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LIBERTADES CIVILES Y LIBERTAD POLÍTICA

Publicado el 9 de marzo de 2022, 16:16

La libertad de los modernos arranca de una falsedad histórica y de un grave error sobre la filosofía política de la libertad. La falsedad de imputar a la libertad política de los antiguos «de» participar en los asuntos de la comunidad, un desconocimiento o menosprecio de la libertad civil «para» disfrutar de los derechos individuales y la vida privada. Y el error de distinguir, como si se tratara de dos clases diferentes de libertad, y no de dos dimensiones de una sola y misma libertad, el concepto de libertad positiva «para» hacer algo y el concepto de libertad negativa «de» liberarse de algo. O sea, la libertad antigua de participar en el poder común (político) y la libertad moderna para gozar de los poderes individuales (civiles).

La falsedad histórica es sencillamente escandalosa. Toda la filosofía griega de la moral postracional, desde Demócrito y Epicuro hasta Plotino, pasando por las escuelas del hedonismo (cirenaicos, estoicos, epicúreos, cínicos, escépticos), está basada en el desprecio de la actividad política y en la búsqueda de la felicidad privada a través de la libertad en las relaciones de amistad personal, en el goce de los placeres de la vida civil o en la contemplación de la vida interior. Y si pasamos a la Roma clásica, no es sólo el otium cum dignitate, la filosofía de Lucrecio y del estoicismo, sino nada menos que la creación de su imponente jurisprudencia, lo que desmiente categóricamente la pretendida obsesión de los antiguos por la libertad política. El Digesto definió la libertad civil, no la libertad política.

El ocio civil y el negocio jurídico, tal como están concebidos en las costumbres y códigos civiles, y en la práctica mercantil, son construcciones típicamente romanas. El legado de Roma ha sido el Derecho privado y no el Derecho político. Si se objetara que la distinción entre libertad política de los antiguos y libertad civil de los
modernos se hizo por referencia a la democracia ateniense, entonces la prueba de su falsedad la proporciona la oración fúnebre que Tucídides puso en boca de Pericles, al final del capítulo I, libro II, de La guerra del Peloponeso. En este bello discurso en elogio de las primeras víctimas de la guerra, después de exaltar la gran «libertad de acción» de Atenas en la guerra y en la paz, se trazan los rasgos sociales de su carácter nacional y los rasgos políticos de la democracia directa:

«Nosotros nos gobernamos en un espíritu de libertad y esta misma libertad se encuentra en nuestras relaciones cotidianas.» Una misma clase de libertad rige, pues, la vida política y civil de la ciudad. «Apreciamos la belleza, sin amar por esto el fasto, y tenemos gusto por las cosas del espíritu, sin caer en la molicie. Hombres de acción, usamos nuestras riquezas como medios y no para presumir. No hay vergüenza de confesar que se es pobre, pero la hay de no hacer nada para salir de tal estado. Los que participan en el gobierno de la ciudad pueden ocuparse también de sus asuntos privados, y aquellos que sus ocupaciones profesionales absorben pueden muy bien estar al corriente de los asuntos públicos... Creo también que, considerando los individuos, un hombre de nuestra ciudad sabe encontrar en él mismo suficientes recursos para adaptarse a las formas de actividad más variada.»

Esta expresiva cita basta para desacreditar la divulgada tesis de que las libertades políticas, obedientes al espíritu de conquista, limitaban la libertad civil del espíritu de comercio. No hay base histórica que legitime la distinción radical entre libertad política de los antiguos y libertad civil de los modernos. Creencia que no arranca de los comentarios críticos de madame de Staël y de la matizada conferencia de Constant (1819) contra la clase de libertad que Rousseau había defendido, sino de otras fuentes más remotas que dieron carta de naturaleza al extraño concepto de libertad negativa. Interesante especulación que hace depender la libertad de la mentalidad solícita del esclavo.

Al menos Hobbes, con su idea de que la libertad de los súbditos está en el silencio de las leyes, tuvo la honradez intelectual de reconocerlo. Mientras que la libertad liberal, suponiendo lo mismo, nos confunde al reducir la libertad política a la libertad «de», como si fuera algo sustantivamente diferente de la libertad «para». Ciertamente, la libertad política supone las libertades civiles. Pero eso no implica, como dice el neoliberalismo, que aquélla se identifique con la libertad de eliminar obstáculos, de crear las condiciones de libertad para que se pueda gozar de los derechos civiles.

La sintonía de la libertad de los antiguos con la idea positiva de autogobierno, y de la libertad de los modernos con la idea negativa de «no interferencia», la distinción entre libertad positiva y libertad negativa, se constituyó en núcleo duro de la filosofía neoliberal desde que en 1957 la sistematizó Isaiah Berlin con sus Dos conceptos de libertad.

