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CÉSAR LOZANO, EL CURA DE MÉRIDA

Publicado el 13 de marzo de 2022, 0:03

César Lozano Cambero era lo que el diccionario define como un alma cándida. Basta leer su diario, donde él mismo así se califica, para percibirlo. Don César, como era conocido en Mérida, donde estuvo cuarenta años de párroco (de 1919 a 1959), era persona de ideas ultraconservadoras pero, al mismo tiempo, aún albergaba buenos sentimientos, como demostró el 11 de agosto cuando le dijeron que las fuerzas que habían ocupado la ciudad estaban acabando con algunos de sus feligreses, concretamente con un grupo de ferroviarios. Según su propio relato, el cura había salido de su casa a las cuatro y media de la tarde para saludar a Castejón pero en el camino se encontró con Julio Moreno Quirós, quien le advirtió que corriera porque tenían formado un pelotón de ferroviarios y los iban a fusilar. Lo que entonces preguntó Lozano no fue la causa de semejante barbaridad sino: «¿Tú sabes si son buenos; si no han tomado parte activa en este movimiento; si no han causado ellos con su intervención víctimas, pues me han dicho que han asesinado a todos los presos?», a lo que el otro responde: «No señor, estos que yo he visto son de lo mejor de los empleados; pero corra V. que sino (sic) va a llegar tarde». Él mismo nos cuenta la escena del cuartel con gran dramatismo:

… formando parte de aquel pelotón vi a los dos hermanos Casanas, a Pacheco Quirós y a otros varios vecinos de quien yo tenía formado el mejor concepto. —¡Pobrecillos!, en cuanto me vieron empezaron a gritar: ¡Don César! ¡Don César! Sálvenos V., ¡por nuestros hijos!— ¿Qué sentí yo entonces? —¿Se levantó de mi corazón a mis ojos, a mis labios, a mi rostro todo el inmenso amor paterno que durante veintitrés años se ha ido acumulando en mi pecho y en mis entrañas?— Tirado en tierra, pegada mi frente en el suelo, besando frenéticamente los pies del capitán del Tercio que mandaba el pelotón ya dispuesto para la descarga, lancé un grito desgarrador donde salió toda la angustia de mi alma, y dije:
¡mi capitán, que no los maten!, ¡que son mis hijitos!, ¡que son buenos!, ¡que ellos no han hecho mal a nadie! —Señor Cura, apártese; ya sé que esta es su misión; ya la tiene Ud. cumplida; pero la mía en estos momentos es hacer rigurosa justicia.— ¡Mi capitán, es un padre quien pide misericordia y perdón! Le vi indeciso, perplejo; dudaba y luchaba. —Le concedo a Ud. la vida de dos, no puedo más; (y eran diez los condenados a morir). Lleno de alegría me levanto, pues me parecía el colmo de la felicidad el haber salvado dos vidas, y me acerco a ellos. ¿Puede nadie figurarse lo que entonces sucedió? Veinte ojos, veinte brazos, diez lenguas mirándome, alargándose hacia mí, pronunciando mil veces mi nombre, queriendo todos a la vez alegar sus méritos, el número de sus hijitos; cuáles eran más pequeñitos y por lo tanto más necesitados de la vida de sus padres, etc.; yo creí volverme loco en aquellos cortos minutos, y sin saber qué hacer me volví al pelotón de soldados y postrándome nuevamente ante el capitán le supliqué con acento desgarrador que no la vida de dos, sino de los diez me la concediese. ¿Porque cómo podía un buen padre a quien le van a matar diez hijos y le conceden la salvación de dos, elegir dos entre ellos? ¡Todos, mi capitán, le suplicaba! Él se defendía colocándose tras la coraza de la justicia, y siempre me contestaba:— no puede ser, Sr. Cura, dos nada más. ¿De dónde me salió aquel grito?, ¿quién puso tal dolor en aquella última súplica? — Lléveselos a los diez, Sr. Cura; porque acostumbrado a este espectáculo desde que salí de Sevilla en todos los pueblos conquistados, y habiendo sido capaz de resistir a toda esta clase de súplica sin ablandarme, yo no sé qué he visto en Vd., en su dolor, en sus súplicas, en su gesto, en su mirada, que me enternece, y me obliga a decirle lléveselos a los diez, y que sepan tenerlo presente y agradecérselo.

