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16 Una cita de muerte

Publicado el 5 de marzo de 2022, 16:52

Al día siguiente, a las ocho, Pichi espera puntual. Con la Flaca has quedado a las diez. Dispones de dos horas para explicarle a Pichi lo que hay que hacer y alertarle del peligro que se corre a partir de ese momento, en el que a Jordán ya no se le va a pillar desprevenido y Camilo conoce que se le anda buscando. Tiempo suficiente también para examinar con detenimiento las fotos del lugar en el que asesinaron a Floro.

—Joder, paisa. ¿Hoy, por qué se ha puesto sotanas? —El disfraz de sacerdote es el que más juego te ha dado en todos los años pasados: permite ocultar perfectamente la Tokarev y que nadie se fije en tu rostro, porque los curas nunca tienen una cara concreta, son una abstracción.

—Porque hoy soy el padre Felipe.

—Rediós, si hasta desapareciéronle les canas. Y con esos antioyos, nun hay quién le reconozca.

—Recuerda, a partir de ahora soy el padre Felipe, que no se te olvide.

—Tranquilu, paisa. ¿Y por qué lleva cuatro bolos negros encaramados del caperuchu?

—Cuatro borlas colgando del birrete significan que el que las lleva es doctor en teología.

—¿Teología?

—Sí.

—Eeoohh, ¿qué enfermedad yé esa?

—Déjalo. Bástate saber que a partir de ahora soy cura. ¿Conseguiste las copias de las fotografías?

—Pichi xamás falla —y te entrega un sobre sepia. Lo abres, seis fotos. Le ordenas que te lleve a una cafetería apartada, lejos de donde os habéis encontrado. Quieres explicarle los pormenores de la operación: lo que él debe de hacer, lo que tú vas a intentar, el peligro que corréis a partir de ahora y, también, la ayuda venida del cielo de la Flaca. Pero, ante todo, quieres saber si está dispuesto a seguir adelante. Mientras le vas explicando todo a Pichi, contemplas las fotos sin decir nada, todo confirma tus peores sospechas sobre el asesino de Floro.

—Pichi, eso es lo que vamos a intentar esta mañana en Oviedo — rematas, después de explicarle la misión—. Me gustaría saber si estás dispuesto a asumir el riesgo.

—Pero qué metá contando, paisa, ¿ha visto esta chapa? —la miras de nuevo, es la efigie del Che.

—Sí —respondes.

—¿Qué cree, que yé de plata?

—No, supongo que no —era su forma particular de decirte que no la llevaba de adorno.

—Pues, ya tá —sentencia. Lo que tú entiendes como que allí está él, para lo que se le ordenase.

Le tienes preparado un regalo, te lo has prometido si está dispuesto a ayudarte. Extraes una foto amarillenta que guarda una imagen de hace cuarenta años. Desde ella, dos tipos morenos, sin afeitar, con un subfusil Sten en bandolera, sonríen a la posteridad. Se la entregas.

—Toma, es un regalo.

Se queda mirando la foto. De repente, sorprendido, exclama:

—¡Rediós, paisa! Si yé mi güelu. Y el mozín que tá a su llau paréceme usté.

—Efectivamente, Pichi. Soy yo.

—Muchas gracies, paisa —responde, rebosante de alegría—. Entós, ¿usté yera guerrilleru?

—Sí, Pichi. Y amigo de tu abuelo.

—Dígame, ¿cómo murió?

—Como un héroe, defendía la colina para retrasar la llegada de los fascistas. Y así permitir que las partidas de guerrilleros tuvieran tiempo de ponerse a salvo. Nos salvó la vida a todos.

—¡Cagüen mi mantu! ¡Qué paisanu! Como el Gary Cooper.

No le dices toda la verdad. Es mejor ese final.

—Él era mejor que Gary Cooper, te lo aseguro.

Sólo queda, en esta mañana lluviosa, ir en busca de la Flaca. La lluvia golpea con fuerza el parabrisas del vehículo.

—Ná —sentencia Pichi—, cuatro gotes. Dentro d’un minuto volverá a salir el sol.

Y así es. Antes de llegar a la cita con la Flaca, la lluvia cesa, dos nubarrones negros se apartan, y el sol vuelve a lucir en toda su intensidad. La Flaca hace su aparición. Pero no es la misma que has conocido días atrás. No. Es otra Flaca: pelo suelto, falda corta, talle ceñido, ojos vivos, andares de pantera y mirada de águila. Te da la impresión de que lleva en su liguero una pistola del 22 o un afilado estilete, que brillaría al menor rayo de luz.

