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Jesús Hernández / Otros casos / Y una pregunta a María Eugenia Yagüe / Preparación del asesinato de Modesto y Líster

Publicado el 4 de marzo de 2022, 2:25

En 1975, me relató G. cómo en diciembre de 1946 recibió de Carrillo y Antón la orden que le comunicaban en nombre de «la dirección» de salir para Méjico y organizar allí la ejecución de Jesús Hernández.

Le dieron, además del billete de avión hasta Caracas, vía Río de Janeiro, 5000 dólares. Llegó normalmente a Caracas, pero allí no pudo conseguir el visado para Méjico. Entonces hizo venir a Caracas a Felipe M. Arconada, responsable de la organización del PC en Méjico. Con éste planeó la liquidación de Hernández y le dio los nombres de los miembros del Partido que la «dirección» había designado para cumplir la misión.

Partió Felipe para Méjico, pero no pudo, o no quiso, conseguir el visado para G. ni que los designados para cumplir la misión la aceptaran. G. comunicó todo esto a París y recibió la orden de regresar, llegando en abril de 1947.

 

Otros casos

 

Me contó también G. cómo en 1950 fue liquidado un camarada del aparato de Carrillo conocido por Lino. Fue enterrado en una villa cerca de Saint-Germain-en-Laye. El trabajo de albañilería lo realizó el mismo G.

Por esa época Carrillo hizo liquidar a otro miembro de su aparato, guía de pasos entre Francia y España y conocido por José el Valenciano.

José San José (Juanchu), de Portugalete. De la JC antes de la guerra. Estuvo en la Escuela del Partido en Méjico. Enviado a España por el Partido en 1944. Carrillo le preparó el proceso y lo hizo liquidar en la frontera.

¿Y cómo murió el Manco, y su grupo de la Agrupación Guerrillera de Levante?

 

Y una pregunta a María Eugenia Yagüe

 

En marzo de 1977, al leer una biografía de Carrillo hecha por María Eugenia Yagüe, publiqué en Mundo Obrero —rojo— una carta dirigida a esta señora y en la que, entre otras cosas, decía:

Escribe usted (p. 37), refiriéndose a la salida de Carrillo de España en 1939: «Detrás quedaban su mujer y su hija. Se habían casado en 1936, cuando los dos tenían 20 años. El Partido no le dejó volver a buscarlas, era un riesgo imposible de correr. ¡Qué ejemplo de firmeza política! Obedecer la orden del Partido de no exponer su preciosa vida por salvar a su mujer y a su hija». La falla de tan enternecedora y dramática prosa estriba en no compaginar con la realidad… Su mujer y su hija salieron de España con él —como salieron con Mije y Giorla las suyas—, y el día 11 de febrero de 1939 yo me encontré con todos ellos, más Antón, principescamente instalados en el hotel Regina de Toulouse.

Y un poco más adelante (p. 49), prosigue usted el dramatismo: «La primera mujer de Santiago Carrillo había conseguido salir de España, pero hacia un campo de concentración francés. Su hija muere a consecuencia de tantas vicisitudes y miserias. La madre puede por fin llegar a la Unión Soviética, donde vive en la actualidad con el sistema nervioso destrozado y su estado físico lamentable».

Perdone, señora Yagüe, ¿Carrillo le ha hecho ese relato, o se lo ha imaginado usted? Los hechos son muy diferentes. He aquí los puntos principales, pues los detalles los encontrará usted en la segunda parte de mis memorias.

La esposa y la hija de Carrillo salen con él de España el 8 de febrero de 1939. Se van juntos a la Unión Soviética, donde quedan hospedados en el hotel Nacional, que no en el Lux como afirma Carrillo, hasta que, en unión de Juan Comorera, salen hacia América a través de Japón.

Van a Nueva York y de allí a La Habana, donde poco después muere la niña. Es, por lo tanto, en la capital cubana, y no en un campo de concentración francés, donde muere la niña. De Cuba a Méjico, para ir después a Buenos Aires y de la capital argentina a Montevideo. Del Uruguay sale Carrillo en 1944 hacia Lisboa, dejando allí a su mujer, con orden expresa a Giorla de que no le permita emprender viaje hacia Europa; pero el 29 de abril de 1945, «Choni», que era el diminutivo por el que todos conocíamos a la esposa de Carrillo, y cuyo nombre era Asunción Sánchez Tudela, desembarca en Toulouse.

