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La instrumentación de las Naciones Unidas

Publicado el 12 de marzo de 2022, 22:37

Las repercusiones de aquel agosto de 1990 se hicieron sentir en la ONU. El Consejo de Seguridad adoptó la Resolución 665, contenida de potencialidades que iban más allá del problema circunstancial de Irak. El punto 4 de la Resolución: que "los Estados interesados coordinen su acción (militar) utilizando el mecanismo del Comité del Estado Mayor", insinuaba por primera vez desde 1945 que la ONU podría verse dotada de instrumentos para cumplir su misión "Ideal". ¿Iba la ONU por fin, a disponer de los medios que su Carta le otorga? La esperanza fue una ilusión. En noviembre siguiente, la Resolución 687 frustraba la potencialidad de la 665: el Consejo de Seguridad abdicaba de la conducción de las operaciones militares, en favor del gobierno de EEUU.

La crisis del Golfo puso al día el debate sobre si el Mundo podía superar la intervención de unos Estados por otros. En los nueve lustros de guerra fría, EEUU no causó una sola baja a los soviéticos ni estos a aquellos. Pero, 18 millones de personas fueron inmoladas en guerras en el Tercer Mundo y centenares de millones fueron sometidas a inhumanas dictaduras sostenidas desde Potencias intervencionistas. Paralelamente, los recursos del Planeta sufrían una degradación acelerada. Gorbachov había intentado desplazar la dirección de los asuntos mundiales hacia una ONU revitalizada, seguido, dubitativamente, por otros Estados, desde Francia a China. Todo dependía del camino distinto del de la guerra fría que quisiera seguir la Administración de EEUU. De los dirigentes norteamericanos dependía que se impusieran sobre los árabes los probados métodos de aquella -terror y muerte en masa, como con aséptico léxico urgía Henry Kissinger: inmediata "destrucción quirúrgica progresiva de los recursos militares de Irak". Todo fue desoído: la cooperación internacional que ofrecía a EEUU la opción de alcanzar un compromiso dialogado; las publicaciones liberales en EEUU, como The Nation que calificaban la acción militar de "impúdica intervención imperial"; la opinión de congresistas sosteniendo que ""EEUU no debe ser el gendarme del Mundo"; las palabras de conservadores que preconizaban el retorno a la no intervención en el Viejo Mundo, tradición de EEUU interrumpida desde Truman. En Le Monde (5/9/1990) Jean Pierre Chevenèment, ministro francés de Defensa, preveía que el número de muertos superaría los 100.000.

El momento nunca fue más favorable. Había aparecido el nuevo Libro blanco sobre la defensa nipón, por primera vez no mencionaba la tradicional "amenaza soviética". Eiji Suzuki, presidente de la organización patronal japonés Nikkeiren, pedía a su gobierno que "deje de rechazar cooperar con la URSS en el terreno económico". Edwar Shevarnadze, ministro de Asuntos Exteriores soviético, proponía en Vladivostok, camino de Tokio, que los ministros homólogos de la zona Asia-Pacífico se reunieran en la ONU para negociar la creación de nuevas estructuras regionales, insistiendo en "la capacidad de la URSS para integrar Europa y Asia en razón de su situación geográfica única". Espectro, claro está, que ha angustiado a los estrategas británicos durante siglos. Los alumnos de Caerle Haushofer, el geopolítico de Múnich que en la década de los veinte y treinta propiciaba liberar el Continente del poder del Imperio británico a través de una panunión euroasiática ampliada al Japón, tuvieron que estar atentos probablemente a las señales contrarias que se sucedían en 1990.

Todo era adverso. La administración Bush estaba dispuesta a superponer la fuerza militar sobre las bases propuestas en Helsinki por la URSS en septiembre de 1990: no intervención en los Estados, reducción del armamento estratégico a un nivel defensivo, coalición duradera en el Consejo de Seguridad bajo los principios de la Carta de la ONU.

La exhibición militar de EEUU suponía mostrar quién era "hegemón" en el Planeta. La gran operación de castigo sobre Irak que descargó durante cuarenta días, con sus noches, mayor número de toneladas de bombas -y más destructoras-que las encajadas por Alemania entre 1939 y 1945, aparece así como un escarmiento ejemplarizado ante el ilusorio propósito de reordenamiento internacional entonces en curso. Cuando EEUU abrió el fuego el 16 de febrero de 1991, ciertos intereses dentro de EEUU lo celebraron, e Israel más. Antes, ya se habían pronunciado: The Wall Street Journal había pedido en un editorial que Bush "tome Bagdad e instale un MacArthur como regente". 

La dirección de la URSS orientaba sus iniciativas hacia medidas políticas. La petición de ayuda financiera a Europa y Japón, no recibió la respuesta esperada, se anunciaban nuevos tiempos. Alemania se negó en un principio a subsidiar el despliegue arguyendo que esperaba la decisión del Consejo de Seguridad, y reiterando, al igual que Japón, que no enviaría tropas por respeto a su Constitución. Los endeudados EEUU no se arredraron ante el hecho de tener que costear por sí solos su brillante expedición. De hecho y para la Historia, la Administración Bush asumió innegablemente el negro propósito de ahogar en sangre y fuego las inmensas posibilidades que abría el fin de la guerra en que estaba instalado el Mundo desde 1945.

