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FRAY GUMERSINDO DE ESTELLA, TESTIGO DEL TERROR

Publicado el 18 de marzo de 2022, 22:19

¿Se puede y se debe dar la extremaunción a los condenados a muerte? Responde: «Es cuestión de suma actualidad, pues por cientos se cuentan los condenados a la máxima pena por los tribunales militares; y son ajusticiados comúnmente por fusilamiento; y los reos de más graves y numerosos crímenes por la horca o garrote». Propiamente, es un sacramento para enfermos que están a punto de morir. «El condenado a quien van a fusilar no está necesariamente enfermo, pero ciertamente está a punto de morir». En la duda convendrá extremunciar. El momento más oportuno será «después de la primera descarga, antes del tiro de gracia».

EDUARDO FERNÁNDEZ REGATILLO , S. J., en rev. Sal Terrae, enero de 1938 [188] .

Martín Zubeldía Inda (Estella, 1880-Pamplona, 1974), de nombre religioso Gumersindo de Estella, pasará a la historia del golpe militar del 18 de julio por su obra «Mis memorias sobre tres años de asistencia espiritual a reos», extraída de sus diarios y que recoge sus experiencias en la prisión de Torrero entre 1936 y 1942 [189] . Zubeldía fue testigo de la matanza iniciada el 18 de julio en Navarra: «Se hablaba en público de ello y se contaba el número de muertos que iban siendo enterrados en los montes, en las márgenes de las carreteras. Muchos eran ejecutados sin tener un sacerdote al lado». Problemas internos con sus compañeros fueron la causa de su traslado a Zaragoza a mediados de septiembre de 1936. Visto que en esta ciudad estaba ocurriendo lo mismo que en Pamplona, y obsesionado con la necesidad de que las víctimas recibieran asistencia espiritual, se ofreció para ello dando comienzo su misión en junio de 1937, es decir, pasada la gran matanza del 36 y cuando ya la represión había sido canalizada por la maquinaria judicial militar.

Otros muchos religiosos realizaron igual función por todo el país pero la particularidad de fray Gumersindo de Estella y el interés de sus escritos radica en que fue anotando día a día minuciosamente sus impresiones, los nombres de las víctimas, los diálogos que mantenía con ellas y las escenas en el cementerio sin ahorrar detalles, por horribles que fueran [190] . Sus comentarios expresan sus críticas sobre tan dura y penosa asistencia a personas conscientes de no haber cometido delito alguno y destrozadas anímicamente por la injusticia que se cometía con ellas. Tal asistencia abarcaba desde que se iniciaban los preparativos para el cumplimiento de sentencia hasta que, tras las descargas, recorría uno por uno la fila de muertos y medio muertos dándoles la absolución sacramental, inmediatamente antes —a veces casi al mismo tiempo— de que el militar que mandaba el piquete pasara disparándoles varios tiros en la cabeza a cada uno. Desde luego no todos hubieran estado dispuestos a realizar esta tarea. El mismo Zubeldía menciona el comentario de un religioso italiano que le acompañó en cierta ocasión, que dijo: «Una y no más. No asistiré a reos otra vez. … Mussolini no usó tanta crueldad. El hombre no tiene derecho a matar a otro hombre por discrepancia de ideas políticas. Con semejantes procedimientos se va al fracaso…».

Convencido de la mala gana con que disparaban los soldados y del sufrimiento añadido que esto acarreaba a las víctimas, se encaraba con ellos: «¡Qué mal habéis tirado! Les habéis hecho sufrir muchísimo…». Lo que diferencia al fraile franciscano-capuchino de otros religiosos como, por ejemplo, el jesuita Bernabé Copado —orden que no sale bien parada del testimonio de Gumersindo de Estella; está claro que los años treinta no constituyen un momento especialmente brillante de la orden fundada en el siglo XVI por Ignacio de Loyola— es que, por más que su preocupación primera fuera la salvación de las almas, acabó poniendo en duda el sistema que producía tantas y tan arbitrarias muertes y sintió una enorme compasión, compasión profesional pero compasión al fin y al cabo, por las personas que iban a morir y procuró aliviarlas con su religión en tan terrible trance. Así, sabedor de que el retrato de Franco situado en el altar de la capilla donde atendía a los reos era contraproducente para su tarea, intentó que lo retiraran hasta que finalmente lo consiguió; igualmente, convencido de la inocencia de algunos de ellos trató de ayudarles, consiguiéndolo en algunos casos.

Con el diario de fray Gumersindo de Estella ocurre que lo que cuenta, fuera cual fuera su intención, es horrible en sí. Todo es horrible, incluso la pasmosa frialdad con que lo cuenta. Da los nombres y edades de todos los hombres y mujeres a los que día a día atendió y reproduce las conversaciones que tuvo en los momentos previos a la ejecución. Nunca entraba en debate con ellos ni daba su parecer sobre las causas de la condena a muerte, aunque a veces llega a saber después de la inocencia de las víctimas. Detalla los fusilamientos y las muertes. Comenta lo que gritaban las víctimas en el paredón y critica cómo algunos guardas y militares les contestaban con insultos o con vivas a Franco. Para los curas queda lo que hubieron de escuchar en cumplimiento de la función que realizaron para el fascismo. Uno de estos confesores, el cura Pablo Gómez, de Zamora, contó más tarde lo que le dijo uno de los que quería preparar a bien morir, Ismael González Gamazo: «¿Por qué viene a confesarnos a nosotros? Confiese usted a quienes nos van a matar, ellos son los criminales…, no venga a nosotros, a ellos, confiese usted a quienes nos van a matar» [191] . En este sentido el diario del fraile constituye una rendija abierta al terror instaurado por los golpistas, a la locura y miseria absoluta del fascismo.

