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Capítulo X (309-324)

Publicado el 12 de febrero de 2022, 22:13

—Tenías tú razón —dijo uno de ellos—, los hombres de Herodes Antipas nos seguían la pista. Cuando nos separamos, seguimos caminando hacia el sur. Juan quería llegar a Enón porque sabía que el agua allí era ya abundante y que mucha gente le esperaba para ser bautizada, pero a la mañana siguiente los soldados nos alcanzaron y le prendieron. Le buscaban solo a él y, pese a que gritamos que queríamos compartir su misma suerte, no nos hicieron ningún caso. Pero el mismo Juan nos dijo que nos fuéramos, que divulgáramos la noticia de su captura y sobre todo que te avisáramos a ti. «Vosotros», nos dijo, «podréis ayudarme solo si estáis libres, y Jesús el Nazareo, aunque nuestras ideas no sean totalmente coincidentes, podrá continuar mi labor. Él es más fuerte que yo, y no os bautizará con agua sino con el fuego del cielo».

La gente murmuraba a su alrededor. Juan era ya conocido en toda Palestina, y solo aquellos que pertenecían a las clases altas no le querían: los ricos porque les invitaba a despojarse de sus riquezas, los sacerdotes y los doctores de la Ley porque temían que sus continuas referencias a los profetas y sus anuncios mesiánicos causasen turbulencias. Ni siquiera ellos, sin embargo, conociendo su popularidad, osaban hablar contra él.

—Pero ¿qué ha hecho? —gritaba la gente—. ¿De qué se le acusa?

—De instigación —respondieron los discípulos del Bautista—. El comandante de los soldados dijo que Juan azuza los ánimos para la revuelta contra el tetrarca.

—¡Mentira! ¡Mentira!

Gritaban todos, incluso los hombres y las mujeres que también habían salido de la sinagoga y se habían unido a la multitud.

—¡Es por Herodíades! —gritó uno de ellos.

—¡Es cierto, es cierto! —dijeron todos—. Es porque Juan ha condenado su unión incestuosa. ¡He aquí por qué le han prendido!

Una vez más la antigua ciudad de Jericó se había llenado de gritos y de furor, pero esta vez los que se sentían sostenidos por el apoyo divino eran sus habitantes. Esta vez el enemigo de Dios estaba en el exterior, y asediaba a Jericó y a toda Judea con la fuerza del sacrilegio y de la prepotencia. Muchos hubieran querido armarse, perseguir a los soldados y liberar a Juan el Nazareo, que ciertamente era el profeta Elías, que finalmente había vuelto para anunciar al Mesías, y que quizás era el Mesías mismo.

—¿Dónde está? —gritaban—. ¿Adónde le han llevado?

—A Maqueronte —dijeron sus discípulos tristemente, y en la plaza de la sinagoga se hizo un gran silencio.

La fortaleza de Maqueronte, que defendía las fronteras meridionales de Perea de los nabateos, era uno de los baluartes del sistema defensivo del país. El lugar mismo en el que se encontraba —sobre una terraza de casi cuatro estadios de alto, por cuyos lados discurrían profundos cursos de agua— la hacía casi inexpugnable, y aunque casi un siglo antes el cónsul Aulo Gabinio había podido rendirla, las murallas de que la había dotado Herodes el Grande, al reconstruirla, eran de muy distinta mole. En efecto, protegían el edificio, que se encontraba en la parte más alta de la meseta, cuatro inmensas torres, y más abajo se hallaba el centro habitado, protegido asimismo por una muralla torreada. No obstante, no se trataba solo de una tosca fortaleza, sino también de un lujoso palacio embellecido con columnas jónicas y dóricas, con mosaicos y frescos, y provisto de espléndidas termas. En él, Herodes Antipas gustaba pasar largos períodos con su corte.

Insegura sobre qué hacer, la gente se dirigía a Jesús como si de repente hubiera reconocido en él a un guía. Pero el Nazareo la miraba sin responder a sus preguntas. Finalmente, se dirigió a los discípulos de Juan, y dijo:

—Ahora que habéis dado la noticia, debéis volver junto a mi primo porque tendrá necesidad de vosotros y porque así podrá hacernos llegar otras noticias.

Aquellos se disponían ya a partir, excepto algunos que habían decidido quedarse con Jesús, pero un grito surgió de entre la multitud:

—Pero ¿cómo?, ¿dejamos que Herodes encarcele a un inocente y no hacemos nada por liberarle?

Jesús miró directamente a los ojos al hombre que había hablado.

—Tú —dijo—, ¿crees que amas a Juan más que yo?

El otro se encogió de hombros.

—No he dicho tal cosa —respondió —, pero no me parece justo quedarnos de brazos cruzados.

