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17 Misión en Oviedo

Publicado el 12 de marzo de 2022, 20:09

Algo retiene vuestra entrada en Oviedo. Sospechas que, a lo mejor, será un accidente de tráfico u otra manifestación a favor o en contra de algo. Inclinas la cabeza hacia atrás y giras la mirada hacia las vías del ferrocarril. Te acuerdas de aquel día. ¿Qué fue, en el 47 o en el 48? Los hechos se pierden en una maraña de recuerdos y fechas, que en ocasiones son difíciles de situar. Pero aún ves los cartuchos de dinamita colocados debajo de los raíles, la mecha de pólvora y toda la vía férrea saltando por los aires. Tuvisteis a Franco retenido en León doce horas, ¡doce! Si la mejor forma de combatiros era ocultando vuestra existencia al mundo, ese día le mostrasteis que os daba igual que os negasen. «El frente de las Sierras», como lo llamaba Queipo de Llano, estaba vivo y resistía.

El tráfico fluye, Pichi emprende la marcha.

—Gira por ahí —le ordenas.

—¿Nun vamos a la catedral? —pregunta sorprendido.

—Antes tengo que ver una cosa.

—Como usté diga, paisa. Pa eso yé el patrón.

La cárcel, eso es lo que quieres volver a contemplar, pero no se lo dices. Simplemente os limitáis a pasar a su lado. Suficiente. Sólo quieres ver dónde se pudrieron tantos como tú. Ahí está: silenciosa, lúgubre y sórdida. Un animal monstruoso que se alimenta de sangre, un vampiro de hormigón armado. Hasta su arquitectura no es inocente, lo sabes muy bien. La estructura, la construcción imitando el modelo panóptico americano, en el que todo el interior se ve desde un punto concreto. Engendro creado para el castigo y la reeducación. El último bastión de la represión, efigie elevada al poder omnívoro del estado. Te acuerdas de Barranca, de Canor, detenidos en la frontera francesa y devueltos a Asturias, para que su ejecución sirviera de ejemplo. Los mataron a garrote vil, como vulgares delincuentes, una semana después de la festividad de Santa Bárbara.

—¿P’ande vamos, oh? —Pichi vuelve a rescatarte de la burbuja en la que te sumerges.

—A la catedral —dices, disimulando tu alejamiento del mundo.

La Flaca y Pichi conocen a la perfección el plan, se lo has repetido miles de veces. ¿Será suficiente? Tres calles antes de la plaza de la catedral te apeas del vehículo. La Flaca tiene que hacer lo mismo en la siguiente bocacalle. Pichi debe aparcar lejos y situar su trasero en el pórtico de la catedral.

Un sacerdote caminando absorto en la lectura de la Biblia no llama la atención a nadie, excepto a otro cura. Pero cuando este contemple las cuatro borlas del birrete pensará que eso es lo que tiene que hacer un teólogo: estudiar las Sagradas Escrituras. Todo sería así, si lo que leyeras fuera el texto sagrado, pero en realidad es un poemario de versos sobre la montaña, con cubiertas de cuero negro en las que está grabado en letras de oro la palabra Biblia.

Despacio, observando la primera calle que entronca con la plaza. Un individuo apoyado en la pared fuma compulsivamente, ha llamado tu atención. Su pelo no está engominado, ni viste traje a medida. No es un militante falangista, pero puede ser un policía. Atraviesas la plaza, deseas observar otra de las calles adyacentes. Otro individuo en la misma posición. Revisas todas, lo mismo. Bien, están moviendo sus piezas, piensas. En cada entrada, en cada salida, un miembro de la Policía o de la Guardia Civil. Quieren capturarte. Pero lo tienen difícil, ellos buscan alguien trajeado, con sombrero y pelo blanco, al que no han visto nunca.

Subes el peldaño de acceso a la entrada de la catedral, un mendigo en la parte derecha. Esperas. Tal y como acordasteis, llega Pichi: descalzo, mugriento y encontró en el atrio, puerta, con la ropa más raída que el vertedero. Toma asiento al margen izquierdo de un letrero que reza: NUN TENGO TRABAYU. UNA CARIDÁ, POR FAVOR . Ya hay dos mendigos.

—Es extraño —dice una anciana enlutada a otra—, los días de diario no hay pobres pidiendo limosna. Y, hoy, hay dos.

Lo que sospechabas: el otro mendigo es un policía disfrazado. Te acercas a Pichi y depositas en su caja una moneda de 25 pesetas.

—Hijo mío, cuida del hermano de tu izquierda, que yo velaré por los dos —y le guiñas el ojo. Esperas que haya comprendido lo que ocurre. Te acercas al otro mendigo y, haciéndole la señal de la cruz, le introduces otra moneda de 25 en su gorra volteada—. Y tú, hijo mío, espero que no estés solo en este mundo.

