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Preparación del asesinato de Modesto y Líster

Publicado el 10 de marzo de 2022, 20:21

En 1943, al llegar a Moscú, Modesto y yo fuimos a visitar a Dolores en su despacho. Allí estaba Antón, y en la habitación contigua varios camaradas, entre ellos, E. Castro, Mateo, Segis Álvarez. Al meterse Antón en la conversación que Modesto y yo teníamos con Dolores, le dijimos todo lo que pensábamos de él, de sus métodos, de su conducta, y eso lo oyeron no sólo Dolores, sino también los otros camaradas que se encontraban en la habitación contigua y cuya puerta estaba abierta. Modesto y yo no podíamos ocultar la repugnancia que nos merecía toda la conducta de Antón y, sobre todo, la forma en que había salido de Francia para la Unión Soviética.

La historia de esa salida, que sólo algunos conocíamos, es la siguiente: Dolores, que no se preocupaba en absoluto por la situación de los centenares de miles de españoles metidos en los campos de concentración en Francia —y menos aún por los de España—, pedía insistentemente que Antón fuese llevado a Moscú. Dimitrov y el Secretariado de la IC, de acuerdo con José Díaz, se hacían los sordos, pues consideraban que ésa era una buena ocasión para terminar con el arribismo de Antón. En esta situación, Antón es detenido en Francia, y entonces las peticiones de Dolores adquieren un verdadero tono de histerismo. Ante ello, hay la famosa frase de Stalin: «Bueno, si Julieta no puede vivir sin su Romeo se lo traeremos, pues siempre tendremos por aquí un espía alemán para canjearlo por Antón».

Y así fue como salió en 1940 de una cárcel francesa y llegó a Moscú.

Durante los interrogatorios llevados a cabo por Carrillo y Antón, puse como testigos de mi conducta al camarada Dimitrov y a la propia Dolores. Recordé, entre otros ejemplos, el siguiente:

En abril de 1944, estando Modesto, Cordón y yo en el frente ucraniano con el Ejército polaco, recibimos la orden de ir a Moscú. La primera visita que hicimos fue a Dolores, la cual nos informó de las noticias que habían llegado de Méjico sobre la situación del Partido allí. Según esas noticias, Hernández había desencadenado una lucha abierta contra Dolores y Antón y aseguraba que toda una serie de camaradas residentes en la URSS, entre ellos Modesto y yo, estábamos de acuerdo con él. Dolores nos dijo que Dimitrov quería hablar con nosotros dos.

Al día siguiente, Dolores, Modesto y yo pasamos el día con Dimitrov, examinamos las cuestiones y redactamos un telegrama para Méjico en el que se rechazaban las afirmaciones de Hernández.

En la reunión del BP de abril y mayo de 1956, a la que ya me he referido y me referiré más adelante, dije: «Yo rechazo que en Moscú haya habido un complot contra el Partido. Yo no acepto que las discrepancias de opiniones de este u otro camarada que estábamos en Moscú, pasen a la historia del Partido como “el complot de Moscú”. Entre nuestra emigración en la URSS ha habido un gran descontento contra Antón y contra sus métodos, de los que su conducta posterior no fue más que una continuación. Unos camaradas expresaban este descontento de una forma y otros, de otra. Y una parte de esos descontentos iban a quejarse a Hernández de los métodos de Antón. ¿Qué había en esto de particular? Hernández era más antiguo que Antón en el BP. Había desempeñado cargos más importantes que Antón y para toda la emigración aparecía teniendo más responsabilidad que Antón, incluso en las cosas de la emigración en la Unión Soviética. ¿Que Hernández tenía otras miras? Eso no quiere decir que los que iban a quejarse a él participaran en un complot, y ni siquiera que tal complot existiese.

»Yo planteo esta cuestión con la esperanza de que cuento con las suficientes garantías para que las cosas se pongan en claro. Yo creo que la cuestión lo merece, pues no podemos dejar que toda una serie de camaradas sigan con el sambenito de participantes en un complot contra el Partido. Y vosotros, camaradas Uribe, Claudín y Carrillo, no teníais ningún derecho a ir a Moscú a desencadenar una campaña de calumnias contra camaradas del Partido, del Comité Central y del Buró Político.

»Vosotros no teníais ningún derecho ni siquiera a abrir una discusión política donde se fuese a juzgar la conducta de miembros del Comité Central y del Buró Político, porque no estabais autorizados para ello ni por el Comité Central ni por el Buró Político. Esos acuerdos los habéis tomado, sin duda, en reuniones de Secretariado, pero el Secretariado no tiene ningún derecho a tomar tales acuerdos».