Gracias a su intervención de esa tarde salvó la vida a diez hombres y, según dejó escrito, después obtuvo de Yagüe y Tella —«¡el gran Tella!», dice— que por ese día cesase la escabechina «para evitar que aquella tarde con aquellas prisas de hacer justicia pudiera caer algún inocente». Ese acto valiente y ejemplar, matizado por el cura en su diario para dejar claro que él no iba a salvar a cualquiera sino solo a los «buenos», ha sido recordado y conmemorado en la capital extremeña durante mucho tiempo y su protagonista ha sido objeto de diversos homenajes e incluso cuenta con una calle y un busto, bendecido con motivo de su inauguración en 2004 por el arzobispo Antonio Montero Moreno, que perpetúa su memoria. También deben haber influido sus obras de caridad en posguerra para con los necesitados, pero de lo que no cabe duda es de que en el imaginario popular lo más importante ha sido y sigue siendo lo que el cura hizo en el 36. Ahí debe de estar la clave de esa «muchedumbre» que, según se dice, acompañó su entierro en 1959.

No obstante, y reconociendo los méritos de «don César», no estará de más recordar sus actos y reflexiones sobre la actitud a tomar entre agosto y octubre de 1936. El párroco, por bondadoso que fuera con los pobres, sabía perfectamente a qué mundo pertenecía. Sus comentarios sobre la República y los meses del Frente Popular no dejan lugar a dudas. Varios de los diez emeritenses asesinados en los días 7 y 8 de agosto eran amigos suyos. Sin embargo, César Lozano, pese a las exageraciones contenidas en su diario sobre el peligro que corrió en los días rojos, en que nada le pasó, era de ese tipo de curas, respetado por unos e ignorado por otros, al que los comités antifascistas dejaron tranquilo una vez conocida la noticia del golpe militar. Salvó a esos hombres la tarde del 11 de agosto, pero ese mismo día escribió en el diario su opinión sobre la nueva situación, en la que veía la mano de Dios: «¡Era justo esto, y providencial!», frase que recuerda a lo que el cura que acompañó al periodista portugués Mario Neves al cementerio de Badajoz le dijo, ante los varios centenares de cadáveres allí amontonados: «Merecían esto. Además, es una medida de higiene indispensable…» [181] . En ningún momento Lozano se planteó qué delito —aparte de ser ferroviarios— habían cometido los diez hombres que habían estado a punto de morir ni a quién o qué representaba ese militar que decía actuar con «rigurosa justicia» y que decidía sobre las vidas ajenas. Él solo sabía que esos diez eran sus «hijitos» y que eran «buenos».

El suceso debió correr como la pólvora por la ciudad y enseguida se contaron por decenas las personas que acudieron al cura en busca de su influencia, ya que en un primer momento, por muy breve espacio de tiempo, también fue designado por los militares para que diera avales con los que poder moverse libremente por la ciudad. Fue entonces cuando llegó para César Lozano el momento más delicado y difícil: el de decidir qué hacer ante las angustiosas peticiones de ayuda de sus vecinos y feligreses. Veamos lo que escribe el 13 de agosto, solo dos días después de la escena del cuartel y ya en plena matanza:

Sigue la gente en continuada visita de recomendación por los suyos, huidos, presos, sospechosos, y yo los recibo, los consuelo, tomo su nombre, pero no recomiendo a ninguno, ya que es pensamiento de los jefes militares hacer rigurosa justicia, según la magnitud de la culpa o del delito cometido.

Y lo que en el mismo sentido anota un mes después:

Todos estos días pasados he tenido mucho ajetreo y he tenido por eso interrumpida la escritura de este diario; además que los acontecimientos han sido todos los días casi iguales. Visitas de madres, esposas, hijos que con lágrimas en los ojos me venían a suplicar intercediese por sus deudos detenidos; yo tomo los nombres de todos, pero sigo cumpliendo mi propósito de no recomendar ya a nadie, pues ya funcionan normalmente los tribunales, antes compuestos por falangistas, ahora por el digno y caballeroso capitán de la Guardia Civil D. Luis Alguacil Cobo, asesorado por rectísimas personas y con abundancia de datos y testimonios, y se hace difícil equivocarse en administrar justicia.