Giras la cabeza, quieres ver si la Flaca está haciendo bien su trabajo. Perfecto. ¿De dónde has sacado esa mujer, Mayor? Parece un agente nuestro, perfectamente entrenado. ¿Quién dijo que las mujeres no servían para la guerra? Sonríes. Ellos lo dijeron, y las quisieron condenar a las tres kas: kinder, küche, kirche; los niños, la cocina y la iglesia.

Se acerca contoneándose a uno de los policías de incógnito que han colocado en la primera calle. Le pide fuego. El sujeto busca un mechero en su americana, lo encuentra. El viento impide que se encienda el cigarro. La Flaca eleva suavemente la redecilla que cubre su vista. Sus largas pestañas juegan, mostrando más seductores sus grandes ojos negros. Se acercan, cubren la llama con sus manos, se rozan. Cruzan sus miradas. La Flaca ya lo ha engatusado. El aprendiz de petimetre le sonríe, supones que estará preguntándole cómo se llama, dónde vive. Distraerlo, ese es el objetivo. Continúa, Flaca. Hay que ver lo que sucede a continuación.

De repente, un individuo que pulula por la plaza contempla la escena. Y a grandes pasos se dirige a ellos. Sus gestos indican que está amonestando al sujeto que intentaba seducir a la Flaca. A esta le muestra una acreditación y la Flaca se aleja, dirigiéndose hacia la puerta de la catedral, donde te encuentras simulando la lectura de la Biblia en verso o de los versos de la Biblia.

—El que se acercó es un sargento de la Policía Armada. Me ha enseñado la placa para que me alejara —te dice la Flaca en voz baja—. Acaba de echarle la bronca al poli putero por estar distraído —y se introduce en la catedral.

Su operativo está al descubierto: uno en cada calle de entrada a la plaza, más un mendigo en la puerta, con un mando policial que los controla y coordina. Pero van a dar palos de ciego, buscan lo que no van a encontrar, porque les estás combatiendo con tus medios.

Las doce. Ni rastro de Jordán. Lo sospechabas, él no iba a venir, ni tampoco Camilo. Todo esto no es más que para observar en qué basan su fuerza, hasta dónde están apoyados, cuál es su logística e intendencia. Y ya lo has visto: tienen conexiones con la Policía Armada o con la Guardia Civil. Aún tiene que cambiar mucho este país, piensas.

Dejas de contemplar la plaza, todo su operativo está al descubierto. Esperas. Las doce y cuarto. Nada. Te introduces en la catedral y te arrodillas en uno de los bancos cercanos al altar. Pero no vas a rezar, eso fue hace mucho tiempo, antes de que te convirtieran en un disidente de la esperanza. Hasta que comprendiste que Dios sólo estaba con los vencedores, aunque su hijo hubiese nacido y muerto como un perdedor.

Las doce y media. Sigues esperando. La gente pulula alrededor, sin conocimiento de lo que ocurre. Muchos son turistas. Una anciana se te acerca, quiere besar tu mano, se la entregas y lanzas al viento la señal de la cruz. Supones que eso será suficiente para salvar su alma.

Las doce cuarenta y cinco. Nada. Cada policía sigue en su posición, y el mendigo en la suya. Pichi ya tiene monedas suficientes para la gasolina, y la Flaca sigue arrodillada en un banco, simulando un pesado dolor por el fallecimiento de alguien muy querido, y atenta a la aparición de cualquiera con un anillo grueso, remachado con una piedra de rubí.

La una. Nada. Ni rastro de Jordán, ni de Camilo. El operativo policial sigue instalado. Tú continúas paseando por la plaza leyendo los versos de una supuesta Biblia y observando sus movimientos.

Llegas hasta Pichi.

—Esto s’acabó —murmura Pichi.

—No, hijo mío, ni te muevas, que ahora comenzará el baile.

La una y cuarto. El calor se hace insoportable debajo de la sotana y el birrete, es el calor repleto de humedad del que ya casi te habías olvidado. Los policías de las calles se mueven más de lo debido, están impacientes por levantar el campamento. Pichi suda. El sargento que coordina el operativo, busca refugio en la sombra provocada por la torre de la catedral.

La una y media. Todo el sistema de vigilancia sigue intacto. Está claro que el sargento no se atreve a dar la orden de retirarse, espera instrucciones de un mando superior. Entras en la catedral, necesitas refugiarte un poco del sol. Poca gente dentro: la Flaca, tres ancianas, un grupo de turistas, que observan las maravillas del gótico, y tres curas. Odias a los curas. Los comenzaste a despreciar cuando les viste uniéndose al fascio, con sotanas y pistola al cinto, pasándose por el Arco del Triunfo los secretos de confesión y bendiciendo a un solo bando en el 37, en su Pastoral Colectiva.

