que no hay mayor asnada dicha con mejor conciencia. Mal que nos pese, las ideas cuentan con su propia jerarquía y su valor no se deja medir por nuestro particular rasero. De manera que el único respeto debido a las ideas reside en su inocultable poder de convicción y, para prestarles ese respeto merecido, hay que perderles todos los demás respetos convencionales. «Pero es que yo no discuto con quien no respeta mis ideas, es decir, con quien encima quiere tener razón». No diga tonterías, hombre de Dios. Usted como yo, si nos intercambiamos ideas, suele ser en la confianza de que la razón está más bien de nuestra parte e inevitablemente deseamos (mejor dicho, la razón desea por nosotros) que los demás la reconozcan y hagan suya. De lo contrario, nos callaríamos o limitaríamos nuestra actividad verbal a vociferar órdenes, susurrar sentimientos o proferir intelecciones.

2. No nos confundamos, pues. A quien hay que respetar es al individuo, y con demasiada frecuencia a pesar de sus ideas. Las más de las veces deberíamos advertir: «Le respeto a usted porque su dignidad de ser humano está afortunadamente por encima de sus ideas, pero que conste que las suyas son ideas de bombero». El otro merece desde luego respeto precisamente como un ser capaz de engendrar y emitir ideas, pero no por la majadería que acaba de soltar. Y el mejor modo de respetarle —de hacerle el caso debido como ser razonable— es combatiendo sus ideas cuando nos parecen erróneas.
En último término, si asumimos su naturaleza de guías para la acción, será un deber combatir tales ideas cuando sospechamos con fundamento que pueden emponzoñar o quebrar la vida de la propia comunidad. Pero es que las ideas no delinquen, saldrá al paso esta vez el jurista. Esa tesis vale, y no siempre, en el estrecho ámbito penal; vale mucho menos en su sentido moral. Con mayor sostén en éste que en aquél, algunas ideas delinquen cada vez que en determinadas circunstancias de tiempo y lugar animan a delinquir o justifican el delito. Cuando se le preguntó al exnazi Kurt Waldheim si había leído Mein Kampf de Hitler, el austríaco que fuera después secretario general de la ONU esbozó esta respuesta: «Quizá debería haberlo leído. Tal vez hubiera comprendido mejor: hay quien dice que todo estaba allí». Varios de los más prestigiosos filósofos alemanes de la época reconocieron más tarde haber subestimado al futuro Führer, ahorrarse la lectura de su libro y quedar así desarmados de ideas críticas frente al horror que ese mismo libro ya anunciaba.
¿Me permitirán entonces una recomendación? Por respeto hacia nosotros mismos y hacia los otros, seamos irrespetuosos primero con nuestras propias ideas y después con las ajenas. Al fin y al cabo, tomarlas en serio significa ante todo estar siempre dispuestos por buenas razones a cambiarlas por ideas mejores.


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