Carrillo había dejado montado en Moscú todo el escenario para sostener contra una serie de camaradas toda una campaña indecente de calumnias y desprestigio, para continuar la cual fueron enviados allí Vicente Uribe y Fernando Claudín, que quedó allí varios años como fiel ejecutor de las opiniones de Carrillo, como antes lo había sido en otros lugares y luego había de continuar siéndolo hasta 1962 en que chocaron entre ellos.

En cuanto al tan manoseado asunto de que lo que quería Jesús Hernández era la secretaría general, nada más lejos de la verdad. Jesús Hernández era lo suficientemente inteligente para comprender que él no tenía ninguna posibilidad de ser el secretario general del Partido. Pero lo que no quería Jesús Hernández, como no lo queríamos ninguno de los que estábamos al corriente de la cuestión, era tener un secretario general consorte. No queríamos a Antón como secretario general del Partido y a Dolores como tapadera. Yo sé, porque me lo dijo el mismo Uribe, que Hernández, al llegar a Méjico, le había hablado de ese peligro y le había dicho que la única forma de evitarlo era que Uribe fuese secretario general del Partido.

¿Complot? ¡Ni complot ni centellas! Lo que había era descontento general de la inmensa mayoría de los camaradas, que veían que mientras ellos vivían, trabajaban y luchaban en las terribles condiciones de la guerra, Dolores y Antón no cumplían en absoluto su misión de dirigentes, dedicándose a disfrutar su cómoda vida.

He aquí algunas cifras que hablan del heroísmo y del cumplimiento del deber, al lado del pueblo soviético, de nuestra emigración en la URSS.

Al producirse la agresión hitleriana (22 de junio de 1941) había en la URSS 4221 españoles. La mayoría, cerca de 3000, eran niños que habían sido evacuados allí durante nuestra guerra, y una parte de los cuales ya se habían convertido en jóvenes entre los 15 y 18 años. El resto de nuestra emigración allí estaba compuesta por camaradas que habíamos desempeñado durante la guerra cargos políticos, militares y de otro tipo, y familiares que componían casi la mitad de parte de esos camaradas. En total éramos 900. Había, además, un grupo de 122 maestros, maestras y auxiliares llegados con los niños; un grupo de 157 aviadores que el fin de nuestra guerra cogió instruyéndose en la URSS y 69 marinos de algún barco español que había ido a buscar material. Posteriormente se agregaron a la emigración 56 españoles más de la División Azul, que se quedaron en la Unión Soviética.

Al producirse la agresión, los españoles estábamos distribuidos por diferentes puntos de la Unión Soviética. Los niños en casas donde personal español y soviético se ocupaban de su enseñanza. El resto trabajaba en fábricas, en la construcción, etc. Algunos pensionados debido a su edad, un grupo en una escuela política, otro de 28 en la Academia militar Frunze y otro de 6 en la Academia Militar de Estado Mayor.

Participaron en la guerra junto al pueblo soviético, bien en unidades militares o en destacamentos guerrilleros, 614 emigrados y 135 jóvenes de los llegados como niños.

De ellos murieron en la lucha 138 mayores y 66 jóvenes. Los españoles incorporados en el Ejército soviético participaron en la heroica defensa de Leningrado, en la histórica batalla de Stalingrado, en los frentes de Moscú, el Cáucaso y otros lugares de la Unión Soviética.

Participaron en unidades de guerrilleros en la retaguardia de los ejércitos hitlerianos: en Ucrania, Bielorrusia, Crimea, en la región de Leningrado, donde se combatió a las fuerzas fascistas de la División Azul.

No faltó en los combates de la aviación soviética la participación de los pilotos republicanos españoles. Tomaron parte con el Ejército soviético en la liberación de Polonia, de Checoslovaquia, Alemania y otros países, pagando esa participación con sus vidas no pocos españoles.

El Gobierno soviético, destacando la participación de la emigración republicana española en la gran guerra patria del pueblo soviético contra el fascismo, ha concedido a gran cantidad de combatientes españoles numerosas condecoraciones.

No acaba aquí la lucha, pues muchos camaradas, al terminar la segunda guerra mundial y desde la Unión Soviética, se incorporaron clandestinamente a España para proseguir luchando contra el fascismo con los camaradas que ya lo venían realizando desde 1936, unos, y desde 1939, en que terminó la guerra de España, los otros. Por su actividad, unos han sido fusilados, otros cayeron en el combate guerrillero y no pocos han sufrido largos años de prisión.