La una cuarenta y cinco. El mendigo se levanta, dirigiéndose al sargento que está a la sombra. Hablan algo. Regresa. Recoge sus pertenencias y se pierde por una de las calles. Sospechas que se le ha ordenado ir a dar novedades a algún mando, o a buscarlas. La plaza se va quedando vacía: dos grupos de turistas que fotografían la fachada de la catedral, un señor paseando a su perro, dos señoras en animada tertulia, el sargento a la sombra y el sol abrasando.

Las dos. Pichi te dirige una mirada interrogativa. Sospechas la pregunta que lanzan sus ojos: «paisa, ¿levanto el quiosco?». Le haces un gesto negativo, girando levemente la cabeza de izquierda a derecha. Algo tiene que ocurrir. Pero ni lo deseas, ni lo esperas, simplemente te limitas a observar.

Las dos y cuarto. ¡Por fin!, gritas en tu interior. Dos personajes han hecho su aparición en la plaza, elegantes, perfectamente vestidos. El sargento se dirige a ellos. No necesitas oír la conversación, son sus superiores y le ordenan que se vaya con los bártulos a otra parte. El sargento hace un gesto con la mano a los policías situados en las calles que confluyen en la plaza, indicándoles que todo ha terminado. Ves al sargento alejarse por la calle del fondo con sus números. Los dos individuos recién llegados permanecen en medio de la plaza en animada conversación. Te colocas en una posición discreta, necesitas verlos sin que te vean.

La espera ha valido la pena —piensas—. Nunca hubieses imaginado que el pájaro al que esperabas tuviera tres estrellas de ocho puntas en su hombrera. Tienen demasiado poder, demasiado —gritas para tus adentros. Allí tienes al coronel Lozano, y su acompañante luce el mismo anillo que viste llevar a Jordán. ¿Será otro dirigente de los Caballeros de la Muerte? ¿Tendrán más rango que Jordán? Necesitas saber quién es. Te acercas a Pichi.

—Hay que averiguar quién es el del anillo.

—Ta chupau, paisa.

Pichi recoge las limosnas, arroja el cartel a una esquina de la catedral, y cuenta el dinero.

—¡Cien cucas! ¡Esto sí que yé un buen pluriempleo! —exclama, e inicia su andadura en dirección a los dos que te interesan.

Camina con la cabeza agachada, como mirando las baldosas de la plaza. A diez metros de los dos, incrementa el paso. Cinco metros. Sigue con la cabeza gacha. Dos metros. Uno. Colisiona con el del anillo. Este pierde el equilibrio y cae al suelo.

—¡Imbécil! —exclama Lozano. Y le arrea un bofetón a Pichi—. ¡A ver si mira por dónde va! —le grita.

—Perdone, lo siento. ¿Le he hecho daño? —dice Pichi, tendiéndole la mano al caído.

—Lárgate. Payaso —le grita el del suelo.

—Perdone, perdone —repite Pichi, mientras se aleja.

Perfecto. Sabes lo que ha ocurrido. A nuestro amigo de la sortija colorada le acaba de desaparecer la cartera. En la primera bocacalle, Pichi revisará su documentación, seguro que se queda con el dinero y arrojará el resto a un buzón de correos. Todo, por ese orden, como debe hacer un buen carterista. El coronel Lozano y su amigo se alejan por la primera calle de la derecha de la catedral. Haces un gesto a la Flaca: es hora de actuar.

Los seguís a distancia, pero sin perderlos de vista. Se introducen en una sidrería. Bien, esperas. Hay que hacer tiempo, es posible que aún salgan. Quince minutos, no salen. Treinta minutos, nada. Es el momento de entrar, quieres saber lo que ocurre. No deseas que el entramado hostelero posea una puerta trasera por la que se te hubiesen escapado.

La Flaca se cubre la cara con la redecilla negra. Abres la puerta y le ofreces que pase ella primero. Las tres menos cinco. Un vistazo rápido: ocho individuos en la barra bebiendo sidra, dos parejas sentadas en sendas mesas, tomando unos aperitivos. Ni rastro del coronel Lozano, ni del otro sujeto. «Restaurante, planta primera», lees.

—¿Qué va a ser? —pregunta uno de los tres camareros, el de la cabeza más grande.

—Queríamos comer —respondes.

—¿En la sidrería o en el comedor?

—En el comedor.

—Suban a la primera planta. Allí les atenderán.

Palpas la Tokarev, ajustas las gafas de montura gruesa y el birrete. Lozano sólo puede sospechar de ti por la cojera, pero las sotanas la disimularán. Además, pasas la mano por el hombro de la supuesta viuda, al caminar los dos juntos, cualquier signo se disimulará mejor. En el restaurante, allí estarán, seguro.

Subís los peldaños de nogal, de una escalera-caracol, que giran dos veces sobre sí mismos. Entráis al comedor. Allí están los dos, en la mesa del fondo.

No hay plan. Improvisas.

Pero… ¿qué hace ahí el violinista ciego?


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