Y aquí pongo punto, aunque la historia no termina así.

Y Carrillo le ha mentido a usted, si le ha afirmado que su mujer estaba en la Unión Soviética.
Ni la señora Yagüe ni el señor Carrillo respondieron una palabra a lo por mí escrito. ¿Lo harán ahora? Me alegraría, para completar mi relato, pero estoy seguro que, por lo menos Carrillo, no lo hará.

 

Preparación del asesinato de Modesto y Líster

 

En el libro Mañana España, refiriéndose a una entrevista con Stalin en 1948, Carrillo escribe: «Nos dijo (Stalin) algo muy curioso: “Parece ser que Líster no siente mucho cariño por la Unión Soviética”. Yo no sabía a qué se refería, pero Dolores sí lo sabía, y dijo: “Se está haciendo más prudente”».

La verdad es muy otra. ¿Qué había sucedido? Séame permitido entrar en algunos pormenores antes de llegar a esa entrevista y a las palabras de Stalin.

En la reunión del Buró Político, que del 15 de abril al 12 de mayo de 1956 tuvo lugar en Bucarest, y a la que me refiero en otros lugares de este libro, expliqué lo que el 21 de febrero de 1952 me dijo Mije en Praga.

Mije me había relatado que en una reunión donde estaban Uribe, Carrillo, Antón y él, Antón planteó que, debido a mis relaciones con los yugoslavos, yo tenía que ser relevado de mis cargos y debía examinarse qué otras medidas más graves era preciso adoptar. Agregó Mije que, posteriormente, en diferentes conversaciones, esas «medidas más graves» fueron apareciendo más claramente como mi liquidación física. Respondí a Mije que todo eso lo consideraba una infamia, pues todas las relaciones que había tenido con los yugoslavos, o con camaradas de otros países, habían sido siempre con el acuerdo del Buró Político, al que siempre le había tenido al corriente, como él mismo sabía.

La noche del día en que había expuesto este asunto en la reunión de Bucarest, tuve una conversación con Carrillo a petición suya. En ella me planteó que no tenía ninguna duda en que Mije me había contado lo expuesto por mí sobre las intenciones de Antón de liquidarme físicamente y que él no descartaba que Antón tuviese esas intenciones. Pero que debía comprender en qué situación colocaba al BP. Que no se trataba solamente de la situación entre Mije y yo, sino que esta cuestión desviaba la atención de los miembros del BP del examen de los problemas fundamentales que estaban en discusión, y que lo mismo iba a pasar en la reunión del CC, de lo que ya era ejemplo la intervención de Claudín.

(En efecto, éste había dicho: «En su intervención, el camarada Líster ha planteado una cuestión de suma gravedad: que el camarada Mije, en 1952, le informó que Antón se proponía su liquidación física. Si Mije tenía fundamentos para ello, es de suma gravedad en relación con Antón. Si no tenía fundamentos, es de una ligereza inconcebible por parte de Mije. Creo que esto es necesario aclararlo hasta el fin. Si se trata de una ligereza de Mije, de carácter intrigante, debe de reconocerlo. De paso debo decir que para mí no está clara la conducta de Mije en la discusión que estamos realizando»).

Argumentó Carrillo, además, que si yo insistía en plantear ese problema, lo más seguro es que habría que sacar a Mije del BP y que ello iba a aparecer como una escabechina de los veteranos, pues las medidas que había que tomar con Uribe y las críticas a Dolores ya hacían bien difícil la situación.

Carrillo me propuso entonces que hiciera una declaración en la que podía seguir sosteniendo que era cierto que Mije me contara lo que yo había dicho en la reunión, pero que no podía estar seguro de que existía tal plan de liquidación física. Pensando en la unidad de los órganos de dirección del Partido, acepté el chantaje de Carrillo.

En las conversaciones con Uribe en 1961, a las que ya me he referido, éste me dijo:

«Lo que te contó Mije es cierto, pero no era sólo Antón el que quería tu liquidación física, sino también Carrillo; y no se trataba sólo de ti, sino también de Modesto.

»Este plan, que venían madurando desde 1947, recibió un nuevo impulso al producirse la ruptura con Yugoslavia. Este hecho venía a reforzar los argumentos de Carrillo y Antón en cuanto a la necesidad de vuestra liquidación física, por vuestras relaciones anteriores con los yugoslavos. Incluso, Carrillo y Antón no tuvieron escrúpulos en mezclar en este “asunto” a dirigentes de otros partidos hermanos, a los que atribuyen serias desconfianzas hacia Modesto y hacia ti.