Éstos son los hombres que, con la historia del «complot», calumniando a nuestra emigración en la Unión Soviética, como se había hecho y se seguía haciendo con nuestros camaradas de España, Francia y otros lugares, eran convertidos de víctimas —los únicos que tienen derecho a ser acusadores— en acusados. Lo que se quería era castigar a los que en el pasado no se habían sometido, e inutilizar a los que en el futuro harían lo mismo. Por desgracia, la operación de Carrillo no fracasó totalmente, pues por ahí andan no pocos de esos hombres y mujeres sometidos al carrillismo.

El día 21 de marzo de 1942 muere José Díaz. Sobre su muerte se han hecho y se hacen especulaciones para todos los gustos. Mi firme convicción es que nadie le empujó materialmente a tirarse por la ventana, aunque no puedo afirmar lo mismo en el aspecto moral.

José Díaz estaba gravemente enfermo. El cáncer le iba deshaciendo el estómago. Lo habían operado varias veces, pero ninguna de esas operaciones cortó el mal.

Al lado de los males físicos estaban los morales. Habíamos perdido la guerra, el Partido estaba distribuido por medio mundo y la parte fundamental bajo el terror de los triunfadores.

En estas condiciones, en 1940, José Díaz, Dolores Ibárruri, Jesús Hernández y Enrique Castro, con la ayuda de Togliatti, preparaban un informe sobre la situación en España después de la guerra y las tareas del Partido en esa situación. José Díaz, en nombre de la dirección del Partido Comunista de España, da lectura al informe ante el Secretariado de la Internacional Comunista. Luego toman la palabra los miembros del Secretariado de la IC y van destruyendo uno a uno los planteamientos que hay en el informe. Hernández, Castro y Togliatti se callan, pero Dolores toma la palabra para dar la razón a los que critican el informe y para acusar a José Díaz de «individualista» en el trabajo, de que no tiene en cuenta las opiniones de los demás. Con eso se acaba la reunión, pues a José Díaz hay que sacarlo entre dos personas. El ataque brutal de Dolores viene a agravar su mal estado físico.

¿Qué dejó José Díaz escrito antes de suicidarse? Cuando se lo pregunté a Dolores Ibárruri, ésta me contestó que sólo había dejado unas cuartillas que ni se podían leer, pero no me las enseñó. Estoy convencido que José Díaz escribió un verdadero testamento político en el que, entre otras cosas, estampa sus opiniones sobre los diferentes miembros de la dirección del Partido, y en primer lugar, sobre Dolores Ibárruri.

Las conversaciones con Uribe y sus confesiones fueron para mí un golpe terrible y dejaron en mi ánimo una profunda amargura. Con ellas se derrumbaban en mí creencias, ideas y opiniones sobre cosas y personas que habían ocupado un lugar muy importante en mi vida de militante revolucionario. El cuadro que me iba describiendo Uribe de aspectos que yo desconocía de la vida de la dirección de nuestro Partido, de cosas que se habían venido haciendo, de métodos que se habían venido empleando, eran, en unos casos, completamente nuevos para mí y, en otros, rebasaban en mucho lo que yo conocía, mis sospechas y temores. Según él me iba hablando, ante mí aparecían, como en una película, escenas terribles, entre ellas los cuerpos de camaradas ejecutados en las montañas pirenaicas cuando, llenos de ilusiones, marchaban al país a cumplir tareas del Partido o regresaban a informar a la dirección de cómo las habían cumplido.

Ante mí aparecían las figuras de los ejecutores de las sentencias dictadas por Carrillo y Antón y aprobadas o consentidas por otros. A algunos de esos ejecutores yo los conocía personalmente, y si bien entre ellos los podía haber que estaban dispuestos a matar sin importarles quién era la víctima, no tengo dudas de que otros al ejecutar las sentencias creían sinceramente que estaban defendiendo al Partido de terribles enemigos.

Los equipos de ejecución fueron creados por Carrillo en 1944 y en esa época las sentencias que debían ejecutar eran las que Carrillo dictaba sin dar cuenta a nadie. Esos equipos operaban no sólo en Francia, sino que iban también a España y otros países.

Aparecían también con claridad los objetivos liquidacionistas de Carrillo y Antón de querer destruir al máximo nuestra organización en Francia. En ella había muchos testigos de las cobardías y otras cosas de algunos miembros de la dirección del Partido y de las JSU, entre los que estaban en primera línea, precisamente, Carrillo y Antón. Sabían éstos que entre nuestros militantes de la organización de Francia encontrarían muchos y muy serios opositores a la política que pensaban imponerle al Partido (y que Carrillo ha venido imponiendo a los que aún le seguían).


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