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18 Una pista sólida

Publicado el 18 de marzo de 2022, 0:52

Tener un plan de acción aumenta nuestra confianza y mantiene el cerebro ocupado. Porque los verdaderos enemigos del guerrillero son la soledad y el tedio. Lo sabes muy bien, pues aquel 1 de abril de 1939 quedasteis solos luchando contra el fascismo. Y nadie está preparado para enfrentarse al violento choque mental y emocional de encontrarse abandonado y aislado en un lugar remoto. Por eso, tu mente siempre tiene que obedecer, para evitar la desesperación y la angustia, que conducen al miedo y este al pánico. Mantener la mente ocupada y aprender a improvisar, son la máxima suprema.

Ahora no tienes ningún plan, no queda más remedio que la improvisación.

—Si no le importa —te diriges al que supuestamente se encuentra al frente de aquello—, nos gustaría un lugar apartado. Ya sabe, venimos de un funeral y preferíamos no estar en medio del restaurante.

—Le entiendo, padre —dice el hombrecillo con chaleco negro sobre camisa blanca que lleva una servilleta doblada en el antebrazo izquierdo—. Síganme.

Y le seguís hasta el fondo, al lado contrario en el que se encuentra el ciego. Tú vas apoyado en la Flaca, disimulando la cojera. Ella continúa sollozando y moviendo el pañuelo rosa de su nariz a su mano enguantada. Es una buena comedia, piensas.

—¿Les viene bien aquí? —pregunta el hombrecillo. Hay una mesa vacía entre vosotros y el coronel Lozano. La necesitas para estar más cerca.

—Casi mejor esta otra —replicas, pero la Flaca se ha percatado de lo que pretendes, por eso ya ha tomado asiento.

—Como los señores gusten —el hombrecillo se deshace en amabilidades—. Ahora les traigo la carta.

—Ave María Purísima —dices dirigiéndote al coronel y al del anillo.

—Sin pecado concebida, padre —repiten al unísono.

—Que aproveche —dibujas la señal de la cruz en el aire.

—Igualmente —vuelven a repetir los dos.

Te sientas con la espalda pegada a la del coronel. La Flaca sigue sollozando. Le haces un gesto para que baje el volumen de su lamento y te permita escuchar la conversación de los dos. Pero es el hombrecillo del chaleco el que os interrumpe.

—La carta. Aquí les dejo también la de vinos. Yo les recomendaría nuestro
cochinillo asado con patatas de… —no estás dispuesto a que escupa la letanía aprendida de memoria, necesitas que se largue cuanto antes.

—¿Tiene menú del día? —preguntas.

—Sí.

—Pues, para mí, un cochinillo —la Flaca interrumpe.

—Cochinillo para la señora —repite, mientras anota en una libreta.

—Otro para mí —estás deseando que se marche y te deje escuchar la conversación.

—En vinos, yo les recomendaría un tinto que… —No estás dispuesto a que enumere la bodega.

—Ese mismo —le espetas antes de que lo nombre.

—Y de primero, ¿les ponemos algo? —Miras a la Flaca, a ver si se da cuenta de que lo que quieres es que el hombrecillo se vaya con la música a otra parte y te deje escuchar la conversación.
—Lo que usted nos traiga, se lo dejamos a su elección —dice la Flaca.

Pues les voy a poner una menestra de…

—De acuerdo, de acuerdo —y haces un gesto con la mano indicándole de que debe irse a toda velocidad a preparar vuestra comida, que debe cortar su discurso y dejaros en paz.

Se aleja, revisando sus anotaciones en la libreta y arrancando la hoja, para entregársela a una señora que asoma la cabeza por una ventana de medio punto.

—Tenemos que movernos rápido — asegura el coronel a su contertulio—. No hay más plazo que un año. Después va a ser más difícil. Aprobarán la puta Constitución y nos harán pasar a todos por el aro.

—¿Y cómo van los contactos con el Ejército? —pregunta el del anillo.

—Creo que bien. Aún no tenemos perfilado quién se va a unir. Ya sabes cómo es esto: todo dependerá de lo que se les ofrezca. Y, luego, habrá que contar con la Armada y el Aire.

—Entiendo —el del anillo detiene su discurso. No le ves, pero sospechas que está bebiendo un trago de su copa—. Sólo quedaría saber cuál es la posición de la Judicial y la de Inteligencia.

—Los de Inteligencia no me preocupan. Pero no hay que confiarse con ellos, claro está. Los que sí me quitan el sueño son los de la Judicial.

—Explícate —el del anillo se lo dijo a Lozano como si se lo impusiera.

—Los de la antigua Social estarán con nosotros. Pero tengo mis dudas con los de la Judicial.

—¿Y cuántos son? ¿Dos mil? ¿Tres mil?

—No es el número lo que me preocupa, es que se enteren antes de la operación.

—Yo creo que no. Están muy entretenidos buscando chorizos. Además, también ETA los tiene ocupados.