»Para esa liquidación se habían barajado dos variantes: un atentado y echarle la culpa a los anarquistas o a los franquistas; o un “accidente” en uno de nuestros chantiers [4] al examinar alguna arma o explosivo.

»Si vuestra liquidación física no se llevó a cabo —prosiguió Uribe— se debe a Stalin. Cuando en septiembre de 1948, una delegación del Partido, formada por Dolores, Antón y Carrillo, visitó a Stalin, éste les preguntó: “¿Cómo van Líster y Modesto?”. Dolores respondió: “Bien, Líster forma parte del BP y Modesto del CC, y los dos están trabajando bien”. Y Stalin agregó: “Me alegro, pues aquí también hicieron los dos un buen trabajo”.

»Esto —me añadió Uribe— os salvó la vida, pues ante esa opinión de Stalin, Carrillo y Antón dieron marcha atrás en la liquidación física, aunque continuaron con otras medidas».

A Modesto le siguieron el proceso por las relaciones con los yugoslavos y le agregaron que tenía relaciones con una mujer que venía enviada por los servicios de espionaje franquista; le quitaron todos los cargos que tenía en Francia y, en 1949, le enviaron a Praga, donde ya no volvió a tener ninguna tarea de Partido hasta diciembre de 1959, en que fue nombrado para formar parte de la comisión encargada de redactar la Historia de la Guerra, y de la que luego le sacó Carrillo. El encargado de montarle todo el proceso a Modesto fue Romero Marín, cumpliendo órdenes de Carrillo.

Me recordó Uribe la historia del famoso «complot de Moscú».

En 1947 Carrillo fue a Moscú y volvió con el «descubrimiento» del famoso «complot» contra Dolores, inventado de todas piezas por él, pero matando dos pájaros de un tiro: aparecer como un decidido defensor del secretario general del Partido y, principalmente, intentar ensuciar toda nuestra emigración en la Unión Soviética, calumniando y golpeando a toda una serie de camaradas que habían pasado con honor, al lado del pueblo soviético, todas las tremendas dificultades de la guerra, mientras Carrillo y otros «acusadores» dirigentes del Partido estaban viviendo tranquilamente la gran vida al otro lado del «charco».

Al regresar de Moscú, Carrillo informó al secretariado de su «descubrimiento» de un «complot» montado por Jesús Hernández contra Dolores y Antón, en el que, según él, habíamos participado Modesto y yo.

Durante semanas se nos interrogó para hacernos reconocer nuestra participación en un tal «complot». Modesto y yo rechazamos indignados las acusaciones y dijimos que nuestras discrepancias con Antón, por los métodos intolerables de dirección que había empleado y por su conducta inmoral, eran conocidas de todo el mundo, en primer lugar del propio Antón y Dolores a los que se las habíamos dicho por escrito y de viva voz.

Una de las cuestiones contra la que habíamos protestado Modesto y yo en una carta enviada a Dolores a Ufa en 1942, era el método de Antón de montar en los colectivos españoles unos servicios de espionaje para los que, además, escogía a los tipos más inmorales. Antón y Dolores enviaron esta carta a Dimitrov, con otra de ellos en la que se pedía poco menos que nuestras cabezas. En un viaje mío a Moscú en junio de 1942, Dimitrov me enseñó las dos cartas y me preguntó qué era lo que pasaba. Se lo expliqué y él dijo que, efectivamente, tales métodos no eran correctos.

En esa conversación me preguntó Dimitrov quién creíamos, Modesto y yo, que debía ocupar el puesto de secretario general del Partido vacante por la muerte de José Díaz tres meses antes. Le respondí que esa cuestión ya la habíamos hablado Modesto y yo, y que nuestra opinión era que debía ser ocupado por Dolores. Que existía en contra la funesta influencia de Antón sobre Dolores, y su papel de secretario general consorte, pero que se podía resolver enviando a Antón en misión lo más lejos posible.

Me respondió Dimitrov que ésa era también la opinión de ellos, es decir, del Secretariado de la Internacional Comunista, y que ya se estaba estudiando el envío de Antón a un país de América latina.

[4] Esos chantiers de tala de bosques que teníamos en diferentes puntos de Francia cercanos a la frontera española servían para dos objetivos: obtener
medios materiales para el Partido e instruir a los guerrilleros que salían para España.


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