En comparación, ya se sabía que la intervención del Pacto de Varsovia de 1968 en Checoslovaquia en 1968 causó la cifra exacta de 95 muertos. Pero la pequeña Nicaragua, había acudido en 1984 al Tribunal Internacional de Justicia tras sufrir decenas de miles de muertos por la intervención de EEUU y enormes pérdidas de materiales. Viene al caso decir, que a diferencia de lo ocurrido después de 1989 en Europa oriental, ninguno de los responsables de gobiernos parlamentarios de América Latina y la Península Ibérica que se proclaman soberanos, ni excusas ni compensaciones se les ocurrió pedir del gobierno de EEUU, por los centenares de miles de víctimas humanas, pérdidas de libertades, dictaduras y daños materiales que en sus respectivos países causó la intervención directa o indirecta de EEUU durante los trágicos años de la guerra fría, y sigue siendo un caso que espanta recordarle, el asedio, embargo y cerco impuesto a Cuba desde hace más de tres décadas.

En 1990-1991, EEUU resolvió la invasión de Irak sobre Kuwait mediante una singular solución: destruir la infraestructura de uno y otro país, asesinar en cinco semanas más de cien mil personas, provocar la miseria derivada y sobrevenida de millones de otras, y, sobre todo, girar por completo hasta invertir las nuevas posibilidades de las relaciones internacionales. Nada de un "nuevo orden". Se trataba de agravar las divisiones en Oriente Próximo, dividir más a los árabes entre sí y a estos con Israel, enfrentar a los europeos occidentales unos con otros y a todos con Europa oriental, obligar al Consejo de Seguridad a declinar sus responsabilidades político-militares, estimular la tendencia recesiva en las economías de Europa y Asia, poner al 75_% de la producción de las OPEP bajo control de EEUU, sofocar la perestroika en la URSS y agudizar la desintegración del Estado soviético, dar prioridad al recurso a las armas como único medio de solución de diferencias internacionales, legitimar la intervención de las Potencias ex coloniales en los Estados según las zonas de influencia, remodelar la OTAN para intervenir a su través sobre países de ambos hemisferios, etc.

El Gobierno de EEUU estaba materializando las premisas de la "New American Century" predicada por George Bush durante su campaña presidencial de 1988. Tenía en su contra el voto del 48% de los senadores norteamericanos. Y en casi ningún Parlamento de la Europa coaligada contaba con más de un 10% de votos favorables, porcentaje que era aún menor en las antiguas Potencias coloniales. Y era lógico. Esa política, aunque encerraba los gérmenes de nuevos y graves conflictos, mostraba la voluntad de reafirmar mediante sucesivas iniciativas los postulados estratégicos que habían servido de guía para la acción militar de EEUU en el Caribe -invasión de Panamá en diciembre de 1989- y acto seguido en el Golfo. Tenía como fin:

-Prolongar la ocupación angloamericana de Alemania con tropas y armamento nuclear, bajo el mando norteamericano ejercido a través de la OTAN.

- Extender así el protectorado militar de EEUU desde los ríos Elba-Saale hasta la frontera rusa.

- Estimular la división y desintegración completa de la URSS sin riesgos de descontrol sobre armas y materiales estratégicos.

- Intervenir por detrás en los asuntos internos de los países del Pacto de Varsovia, incluida la URSS, promocionando núcleos políticos y económicos favorables a la estrategia de EEUU.

- Ampliar la influencia política hasta los Urales, y aún más al Este, a través de OTAN readaptada a la desintegración del poder militar de la antigua URSS.

- Impedir que Francia y Alemania se doten de una estructura militar unificada independiente de EEUU (es decir, de la OTAN), procurando al mismo tiempo que sus equipamientos militares dependan de EEUU.

- Interferir en los planes de la unidad de Europa Occidental (CEE), en favor de una zona de librecambio abierta a EEUU:

- Desarrollar campañas psicológicas contrarias a la idea de Miterrand de la "confederación europea" o a la de Gorbachov de "construir una casa común", y destinadas a mantener, o crear, inseguridad e incertidumbre en las relaciones entre pueblos y Estados de Europa del Oeste y los del Este. Jhon Major había declarado al Daly Telegraph (18/6/1991) el compromiso del Reino Unido por hacer cuanto estuviera en su mano por impedir la emergencia de un Estado federal en Europa. La Thatcher en Chicago y Nueva York, en junio de 1991, alertaba contra los "enanos europeos con aspiraciones imperialistas". -Reforzar el control sobre Iberoamérica y las regiones periféricas de Eurasia.

Con estas medidas, en calendario paralelo con el progreso de la unificación alemana durante 1989 -clave de la bóveda de la hipotética unidad futura de Europa- los estrategas de EEUU daban los pasos que desembocarían en acciones sucesivas: la ya mencionada de Panamá (20/12/1989) con la ocupación del Canal, la iniciativa sobre Canadá, México y del resto de América para absorberla en una zona de libre-cambio (1990), el completo aislamiento de Cuba, y, finalmente, el incremento del control sobre la principal zona de aprovisionamiento petrolífero de Europa occidental y del Japón, el Golfo Pérsico.


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