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VII TEORÍA PURA DE LA DEMOCRACIA / LIBERTAD DE ACCIÓN

Publicado el 5 de febrero de 2022, 21:34

Una vez descubierta, la solución democrática parece sencilla. Pero si lo pensamos bien caeremos en la cuenta de que no lo es. Para encontrarla era necesaria la previa transformación de la libertad de acción de los individuos en otra clase de libertad moral, diferente y compatible con la libertad de acción del Estado. Las demás formas de gobierno se ven obligadas a suprimir la libertad de los gobernados, en aras de la libertad del Estado. La democracia puede evitar esta necesidad de represión de la libertad civil gracias a su transformación institucional, a su superación en otra especie de libertad: la libertad política.

Si tuviera que sintetizar la teoría pura de la democracia en una sola frase, en un solo pensamiento, me atrevería a decir que es la explicación del método social que, en una situación de falta de autoridad o crisis de la libertad de acción tradicional del Estado, recupera la libertad de acción de la sociedad hacia el Estado para transformarla en libertad política, con el fin de armonizarla con la acción del Estado hacia la sociedad. La teoría de la democracia es la teoría de la libertad política. Donde no hay democracia, aunque existan libertades públicas, no puede haber libertad política. Donde hay libertad política, por interventor que sea el Estado, no deja de haber democracia. La libertad política individual, no la libertad individual, es el átomo social de la democracia. La libertad política colectiva es causa original y fin permanente de la democracia.

La confusión ideológica sobre la libertad es de tal envergadura que casi todo el mundo educado en la tradición liberal, pensará que para ese corto viaje que lleva a identificar la libertad política con la democracia no se necesitaban las alforjas de una nueva teoría. Para sacarlos de ese inmenso error, y fundamentar la teoría democrática en el presupuesto liberal, hay que tratar previamente de las libertades, de las clases de libertad que la civilización ha ido descubriendo, antes de llegar a la libertad política, fundadora y constitutiva de la democracia.

Se comprende que la filosofía moral, enamorada de las libertades civiles en épocas de servidumbre, únicas formas de libertad que podía concebir, no pudiera descubrir el auténtico sentido de la democracia en la transformación perdurable de la libertad de acción en libertad política. Toda clase de libertad frente a un Estado absoluto parece, aunque no lo sea, libertad política.

Basada en la libertad de conciencia, la libertad de acción de los protestantes contra el absolutismo católico fundó el sistema representativo. Pero ni esto era la democracia, ni la libertad religiosa era la libertad política. Y aunque lo pareció durante mucho tiempo, tampoco era política la libertad de la sociedad para hacerse representar ante el Estado monárquico y estamental por un Parlamento judicial o legislativo.

Los Estados se hacen totalitarios, como en la Unión Soviética, cuando su libertad de acción hacia dentro, el agere ad íntra de su soberanía, suplanta no sólo a la libertad política de los gobernados, sino incluso a las libertades civiles tradicionales de la población. Donde subsiste un Código Civil no hay ni puede haber Estado totalitario. Napoleón es un ejemplo fulgurante de libertad civil y dictadura política. Esta observación elemental se le escapó al «pensamiento sin barreras» de Hannah Arendt, cuando identificó, dentro del totalitarismo, sistemas iguales en crueldad y autoritarismo, pero tan distintos en alcance de la acción estatal, como los de Hitler y Stalin.

Lo que ha sucedido en los países del Este, al término de la libertad de acción totalitaria del Estado, ha demostrado lo que algunos veníamos afirmando, mucho antes de la caída del muro de Berlín, respecto a la falsedad de las tesis de Tocqueville sobre la democracia. Nunca se había dado una igualdad de condiciones en el Estado social como la existente en esos países. Y, sin embargo, la libertad no ha hecho nacer en ellos a la democracia.

Lo interesante de esta nueva experiencia histórica está en la demostración empírica de que el presupuesto o base social de la teoría pura de la democracia no debe fijarse tanto en la pasión de la igualdad como en la pasión de la libertad de acción, que puede transformarse en libertad política cuando incide en una sociedad estructurada por las libertades civiles del mercado.