—Paisa, ¿ha visto a la Flaca? Tie más pates que un centullu.

—Sí, Pichi, la veo.

—Buenos días —saluda la Flaca, introduciéndose en la parte de atrás del
vehículo—. ¡Vaya!, veo que hoy vamos a la iglesia.

—Para ser más exactos, a la catedral.

—Pues ya está explicándome cuál es mi misión —dice la Flaca, ante la mirada atónita de Pichi, que no cesa de mirarla a través del retrovisor interior.

—Arranca —ordenas a vuestro chófer particular.—

¿Unos cantarines?

—Pon lo que te salga de los cojones. Pero no lo pongas muy alto que tengo que hablar con la Flaca.

Y como siempre comienza a sonar Miguel Ríos. Estáis llegando a Oviedo, pero ya les has explicado a los dos qué es lo que tienen que hacer.

—¿Alguna duda?

—Nun, paisa —remata Pichi.

—Yo tengo varias —dice la Flaca.

—Pregunta, por favor —le suplicas.

—No entiendo muy bien qué es lo que pretende. Supongamos que ninguno de los dos, ni Jordán ni Camilo, viene.

—Eso querría decir que no me han tomado en serio y de que debo volver a presionarles.

—De acuerdo, supongamos ahora que se presentan con varios matones.

—No podrían hacer nada porque no nos reconocerían, pero eso me demostraría su debilidad ya que deben ir acompañados de cuatro descerebrados y de que no tienen mucho apoyo.

—Aparecen los dos solos.

—Esta posibilidad es demasiado improbable, casi imposible, ya que indicaría que se encuentran desprotegidos, sin apoyos ni fuerza como en el pasado.

—Los dos con la Guardia Civil o la Policía.

—¿Y a quién van a detener?

—Sólo la Guardia Civil o la Policía.

—Esa es la situación más peligrosa porque me demostraría que tienen la suficiente fuerza como para seguir manejando a las Fuerzas del Orden.

—Si he entendido bien, la cita sólo es para observar sus movimientos y poder actuar más tarde.

—Así es —la Flaca lo ha comprendido. Además, ha sido capaz de enumerar las posibles situaciones en las que os podíais encontrar.

De repente, comienza a sonar una nueva canción en el reproductor.

—¿Quiénes son estos? —preguntas a Pichi.

—Los Puntos, paisa, que nun s’entera.

paseando su amargura
por la Alhambra
recordando y llorando
por Granada

Supones que eso es lo que deben estar haciendo todos los que regresaron vivos a Granada: pasear su amargura, recordando y llorando, como has hecho tú. La Sierra, así la llamaban ellos; vosotros, la montaña. La Sierra de Sagra, de Moncayo, de Montilla…, allí recogiste por primera vez una violeta de Sierra Nevada y una estrella de las nieves. Te acuerdas de casi todos: de los Queros, de los Matías, de los Clares, de los jefes Yatero, Ollafría, Hojarasquilla y del comandante Roberto, que soñaba con el regreso a su tierra, Ciudad Real. Los conociste cuando te enviaron a diferentes lugares para coordinar vuestras luchas y saber cómo combatía y
se organizaba la guerrilla en Granada. Hasta recuerdas el rostro de los pastores, que eran los verdaderos enlaces que tenían ellos…

Dicen que es verdad

que su alma está
encantada por perder
un día Granada
y que lloraba

Oviedo. Es la hora de la verdad. Siempre fuiste bueno en la táctica, Mayor, pero pésimo en la estrategia. De esta siempre me tenía que encargar yo. ¿Y adónde vas con esos dos? Sí, ya sé lo que me vas a responder: que la guerrilla la hicisteis gente normal, sin preparación de ningún tipo, gentes que no luchabais contra la muerte pues era una batalla perdida, que peleabais por un objetivo. Hombres y mujeres que después de unos meses en el monte eran capaces de escribir todo un tratado de lucha guerrillera. Pero estarás conmigo en que esta misión en la que te has embarcado no será más que un fracaso.

Y aquí estáis los tres: una exputa, esposa de un estanquero excombatiente; un pícaro con la efigie del Che, nieto de un maquis, que no sabe ni dónde tiene la mano derecha ni la izquierda; y, luego, estás tú, un exmaquis, excazador de asesinos nazis, un cojo que se muere de cáncer disfrazado de cura.

En fin, un trío para la eternidad.


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