Es lógico pensar que la actitud de César Lozano extendiera la impresión de que intervino por muchas más personas de las que realmente lo hizo, de modo que a partir del 12 de agosto unos, los familiares de los que eran asesinados a diario, pensarán que la gestión de «don César» no había dado resultado, por desgracia, y otros, los familiares de aquellos que se libraron, le mostrarán agradecimiento eterno convencidos de que todo se debía a la mediación del cura. Es posible, pues, que cientos de personas en Mérida, muchas más de las relacionadas con los diez del 11 de agosto, magnificaran el papel desempeñado en aquel trance histórico por el párroco de la iglesia de Santa Eulalia. Por cierto, ¡qué gran favor nos hubiera hecho el cura dejándonos el listado de nombres que anotó [182] !

Ejemplos de esto los puede encontrar cualquiera que mire en Google. En 2004, con motivo de la inauguración del busto realizado en su memoria, el párroco de Santa Eulalia, Antonio Bellido, recordó —nuevamente el mito— cuando don César «se colocaba delante de los que iban a fusilar con los brazos abiertos, pidiendo que los salvaran y si no, que le fusilaran también a él». Si Bellido conoce el diario, como es previsible, sabe que ni fueron varias veces ni el cura dijo tal cosa, pero se ve que prefiere la leyenda. Y, reivindicando para el cura un lugar dentro del espacio de la memoria histórica, poco grato para la derecha en general, añadió: «Él es memoria histórica, y su busto pretende perpetuar en bronce su memoria, el paso cálido por nuestra ciudad» [183] .

Más recientemente leemos en un libro que recuerda la figura del cura Lozano que actuó «a favor de muchos que iban a ser fusilados», de «un grupo numeroso de ferroviarios», y que cuando se plantó ante el militar le dijo: «Si va a matarlos, antes tiene que hacerlo conmigo». Y añade que además: «…habló con el comisario que dirigía los juicios sumarísimos que se celebraban en Mérida para advertirle que juzgara y condenara a los detenidos con rectitud cristiana…» [184] . Lo próximo que leeremos es que gracias al cura en Mérida cientos de personas salvaron la vida, lo cual no está mal para una ciudad donde las víctimas se cuentan precisamente por cientos. La leyenda ha desplazado a la realidad, lo que quizás explique que con motivo de los recuerdos y homenajes al cura no se haya publicado su diario. Y todo esto tiene lugar en una ciudad en la que no solo se ignora el número y la identidad de las personas asesinadas sino también las de los diez que salvó el cura, lo cual permite albergar sospechas de todo tipo acerca de su final.

Dicho esto, y pese al inmediato cambio de actitud y a la postura engañosa del cura haciendo creer a la gente que los iba a ayudar —más por su incapacidad para decirles la verdad y por su fe en la «justicia» fascista que por otra cosa—, hay que reconocer el hecho cierto y meritorio de que el párroco César Lozano salvó la vida de diez hombres que iban a ser asesinados tras la ocupación de la ciudad. No todos sus colegas pudieron decir lo mismo.

Por el contrario, quizás por el resultado, no ha quedado huella alguna, salvo en su diario, de otro hecho en que el cura intervino poco después y que al mismo tiempo que retrata bien al personaje nos ofrece un magnífico ejemplo de la grandeza y miseria de la época. Me refiero al intento, en octubre de 1936, de salvar la vida del músico y masón Francisco Cervantes de la Vega, responsable musical del Liceo emeritense [185]. Su hijo, Ángel Cervantes, movilizó a muchas personas en su favor, pero lo que consiguió fue que hasta sesenta y cinco, entre ellas el cura, fuesen convocadas a Badajoz el 29 de octubre por el temible y corrupto teniente coronel de la Guardia Civil Manuel Pereita Vela y condenadas a fuertes multas. Cuando el cura le oyó decir al guardia civil, al que conocía desde hacía años, que tenía que pagar mil pesetas se le vino el mundo abajo. Ahora veremos por qué.

El caso Cervantes requiere algunos comentarios por lo que revela de la personalidad de César Lozano Cambero. Cuando el 24 de octubre se produjo la detención del músico, el hijo acudió a «don César» para pedirle que hablara con el capitán de la Guardia Civil. En el diario apuntó lo que le contestó:

… le manifiesto que, aunque con gran pena, no puedo hacer nada porque ya hace mucho tiempo que formé el propósito inquebrantable de no influir ni recomendar, ya que sé que no se ha de hacer ninguna clase de injusticia con ningún inocente; y que él espere que si su padre lo es, nada malo le sucederá.

