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Seamos tolerantes

Publicado el 8 de febrero de 2022, 21:54

La tolerancia es la virtud —central en sociedades plurales como la nuestra— por la que nos abstenemos de impedir o entorpecer la manifestación de creencias o conductas que nos disgustan y nos resultan objetables. Tenemos razones contra lo tolerado y alguna capacidad para no soportarlo, pero contamos también con otras razones de índole superior (epistémicas, políticas y finalmente morales) que nos obligan a aceptar el derecho del otro a vivir conforme a su costumbre o a expresar una opinión que íntimamente rechazamos. Claro que no hay tolerancia sin límites y no cabe tolerar al intolerante, es decir, a quien niega el respeto que todos nos debemos. Siendo una actitud de entraña moral, sus servicios más conspicuos la consagran como virtud civil; hoy, más aún, como la virtud democrática por antonomasia.

 

1. Debemos tolerar, desde luego, pero para muchos tal es el primer y con frecuencia el único mandamiento de nuestros días, en el que se resumen toda la ley democrática y sus profetas.

Y así como nadie duda de la perversidad de la intolerancia, lo que pasa más inadvertido es la malicia de esa falsa tolerancia que ha recibido los epítetos de pura, negativa o insensata. Digamos que su sujeto carece de convicciones propias en grado bastante como para enfrentarlas a cualesquiera otras, y entonces su aparente tolerancia se confunde con la pura indiferencia o con el cálculo prudencial. O le faltan buenas o suficientes razones para tolerar, y en tal caso aquella actitud procede de una ignorancia más o menos culpable. O, en fin, arraiga en la flaqueza de voluntad, de suerte que su transigencia obedece más bien a una real dejadez y cobardía. Hay un sentido al menos en que lo más «intolerable» en nuestras sociedades democráticas reside en esta boba tolerancia. Sencillamente porque no puede haber enemigo mayor de una tolerancia verdadera que la incapacidad de discernir entre esa verdadera y la falsa; o sea, entre lo que debe tolerarse y lo que no.
Si la llamo falsa, es porque lo mismo tiende a rebasar sus límites inferiores y a tolerar así lo intolerable, como a abortar todo intento de sobrepasar los superiores. Según el primero de esos rasgos, es una actitud incongruente consigo misma; o vacía, pues, si tanto tolera, pronto nada tendrá que tolerar; o confortable, porque poco deberá resistir y soportar. De acuerdo con el segundo rasgo, estaría obligada a censurar cualquier convicción que perturbe la epojé en que se recrea. La genuina tolerancia tolera sin renunciar a la búsqueda de la verdad o del bien más apropiados. La falsa, por el contrario, que quiere instalarse en la conciencia común con carácter definitivo, abandona de antemano todo cuestionarse y acaba comulgando sin más con lo tolerado.

 