El triunfo ideológico de esta distinción estaba garantizado en el mundo de la guerra fría. La libertad política quedaba recluida en la esfera positiva, pero ilusa, del autogobierno personal: soy libre si soy mi propio dueño. La libertad política es tratada así como si fuera una forma más de libertad individual, y no como la única forma de libertad colectiva. Y las dictaduras de Occidente podían ser tranquilamente alineadas entre los pueblos libres, desde el momento en que las libertades civiles fueron concebidas como el conjunto de cosas que se pueden hacer sin ser castigado o impedido por los demás. La ideología del desarrollo mercantil, común a los Estados de partidos y a las dictaduras occidentales de la posguerra, legitimaba así la ausencia de libertad política en los Estados occidentales, de un solo partido o de varios.

El hecho liberal lo compone el haz de libertades civiles que la civilización europea produjo y exportó a otros lugares del mundo. Los colonos de Nueva Inglaterra llevaron consigo las libertades civiles que tan difícilmente podían ejercer en Inglaterra a causa de la intolerancia religiosa del Estado. Allí se puso de relieve que la libertad de conciencia y de asociación, la de expresión de opiniones y creencias, las libertades que Spinoza fundó en la de pensamiento, no eran de naturaleza política. No se referían directamente al poder del Estado. Eran libertades públicas de la sociedad civil. Y todas ellas surgieron como actos de liberación de las trabas autoritarias del Estado colonizador que las prohibía o dificultaba. La libertad política de los ciudadanos de Estados Unidos no nació con la Declaración de Independencia que consagró las libertades civiles, sino con la Constitución federal de 1787, que instituyó el derecho político, el del pueblo al poder.

La liberación de obstáculos que impiden la acción libre, los movimientos de liberación de la mujer frente a la dominación tradicional del hombre, los de los pueblos colonizados o de las minorías étnicas, los de una clase social frente a otra, son momentos positivos de una sola y misma libertad de acción para hacer lo que sin esa liberación no podrían. La libertad «para» es el enfoque personal y egoísta del movimiento emprendido con la altruista libertad común «de».

Esto no quiere decir que las libertades o derechos civiles deban conducir necesariamente a la libertad política. Lo que significa el concepto de libertad que aquí se propugna es que la liberación civil, por su propia naturaleza, engendra el derecho civil de los particulares a su liberación política, el derecho político de los ciudadanos. Y en esta tendencia, lo cívico o ciudadano actúa como principio intermediario entre lo civil y lo político.

Los fundamentos históricos de la libertad política se encuentran de este modo en el seno matriz de las libertades civiles. Pero el nuevo liberalismo, al rebajar el fin de la libertad política a una utilitaria remoción de los obstáculos administrativos que traban las libertades civiles y los derechos subjetivos, se ha convertido en un producto abortivo de la democracia.

El concepto libertad «de», la liberación emancipadora, es algo tan positivo que, con independencia de la libertad «para» que promete, aumenta la libertad del liberado a la vez que la del liberador. La descolonización ha liberado más al colonizador que al colonizado. La libertad que gana uno no la pierde el otro. La libertad global aumenta. Siglos de esclavitud no dieron a los amos la libertad de acción que les dio el capitalismo en años. La historia supera a Lincoln: dando libertad a los esclavos, no sólo «conservamos» la de los hombres libres, la «aumentamos».

El concepto de libertad política está compuesto de moralidad y de poder. Por ser libertad, depende de las concepciones morales de cada época. Por ser de naturaleza política, depende de la idea que se hacen los hombres de la autoridad y del Estado. Cuando éste se pensaba como una extensión natural de la familia, la libertad política no podía ser otra cosa que la libertad civil de los que no eran esclavos. Cuando el Estado se identificó con la sociedad, como en el discurso de Pericles, libertad política y libertad civil eran la misma cosa.

Y esto no lo vio Constant. Pero desde que la idea del Estado dejó de ser mítica o religiosa, y se asoció con la idea del poder y de la fuerza de unos hombres o grupos de hombres sobre los demás, la libertad política se disoció de las libertades civiles.

En nada cambia la libertad, salvo en su dimensión moral y civil, si se sustituye a Dios por un mítico contrato social en la causa del Estado, que atribuye la soberanía absoluta a un príncipe o a una asamblea de elegidos. Por importante que haya sido la doctrina contractualista como fundamento ideológico de los derechos naturales que dieron paso al liberalismo, el contrato de atribución de la soberanía absoluta, sea por renuncia a la libertad individual o a la voluntad particular, produce una misma amputación de la libertad política de los ciudadanos.


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