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CAPÍTULO 21 De Guadalete a Covadonga

Publicado el 12 de marzo de 2022, 20:51

Después de la derrota del ejército godo, Tariq se encaminó hacia la capital, Toledo, donde le habían dicho que estaban los tesoros. Siguió cómodamente las antiguas calzadas romanas, sin hallar resistencia, y sólo se detuvo para ocupar las grandes ciudades que encontró a su paso, especialmente Écija y Córdoba. Al año siguiente, el propio Musa desembarcó con un ejército de diecisiete mil guerreros y obtuvo su cuota de gloria ocupando Medina Sidonia, Sevilla y Mérida. Los dos caudillos se encontraron en Toledo y unieron sus fuerzas para proseguir la conquista por el rico valle del Ebro. La ocupación de Portugal y Levante quedó en manos de subalternos. En ninguna parte les opusieron una resistencia enconada, lo que los llevó a pensar que todo el monte era orégano y, traspasando las lindes del reino godo, invadieron las tierras allende los Pirineos, dispuestos a conquistar Europa, el viejo sueño del islam. Pero el rey de los francos, Carlos Martel, los derrotó en Poitiers (732). Después de este descalabro, se lo pensaron mejor y decidieron conformarse con España. Además, se consolaron como la zorra que no alcanzaba las uvas; no disponían de gente suficiente para ocupar tantas tierras.

De la península Ibérica sólo quedó sin conquistar la cornisa cantábrica. Los moros desistieron de ocuparla después de comprobar, en algunos encuentros desafortunados, que aquellas agrestes montañas estaban habitadas por montaraces indígenas, cuyo sometimiento hubiera requerido un esfuerzo y un gasto que no se compensaba por la ganancia de tan exiguo e inhóspito territorio.

¿Covadonga? Bueno, sí, algo pudo ocurrir en Covadonga, pero desde luego el escéptico lector hará bien en no creer que allá se riñó la gran batalla que dicen las crónicas. Quizá un pequeño destacamento musulmán, que imprudentemente se había internado por aquellas fragas, fue sorprendido y derrotado por los astures capitaneados por un espatario, o jefe de la milicia goda, llamado Pelayo, un leonés refugiado entre los astures. Pudo ser sólo una refriega, pero a los apaleados godos aquella hazaña les devolvió el orgullo y la confianza. El mito crecería en los reinos cristianos durante el lento proceso de la Reconquista.

En dos años, había caído la monarquía goda, y un país poblado por unos cuatro millones de hispanorromanos y godos —quizá sea conveniente que, a partir de ahora, los llamemos hispanogodos- se había sometido, casi sin resistencia, a un ejército que no alcanzaría los cuarenta mil guerreros. ¿Cómo se explica?

Se explica porque la masa de la población, los campesinos paupérrimos y abrumados por los impuestos, no movieron un dedo en favor del orden godo. Total, peor de lo que estaban no podían estar con nuevos amos. Se explica, también, porque los invasores pactaron con los witizianos, con los obispos y con otros magnates, a los que permitieron conservar sus haciendas y privilegios. Era un gran consuelo por la pérdida de España porque los condes y los obispos continuaron al frente de sus provincias y de sus diócesis, y la organización jurídica y eclesiástica del Estado godo se mantuvo intacta. Aquellos musulmanes de la primera hornada respetaban a «las gentes del Libro», como llamaban a los cristianos y a los judíos, y se contentaban con imponerles un tributo especial. Por eso, tampoco estaban especialmente interesados en imponer su religión a los pueblos sometidos.

Este cuadro se modifica algo, pero no se descompone, si aceptamos las tesis de Ignacio Olagüe. Según él, los musulmanes no conquistaron España, sino que les fue pacíficamente entregada porque sus habitantes abrazaron masivamente el islam (lo que explicaría la sospechosa ausencia de noticias de la conquista en las crónicas musulmanas). Tenga en cuenta el escéptico lector que faltaba mucho para Trento, y el cristianismo no estaba tan sistematizado como ahora. Era, más bien, un conjunto de confusas creencias, de las que sobresalía la certeza de un Dios único y todopoderoso, absoluto y excluyente. Esa esquemática visión se adaptaba, también, al Dios del islam, con la diferencia de que éste era más permisivo con los apetitos carnales de sus devotos y no los abrumaba con las exigencias de un clero abusón.

La verdad es que, al pasarse al islam, la explotada plebe hispanogoda salía ganando. También ganaban dos importantes minorías oprimidas: los siervos y los judíos. Los primeros porque estaban atados a la tierra casi como esclavos y, con el cambio, al abrazar el islam, ascendían a la categoría de libertos. Los judíos porque, aunque no se convirtieran al islam, alcanzaban los mismos derechos que cualquier cristiano, es decir, los respetaban y sólo los obligaban a satisfacer el impuesto religioso.

Muchos cristianos se mantuvieron en su fe, con sus iglesias y sus ritos, aunque los alfaquíes (equivalente musulmán del clero cristiano y tan aguafiestas como él) refunfuñaban porque los musulmanes consumían vino en ciertos monasterios cristianos que mantenían taberna y bodega. El lector no ignora que la ley de Mahoma abomina del cerdo y del vino. No obstante, muchos musulmanes españoles desconocían la prohibición coránica. De hecho, en Córdoba existió un floreciente mercado de vino, hasta que Abd al-Rahman II lo destruyó para contentar a los alfaquíes. Con la Iglesia hemos topado.

España volvía a ser la lejana colonia occidental de un gran imperio, el califato de Damasco, tan extenso como el romano. La nueva provincia se llamó al-Andalus, y el nombre de España, arabizado en Ishbaniya, quedó restringido a la parte de la Península no conquistada.

Durante un cuarto de siglo, los delegados de Damasco gobernaron al-Andalus, pero el imperio era tan dilatado y el califa tenía que atender a tantos problemas que, necesariamente, su autoridad se resentía, y los gobernadores de las provincias más  remotas acabaron gobernando por su cuenta. Por otra parte, tampoco faltaban problemas internos entre los conquistadores: el grupo étnico más numeroso, los bereberes de Tariq, estaban descontentos porque les habían asignado las peores tierras (la meseta, Galicia y las montañas), mientras que la aristocracia árabe, los baladtyyun, llegados con Musa en 712, cuando el trabajo estaba hecho, se habían establecido en las más fértiles (Levante, el Betis y el Ebro).

El malestar degeneró en franca rebelión, y los árabes, como eran minoría, llamaron en su auxilio a contingentes militares sirios (o yund), unos diez mil guerreros en total, quienes, después de someter a los bereberes, optaron por establecerse también en Andalucía y el Algarve.


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