2. La buena tolerancia ha de ser norma en nuestras relaciones sociales. Lo peligroso es que aquélla se falsee y, de ser la acogida privada y pública del diferente, se transmute en consagración satisfecha del «normal» y en persecución oculta o declarada del que disuena por su excelencia.
Enseguida se observará que esa engañosa tolerancia está reñida a muerte con la admiración, pero que la verdadera más bien la presupone. La satisfecha tolerancia se opone a la admiración porque, cuando se tolera todo, es que nada se admira. Si bueno por antonomasia es quien tolera, mejores no pueden seguramente ser ni el héroe, ni el santo, ni el genio ni el sabio: a poco que les examinemos, todos ellos representan en grado sobresaliente otras tantas figuras de una intolerancia que los demás rechazan porque les condena. De ahí que, mientras la divisa del admirador sería «nada es suficiente», la del tolerante resucita el viejo lema presocrático del «nada en demasía». A sus ojos el mal se esconde siempre en el exceso, incluso el del bien, porque todo exceso —menos el de la tolerancia misma— se le antoja un defecto.
Pero esta tolerancia de anchas espaldas se delata asimismo en su llamativa carencia de indignación moral. Cierto que estos últimos meses hemos sido testigos expectantes de un desbordamiento de indignación en algunas plazas de nuestro país y de otros, —ojalá me equivoque— me temo que todavía son muchos más los bobos tolerantes que los justamente «indignados». El tolerante de moda no está presto a ofenderse; tolera en la medida en que no se indigna. Y es que la indignación, un afecto que acompaña a la justicia, goza de un menguado prestigio que la sitúa muy próxima a la intolerancia. Su gesto apasionado es ya bastante para condenarla y reprimirla como señal de mal gusto o desmesura. Si la tolerancia está hoy reñida con la indignación, se debe a que para aquélla lo inicuo ya no existe o no le conmueve lo suficiente. Al tolerante bobo le falta órgano para el escándalo moral. Si hemos convenido en que al otro le asiste la razón o el derecho a disentir en lo que guste, ¿por qué molestarse con lo que pudiera decir o hacer? Si se consiente el mal, será porque ya no se cultiva una idea lo bastante nítida del bien y menos aún de lo excelente. Lo que vale tanto como decir que a la trivialización del uno le sigue como su sombra la trivialización del otro.
Lo cierto es que de ella no emana el compromiso con ninguna causa en particular, salvo con la de la tolerancia misma: se diría que el tolerante se atiene al firme compromiso de no comprometerse. Como la tolerancia viene con ocasión de la variedad de culturas y creencias, y para prevenir su probable conflicto, el más tonto piensa que hay que recelar del acuerdo y alentar como meta la diversidad. No hace falta tampoco formar la voluntad del sujeto en los criterios y motivos de su elección moral, sencillamente porque ya no tiene que arriesgarse a elegir. La tolerancia debida mantiene un doloroso forcejeo interior entre las propias convicciones y la respetuosa deferencia hacia las ajenas. Esa otra torpe tolerancia protege a su sujeto de cualquier tensión moral, porque comienza por privarle de toda certidumbre salvo la de que conviene tolerar.

 

3. Ésa es la tolerancia espuria que cultiva una democracia en la que todo es negociable, porque entonces todo es igual de tolerable. La misma que impregna la instrucción en simples «destrezas» y «habilidades» para el mercado a la que apuntan los proyectos educativos de estos tiempos. Cada una de las materias académicas que pudiera suscitar en el alumno los conflictos acerca de la vida buena está de más para una educación que se quiere tolerante. Su fruto inmediato es la tolerancia por ignorancia. Aquel que «desprecia cuanto
ignora», hoy más bien tolera lo mucho que desconoce y desconoce cuanto (¡ycuánto!) tolera. Lo que de antemano se está dispuesto a consentir ya no tiene por qué sorprender, ya no debe suscitar ninguna curiosidad intelectual ni la menor inquietud moral.
En una sociedad así el ideal de un acuerdo racional progresivo es desplazado por el de una tolerancia hacia todos los puntos de vista. O, lo que es igual, rige la consigna de respetar todo aquello de lo que se discrepa hasta el punto de eximirlo de la discusión. La neutralidad, que ciertamente conviene al Estado democrático para organizar la pluralidad de opciones de sus ciudadanos, se consagra como la actitud más propia del ciudadano. El laissezfaire impregna nuestra atmósfera cotidiana y, desde ella, toda firmeza moral o política merecerá enseguida el sambenito de intransigente. Se ha pasado del fanatismo de la fe de unos pocos al fanatismo de la descreencia de los más y, por miedo a incurrir en un dogmatismo intolerante, se practica el dogmatismo de la tolerancia: quien discrimina, simplemente porque comienza por distinguir, ya está a punto de convertirse en intolerante.
Al final, hasta una autoridad pública que desee pasar por tolerante llega hoy a excusarse de ejercer su cargo declarando que no me gustan las prohibiciones. Que nadie le pregunte en qué se fundará entonces para perseguir la violencia o cómo se las arreglará para garantizar el respeto de los derechos sin prohibir lo contrario de lo que la ley ordena. Semejante negativa a blandir la espada pública tendrá que asentarse en la beatífica certeza de que el ser humano sólo funciona por alientos y estímulos, nunca por temor. Arropado en aquel insensato «prohibido prohibir» del año 1968 parisino, el tolerante que señalo se dejaría robar la cartera antes que prohibir el robo y permitiría matar antes que reprimir el asesinato.
Desesperar por tolerancia de aproximarse a algún ideal del bien; invocar esa tolerancia para descreer antes de haber adquirido la menor creencia o, so capa de depurar todo prejuicio, con vistas a librarnos de la responsabilidad de juzgar y actuar en consecuencia…, encierran un propósito suicida de permanecer en el vacío moral. Con esa tolerancia, sobra decirlo, hay que ser del todo intolerante.


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