Poco después es el expresidente del Liceo, Ernesto Zancada, el que comenta con el cura que quiere ayudar al músico, ante lo cual este, de manera retorcida y sibilina, escribe:

… yo le he aconsejado que, siendo como es amigo del pundonoroso Capitán de la Guardia Civil, le vea y le pregunte qué se podría hacer por él, y conforme a lo que el Capitán le diga, que haga; ha quedado en ir en aquel mismo momento, 8 de la noche, a cumplimentar mi consejo, pero yo le he sujetado diciéndole que lo deje hasta mañana al mediodía, y así él consulta con la almohada, y recuerda todo lo que haya podido ver de sospechoso, o haya oído en sus conversaciones íntimas con el detenido, y así obrará más sobre seguro y prometiéndome que así lo hará nos despedimos.

Dos días después, el 26, le llega más gente preocupada por Francisco Cervantes de la Vega que le pide que sea él quien solicite misericordia en un texto que todos firmarán, pero el cura se niega no solo a esto sino a poner su firma en cualquier otro escrito, ya que

nuevamente me ratifico en mi propósito de no intervención, no porque yo no desee el perdón de este y de muchos detenidos, sino porque no me parece decoroso que un párroco figure en este asunto, ya que se trata de un delito contra la religión.

Lo único que acepta es realizar un escrito que certifique que el músico abjuró de sus errores y se retractó ante él y ante sus feligreses en pública confesión. A esto no se niega, ya que «me exponía con una nueva negativa a que dijesen, si llegaban a matarlo, que por mi causa y mi tozudez, había muerto». Escribe el certificado pero, contra el deseo del hijo y de otros del grupo que pretende ayudar a Francisco Cervantes, que pensaban que esto sería perjudicial, detalla la fecha en que ocurrió, el 1 de septiembre, sobre lo cual reflexiona en el diario de esta manera: «Yo debo ser exageradamente veraz y claro, para así ayudar a la ejecución de la justicia». Es evidente que el cura Lozano no tuvo en cuenta algo que aparentemente le unía al músico y debería ser para él muy importante: Cervantes de la Vega había sido el compositor del himno de su «santita», de Santa Eulalia, lo cual ni menciona [186] .

Sin embargo, pese a tanta prevención y tanta confianza en la justicia militar, Pereita metió a todos en el mismo saco y, sabiendo que en su mayor parte era gente de posibles, les hizo pagar dinero. De ahí el desconcierto del cura, que roza lo patético cuando, para dejar patente la injusticia que se comete con él, enumera lo que ha hecho por la Guardia Civil a lo largo de su vida, remontándose a su infancia en Carmonita, su pueblo, y siguiendo por Montijo, Maguilla, Mérida y Arroyo de San Serván.

El cuadro final que nos ofrece el cura César Lozano es el de «bueno por un día», aquel en que se lanzó a salvar la vida de aquellos inocentes, tras lo cual prefirió, aun manteniendo la ficción de que seguía con la misma actitud del principio, acomodarse a la nueva situación. Sin embargo, esto nunca se llegó a saber, de modo que entre todos crearon un personaje que, aunque nació y murió el 11 de agosto, tuvo larga vida: el del sacerdote bueno que por su bondad natural se desvivió por todos y salvó de la muerte a muchos. La realidad es que el cura, como la Iglesia a la que pertenecía, eligió en medio de aquella orgía de sangre y terror la tradicional y siempre más vistosa vía de la caridad que la mucho más complicada de la justicia.