—No sé —suspira Lozano pensativo.

—Tú lo dices por el judicial que anda preguntando por Camilo…

—Aquí tienen la menestra. Ya verán los señores cómo les gusta —¡maldita sea!, el camarero ha llegado en el peor de los momentos. ¿Qué le pasa a este hombre? ¿Trabaja para Lozano? No dices nada, dejas que la Flaca se entienda con él. Vuelves a prestar atención a la conversación. ¡Espera!, que ahora eres un cura, debes bendecir la mesa. Cruzas las manos, inclinas la cabeza sobre ellas, y recitas un verso, al fin y al cabo qué más da lo que reces, no hay nada más inútil que una oración.

Si avanzo, seguidme;
si me detengo, empujadme;
si retrocedo, matadme.

Lanzas la señal de la cruz sobre la menestra, y esta queda bendecida con las palabras del Che.

—Es un tal Buenaventura —es Lozano el que habla ahora—. Está haciendo demasiadas preguntas.

—¿Y qué ha dicho Camilo?

—A ti, ¿qué te parece?

—Ya, ¿sabes lo que te digo? —da otro trago al vino—. Que estoy con Camilo.

—También está lo del otro tipo.

—¿El que fue a ver a Jordán?

—Sí.

—¿Qué crees, que también es de la Judicial?

—No lo creo, hay algo raro en su comportamiento.

—Ya, lo dices por los casquillos, que eran un 7,65 —¿qué te ocurre, Mayor? ¿Es el cáncer o los años? Nunca debiste dejar los casquillos en la funeraria.

—Por eso, y por cómo se comportó. Hoy no ha aparecido. Pero claro, todo lo que sabemos de él es en base a lo que nos dijo Jordán.

—Valiente imbécil. Debimos haber prescindido de Jordán hace mucho tiempo.

—Estoy de acuerdo contigo. Pero no podíamos tocarle, siempre tuvo la protección de Camilo.

—¿A usted no le ha gustado la menestra? —otra vez el camarero interrumpe las ondas del sonido, y te distrae. Estás a punto de extraer la Tokarev y descerrajarle dos tiros, para que deje de molestar.

—Ah, sí —respondes sin mirarle—. Está muy buena, pero es que yo como muy despacio.

—Entonces, ¿esperamos para traerles el cochinillo?

—Lo que diga la señora —delegas esa función en la Flaca. Tú tienes que seguir escuchando.

—Tráigalo ahora —dice la Flaca, y le clavas la mirada, sabe lo que le estás pidiendo: que se retrase todo lo posible. Rectifica—. Mejor, espere a que el padre termine.
—Como ustedes quieran —dice, mientras se acerca a la mesa de al lado —. Los señores, ¿van a querer postre?

—No —es Lozano—. Vamos directamente al café.

—¿Cómo se lo traigo?

—A mí, solo —dice el del anillo.

—Yo, con leche —remata Lozano.

El camarero se aleja. Tú comienzas a probar la menestra, pero te das cuenta de que el movimiento de las mandíbulas impide que oigas correctamente lo que hablan. Por eso, la tragas sin masticar.

—Pero de todos, yo creo que el que más daño nos puede hacer es la estudiante —¿ha dicho estudiante? Tú has adoptado muchas personalidades, pero pocas veces lo has hecho de estudiante. Además, nunca tuviste edad para figurar como alumno de nadie. ¿De quién estarían hablando?

—¿Qué sabes de ella?

—Que ha solicitado al Director General permiso para hurgar en los archivos del Servicio de Información de la Guardia Civil. Ya verás cómo se lo conceden.

—¿Qué está investigando en realidad?

—Es la típica historia triste. En el 37, se fusiló a su abuelo, que era un anarquista de mierda. Fue el momento de la entrada y aposentamiento de los Caballeros en Villablino. A la chavala le vendieron desde niña que a su abuelo lo asesinaron los Caballeros de la Muerte. Hoy, ya es licenciada en Historia y quiere hacer su doctorado sobre ellos.

—¿Se la tiene vigilada?

—Sí. Tengo dos guardias que no la dejan ni a sol ni a sombra. Ahora estará en la biblioteca de Villablino repasando los documentos que encontró en el archivo municipal.

—Pero yo creo que una investigación, sin datos, sin documentos, sin nada, le puede llevar años. Y nosotros sólo necesitamos un año de plazo. Después, nos dará igual lo que haya averiguado.

—No seas ingenuo, ¡joder! —Lozano está enfadado con su interlocutor —. La tesis doctoral le puede llevar años. Pero en cualquier momento puede encontrar un papel, una nota, algún documento que creamos que fue destruido, y nos manda todo al traste.

—Si es así, yo no tengo dudas: un accidente.

—Sus cafés, señores —otra vez el camarero saltimbanqui les interrumpe—. ¿Le traigo ya el cochinillo? —os pregunta a la Flaca y a ti.