—Nosotros —replicó Jesús— seguiremos estando como Juan hubiera querido que nos quedásemos: activos en la aplicación de la Ley, activos en el bien, activos en llevar la palabra también a quien no quiere escuchar. Esta es la única batalla que debemos librar, y esta misma batalla librará Juan, en persona, en Maqueronte, permaneciendo activo incluso en prisión y tratando de llegar al corazón y a la mente de Herodes y Herodíades.

Los hombres callaban, no convencidos del todo, pero las mujeres, que habían temido verles partir para una empresa desesperada sin retorno, les decían que el Galileo tenía razón. Es verdad que empleaba un tono conciliador muy distinto al de Juan el Bautista, quien solía en cambio llamar raza de víboras a todo el que no aceptaba su forma de pensar, y esta tolerancia parecía, de entrada, un tanto extraña, ineficaz. Pero aquel día había demostrado al menos por dos veces que era un hombre prudente, capaz de desempeñar no menos bien la tarea que hasta entonces había desempeñado su primo.

—Vamos, vamos, vuelve a casa — dijo la mujer a Cares—, ¿es que ya no te acuerdas de que tienes que llevar a los animales al abrevadero?

De modo que, pese a lo triste de la situación, consiguió arrancar una sonrisa a todos.

La multitud se disolvió. Las familias se encaminaron hacia sus casas, recogiendo los mantones de oración y comentando todo lo sucedido aquella mañana. Y también Jesús y los suyos retomaron el camino. Se trataba ya de un grupo numeroso, porque también algunos jóvenes de Jericó habían decidido unirse a ellos, y ahora, de camino, hacían preguntas a los mayores en edad para que les contasen cosas del Nazareo, y de lo que había hecho hasta entonces, y qué planes tenía. Cierto que era pariente de Juan el Bautista, pero al parecer no estaban muy de acuerdo en todo. ¿Qué pensaba Jesús de los saduceos? ¿Y de los fariseos? ¿Era amigo de los zelotas? ¿Era favorable o contrario a una revuelta contra los romanos?

En cabeza del grupo, apoyándose rítmicamente en el largo cayado, Jesús continuaba con su paso ligero, pero cabizbajo, pensativo y triste. Tenía pocas esperanzas de volver a ver a Juan vivo, porque el gran entusiasmo que este había despertado entre la gente corriente le hacía peligroso a los ojos de las autoridades, y le volvía, con el corazón encogido, el recuerdo de aquel adolescente de Hebrón que ya había hecho el voto de nazareo y que veía, en los duros horizontes del desierto de Judea, una promesa de pureza y de santidad.

Apartó de su mente aquellos pensamientos. Ahora Juan estaba encerrado en Maqueronte, y él, Jesús, debía asumir las tareas de ambos. Se volvió hacia Andrés, que caminaba a su lado, y le dijo:

—Pensábamos en enseñar solo en las sinagogas, Andrés, pero nos equivocábamos. Seguiremos el ejemplo de Juan, y hablaremos a la gente cada día y en cada lugar. En las Casas de la Asamblea, por supuesto, pero también al aire libre: a lo largo del Jordán, por las calles, en las plazas, y no solo a los hombres, sino también a las mujeres y a los niños; no solo a quien vive de acuerdo a la Ley, sino también a los publicanos, que de hecho la han repudiado, y también a quien no la ha aceptado o conocido nunca.

Se detuvo, y una luz de entusiasmo le brillaba en los ojos mientras hablaba a todo el grupo que, en aquel breve alto, se había unido en torno a él.

—Hemos de ser más —dijo—, muchos más. Hemos de ser decenas, cientos, e ir por todas las ciudades y todo el país. Comenzaremos por nuestra tierra, por Galilea, por aquellos que ya nos conocen y que por ello nos escuchan, pero pronto será así en todas partes: en Samaria, en Perea, en toda Judea y en la misma Jerusalén.

Le habían escuchado lanzando gritos de entusiasmo, pero al oír aquel nombre, Jerusalén, se hizo un gran silencio. Todos los jóvenes miraban al hombre que casi les doblaba en años, pero parecía que las características de la edad se hubieran invertido: ellos eran los inseguros y él el entusiasta, ellos los prudentes y él el temerario, ellos los ignavos y él el idealista.

Jesús hizo un gesto en el que se mezclaban el dolor y una punta de rabia, y retomó la marcha a lo largo del camino polvoriento que llevaba a la lejana Galilea, con solo Andrés al lado. Muy pronto, sin embargo, los otros jóvenes le persiguieron rogándole que les perdonara, asegurando que irían con él adonde fuese.

—Debes comprenderles —le dijo Andrés—. Es en Jerusalén donde están los más poderosos, que ciertamente serán nuestros más poderosos enemigos. Conquistar Jerusalén es más difícil y más peligroso que tomar Maqueronte, es lógico que tengan miedo.

Sin detenerse, sin mirarlo siquiera, Jesús dijo:

—¿Y tú crees, Andrés, que yo no tengo miedo?


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