Por otra parte, no deja de llamar la atención que los mismos sectores sociales que siempre han aprobado lo ocurrido en España a partir del 18 de julio de 1936 y que amparan en todo momento, hasta el día de hoy, la actuación de los militares sublevados, se encuentren tan a gusto recuperando y mostrando como ejemplares a figuras como esta: en qué quedamos, ¿actuaban bien los militares fascistas al aplicar «rigurosa justicia» a cientos de personas o actuaba bien el cura al sacar del paredón a aquellos diez que conocía? ¿Y los diez de antes o los de después? ¿O es que acaso no hubo otros diez inocentes, conocidos igualmente por el cura, que ya no tuvieron la suerte de ser indultados? ¿No hubo más «hijitos buenos» entre las 618 víctimas de la represión fascista inscritas en el Registro Civil de Mérida o entre las quinientas o mil personas más que debieron ser igualmente asesinadas en la ciudad y que nunca fueron inscritas? Es posible que la derecha que jalea a estos personajes necesite a los dos, al militar y al cura, a uno por representar la única fuerza que podía llevar a cabo la intervención quirúrgica de urgencia que, según ellos, requería el país, y al otro para mostrar que también los buenos estaban entre ellos. Vendrían a ser las dos manos de un mismo ser: la que hunde y la que salva.

Como decía Francisco Tomás y Valiente, la verdadera justicia repele como cuerpo extraño la gracia del indulto, que poco tiene que ver con ella. Pero aquello ni era justicia ni nada que se le pareciera, de ahí que el indulto, ya fuera concedido por el militar al que apeló César Lozano como por el mismísimo Franco, no representaba sino una aberración más en el proceso represivo [187] .

[181] Neves, M., La matanza de Badajoz, Editora Regional de Extremadura, 1986, p. 60.

[182] Según me informa Fernando Delgado, en el Archivo Municipal de Mérida se conservan varias hojas que recogen 57 nombres de personas cuyos familiares acudieron al cura. Los documentos presentan varios problemas. Tienen el sello de la parroquia, pero carecen de fecha alguna. Conocemos la letra de César Lozano y es evidente que no todos los nombres fueron escritos por su mano. Finalmente, aunque más de uno lo hará, no puede darse por un listado de gente que salvó el cura por dos razones: contiene nombres de personas asesinadas y no podemos asegurar que los demás se salvasen por solo contar con una parte de los nombres de las víctimas.

[183] Hoy, 10/06/2004.

[184] Vera Solís, H., El puerto marítimo, Ed. Aebius, 2011, p. 157.

[185] Francisco Cervantes de la Vega (Anta, Almería, 1884). Profesor de música. Su nombre apareció dentro de una relación de miembros de la masonería como maestro (Grado 3.º, simbólico «Zola») del Triángulo Amor, de Mérida. Anteriormente había pertenecido a logias sevillanas y onubenses. Según la ficha del Servicio Nacional de Seguridad: «Al iniciarse el Movimiento Nacional, fue detenido y se le aplicó el bando de guerra» (AHN-S, Leg. 203-A). En realidad, como tantos otros masones, fue detenido poco después del golpe militar y liberado tras someterse al procedimiento de abjuración y retractación. Volvió a ser detenido en octubre y el 23 de noviembre fue asesinado en Badajoz en compañía de otro masón, Ángel Joven Nieto. Siete años después, en noviembre de 1943, pese a saber que había desaparecido en 1936, el Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo, presidido por el general Saliquet, lo condenó «por delito de masonería» a doce años y un día de prisión menor. La muerte por asesinato de Francisco Cervantes de la Vega nunca fue inscrita en el Registro Civil, ni en Mérida ni en Badajoz. Conocemos la fecha de la muerte por los libros del cementerio de esta última.

[186] No es este el único caso en que un hecho de este tipo se silencia. La Hermandad de la Esperanza de Huelva sigue ocultando que la imagen de la Virgen la realizó el escultor valverdeño Manuel Castilla Jiménez, asesinado en Beas (Huelva) el 5 de agosto de 1937 cuando tenía treinta años. Y esto a pesar de que la familia de Castilla conserva un modelo en yeso de la imagen. La razón es sencilla: el escultor pertenecía al Grupo Laico Minerva, que reunía a jóvenes izquierdistas de Valverde del Camino. Alguien llegó a decir que parecía imposible que «de manos pecadoras hubiera salido una virgen tan bella». Para salvar el problema lo que hizo la hermandad fue pedirle en 1939 a otro escultor que la retocara para así no tener que admitir que el autor de la principal imagen era un rojo al que se aplicó el bando de guerra.

[187] Tomás y Valiente, F., «Discurso de clausura de las jornadas», en VV. AA., Justicia en guerra (Jornadas celebradas en el Archivo Histórico Nacional de Salamanca en noviembre de 1987), Ministerio de Cultura, Madrid, 1990, pp. 628 y 629.


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