Por esto es necesario aclarar las diferentes clases de libertad. Y en especial la libertad de acción del Estado hacia dentro y la libertad política de los ciudadanos hacia el Estado. Así se hará evidente la simplicidad elemental de que la libertad de acción, como hecho, es el presupuesto de la democracia, mientras que la libertad política, como derecho, es su requisito constituyente.

 

LIBERTAD DE ACCIÓN

 

Estamos tan acostumbrados a vivir ensimismados en las esferas familiares y profesionales, donde se agotan nuestras inquietudes y sentimientos, que la libertad política, como lo advirtió Marat, incluso en tiempos de revolución parece un asunto extraño a las personas corrientes, y solamente propio de las que se afanan en pos del poder o la gloria para reinar o brillar sobre el común.

La única clase de libertad que de verdad importa a la gente es la que permiten las leyes civiles y no castigan las penales. Como si la vida personal de todos no estuviera condicionada, y en gran parte determinada, por la vida del Estado; y la política fuera una baja pasión de los pueblos pobres y atrasados a causa de su fanatismo. Esa mayoria social sólo pide (no se sabe a quién) y espera (no se sabe por qué) que la dejen vacar a sus ocupaciones y trabajar en paz. Aunque estos anhelos y esperanzas sean producto gratuito de una vaga ilusión, en justicia no deberíamos reprochárselo. Las malas experiencias políticas y las ideologías liberales les han inculcado a las masas la idea de que los asuntos públicos, salvo el acto de votar, no son sus asuntos. A medida que la sociedad se desarrolla y se hace más compleja y plural en sus relaciones sociales, se va haciendo menos visible y acuciante el lazo comunitario entre sus miembros. Y a no ser que la necesidad de hacer frente a un peligro común e inmediato lo recuerde, a nadie se le ocurre pensar que ese lazo existe y que de vez en cuando requiere ser apretado.

Si el peligro viene de otro Estado, o de la Naturaleza, todos concentran sus miradas en la causa visible del riesgo para poder eliminarla con un movimiento de solidaridad instintiva. A esta acción colectiva la impulsa un tipo de libertad sentimental que es anterior y superior a la capacidad de acción de las demás libertades.

Pero si la amenaza proviene de causas internas a la comunidad nacional, la libertad de acción necesita de la libertad de pensamiento y de la conciencia política para ponerse en marcha. Todos pueden ver los efectos desagradables de la degeneración de la moral colectiva; de los crímenes y robos de los gobernantes; de la falta de seguridad en los ciudadanos; de la carencia de perspectivas profesionales y laborales; del deterioro del medio ambiente natural y cultural; del desprestigio de las autoridades; y, en fin, del claro desgobierno de la nación. Pero la complejidad de la situación y el miedo a los cambios políticos dividen las opiniones sobre la causa de la crisis y el modo de superarla.

Unos, los más ilusos, piensan que la culpa de todo la tiene el gobierno, y proponen como remedio un cambio de personas en el ejecutivo. Otros, los hombres del Estado y en el Estado, como si no tuvieran ambición de permanecer en el poder que los corrompe, echan la culpa a conspiraciones fantásticas de otras ambiciones, y ponen su esperanza en el imperio de la ley que los ha hecho emperadores. Otras mentes con mayor perspicacia consideran que la causa de la crisis está en el abuso permanente del poder en las instituciones de gobierno, pero al no percatarse de que esto requiere el concurso de unas instituciones que se dejen abusar, sólo pueden echar sermones regeneracionistas de color de rosa, como salvavidas espirituales en una marea negra.

La misión de esos discursos es la misma, sea cual sea el régimen a que se refieren: impedir que la libertad de acción pase a manos de los sujetos y pueda dar la iniciativa a los gobernados. Para desarrollar esos tres discursos hay que hablar sin pensar. El político es un animal locuaz que ha creado ese «arte fluido y untuoso de hablar sin razonar», que Cordelia no tenía. Asociarse para hablar de los mismos prejuicios atrae a todo el mundo; para liberarse de ellos y actuar, a casi nadie.


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