—Sí, por favor —respondes, para que se escape cuanto antes a buscarlo.

—Haciendo un repaso —dice el del anillo—, en este momento, nos pueden tocar los cojones la estudiante, el inspector Buenaventura y el individuo del sombrero que fue a hacer una visita a Jordán. Aunque si este es policía, algo tendrá que ver con Buenaventura.

—No sé, hay algo que no me cuadra —dice Lozano, pensativo—. A la estudiante sólo le interesa la historia de los Caballeros, pero a los otros dos esto les importa un huevo, es algo relacionado con Camilo, Jordán y el
pasado.

—Entonces, ¿no ves relación entre los tres?

—No. Yo creo que la estudiante es simplemente eso, una estudiante que quiere arrojar un poco de luz sobre la muerte de su abuelo. Los otros dos buscan algo más.

—El que me tiene intrigado a mí es el del sombrero. ¿Quién cojones será?

—Hay uno del monte que ha regresado a España hace unos días — ¿de quién está hablando?—. Se llama Andrés, pero le llamaban Mayor — ¿cómo lo ha podido saber?—. Era de una de las partidas que consiguió huir en el 51. Nuestro confidente nos ha informado que ha regresado al valle, y que está interesado en localizar a Jordán y Camilo, ¿quién le ha podido informar? ¿A qué confidente se refieren? Sólo saben que has llegado a España los muchachos de la partida y… el violinista ciego, al que cometiste el error de decírselo. Giras la cabeza para ver lo que hace, pero come oricios como ajeno al mundo.

—Flaca, vigila al ciego de la otra esquina, no pierdas detalle de lo que haga —dices en voz baja, la Flaca asiente. Intentas volver a prestar atención a lo que dialogan los otros dos.

—Según nuestro informador, a ese fugado le encanta llevar siempre sombrero. Creo que es el que fue a ver a Jordán.

—Espero que sea así. De lo contrario tendríamos a otro husmeando, y ya serían cuatro. De todas formas, Lozano, llamó tu atención sobre que tu informador lleva mucho tiempo pasando datos quemados. Y eso no me gusta nada.

—Lo que está claro es que se nos están abriendo muchas fisuras en poco tiempo y debemos cerrar alguna, no nos podemos arriesgar a que todo se
descubra. El futuro de España está en juego, y no podemos consentir que nadie encuentre un hilo suelto…

—Y, otra cosa, antes lo dijiste, y creo que tienes toda la razón: no nos deben ver nunca más juntos.

—A partir de ahora, que los pormenores de coordinación los establezcan nuestros subordinados. Y lo mejor será que se reúnan en algún lugar público, en el que circule mucha gente. De esa manera, si los del servicio secreto nos vigilan, que no puedan sospechar nada.

—De acuerdo —dice el del anillo, y hace un alto en la conversación—. ¡Joder!

—¿Qué te pasa? —pregunta Lozano.

—Iba a pagar, y me doy cuenta deque me han robado la cartera.

—¿No la dejarías en el coche?

—No, siempre la llevo conmigo. Espera, el mendigo que chocó conmigo en la plaza de la catedral. A que me la robó él.

—Pago yo esto, despreocúpate — dice Lozano, para calmarlo—. Y ahora, nos vamos al coche, a lo mejor la dejaste allí.

—No lo creo. Estoy casi seguro de que fue el hijoputa del mendigo.

Y, después de que Lozano pague la cuenta, los dos se alejan por la escalera-caracol. Colocas las dos manos juntas, los codos encima de la mesa, a los bordes del plato alargado con el cochinillo, inclinas la cabeza sobre ellas, y reflexionas: como Buenaventura sigue tus órdenes y el que fue a ver a Jordán eres tú, el enemigo que buscan es el mismo; es decir, ellos sólo tienen que controlar a dos personas, la estudiante y a ti. Pero de la conversación que has oído entrecortada por culpa del camarero, extraes dos conclusiones que no te han gustado nada: tienen un confidente en vuestra partida o en otro lado, ¿lo tendrían en el 51?, «informador», «datos quemados», habían dicho, algo patinaba en todo aquello; y preparan algo grande, algo en lo que Camilo posiblemente es la clave.

Tus reflexiones se ven truncadas de golpe, pues el violinista ciego se ha levantado de su rincón dejando el dinero encima de la mesa, según te indica la Flaca. Con el bastón en la izquierda y palpando mesas con la derecha, se conduce entre los huecos del restaurante hacia la escalera.

—Espere, don Ataúlfo, que yo le ayudo a bajar —dice el camarero que sube muy despacio las escaleras con una bandeja en la mano. El ciego recorre el restaurante sin encontrar al camarero—. Estese quieto don Ataúlfo, que ahora voy —insiste el camarero al ciego.

Llega a vuestra altura y, sin girar la cabeza hacia la mesa, hace un gesto como que ha detectado un olor familiar.

Y te espeta:

—Mayor, ¿no le ha gustado el cochinillo?


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