No es fácil comprender cómo aguantó lo que aguantó con el único fin de salvar las almas de tantos inocentes asesinados noche tras noche. La necesidad de que los desgraciados presos se avinieran a sus deseos le llevaba a decirles cosas tales como: «Le quiero a Ud. como si fuera amigo de la infancia». Cuando en junio de 1937 se produjo una importante saca de diversas personas relevantes de Zaragoza, el comentario del fraile se limita a considerar el hecho «lamentable» por «sufrir la última pena sin asistencia espiritual». Y es que, en medio de aquel infierno, lo peor para Gumersindo de Estella fue, una y otra vez, que los reos «partan al otro mundo sin preparación», obsesión que en aquel contexto de crimen generalizado no deja de resultar un tanto perversa y enfermiza.

En su diario hablaba abiertamente de la guerra entre fascistas y republicanos y siempre recordaba su misión: «consolar a los afligidos y salvar sus almas». Cuando ya llevaba un año en Torrero escribió: «… me convencí de lo que yo sospechaba: que la palabra “Santa Cruzada” con que han bautizado esta guerra y sublevación ha hecho mucho daño a las almas. A la guerra se debe llamar guerra; y a una sublevación se debe denominar sublevación. … Este error no ha servido sino para envenenar almas». Convencido de la existencia de otra vida mejor y muy seguro de lo bien que realizaba el trabajo, su máxima preocupación fue siempre la misma: que los que iban a morir se arrepintieran de sus pecados. He aquí otra de sus reflexiones: «Las izquierdas se apartaron de nosotros. Y nosotros, en vez de ir a buscar las ovejas perdidas, nos alejamos de ellas, pregonando la religiosa cruzada y reclamando la necesidad de castigar con más rigor…». Cuando uno de los condenados —hubo varios casos— le contó que se encontraba en esa situación por la denuncia de un sacerdote, Gumersindo de Estella escribió:

¡Cuánta ignorancia hay en el cerebro de algunos curas! ¿Ignoraba ese clérigo que las leyes de la Iglesia prohíben al sacerdote actuar de acusadores o testigos en procesos de los que puede seguirse pena capital? Si lo ignoraba era inútil para el sagrado ministerio; si no lo ignoraba era indigno de celebrar el santo oficio de la misa. ¡Cuánto daño hacen ciertos clérigos a la religión de Cristo! (p. 79).

Sirvan de conclusión estas palabras escritas casi al final de su etapa en Torrero: «Ninguno de los que presenciaron aquellas escenas podrá olvidarlas mientras viva. Pero nadie se atrevió a exteriorizar disgusto, pena o discrepancia relativa a la sustancia o accidentes del suceso, porque hubiera sido reputado como enemigo del glorioso Movimiento de Franco. Cuanto más insensible y cruel se mostraba uno, era considerado como más adicto a Franco». Concluyamos en que el testimonio de fray Gumersindo de Estella, realizado desde el interior de la máquina de matar franquista, es de gran valor por su extrema rareza y por la manera detallada con que todo se cuenta, con una morbosidad que a veces inquieta (las repetidas alusiones a los cráneos destrozados y a las masas encefálicas aún calientes esparcidas por la tierra). No obstante, el fraile, que nunca miró a los reos como rojos peligrosos, fue testigo del horror y dejó testimonio de ello, cosa que hay que agradecerle. Una y otra vez volvió a lo mal que disparaban los soldados —observaba que lo hacían contra el muro— y ya casi al final del diario concluía: «Está visto por centésima vez que los soldados están empeñados en no matar a nadie; y dejan esa labor al teniente que se encargue del tiro de gracia».

Otros —aquí mismo se han comentado algunos casos— hubieran mostrado todo tipo de reticencias o simplemente mala conciencia de haber tenido que exponer su papel en la represión. El fraile navarro no, porque, lejos de plantearse su lugar en el engranaje represivo y por crítico que fuera, estaba convencido del valor del sistema al que servía, por mejorable que fuera, y de hacer el bien, por más que algunos de los reos rechazaran su consuelo e incluso uno, Miguel Andrell, que se había negado a confesar, le dijera con sorna mientras el camión los llevaba al cementerio: «¡Qué bien hace Vd. el papel!». No gustaban nada a Gumersindo de Estella los que rechazaban su servicio y, además, ponían en duda su papel. A estos los tachaba de «rebeldes, cínicos, [y] volterianos» o de «cabeza dura e inculta». De hecho a estos «rebeldes» no les daba la «santa unción». Es muy significativo y buena muestra del fatalismo en que se movía el fraile lo que respondió a un preso que se quejó de la justicia de Franco: «Mira, hijo, la justicia de Franco es como todas las justicias humanas. Se puede equivocar y aún puede prevaricar».

[188] La cita procede del texto de una conferencia de Hilari Raguer que amablemente nos hizo llegar (29/08/2011). Álvarez Bolado reproduce otro comentario, este de marzo de 1938, de Fernández Regatillo sobre la cuestión: «Es cuestión de suma actualidad, pues por cientos se cuentan los condenados a la máxima pena por los tribunales militares; y son ajusticiados comúnmente por fusilamiento; y los reos de más graves y numerosos crímenes por la horca o el garrote» (Álvarez Bolado, op.cit., p. 220, nota 120).

[189] Gumersindo de Estella, Fusilados en Zaragoza 1936-1939. Tres años de asistencia espiritual a los reos, Mira Editores, Zaragoza, 2003. Todos los textos entrecomillados remiten a su diario. Aunque el título aluda a los años de la guerra, la realidad es que desarrolló su tarea entre 1937 y 1942, es decir, coincidiendo con la segunda fase de la represión, la de los consejos de guerra.

[190] Contamos también con los recuerdos de Fra Ricard d’Olot, Entre reixes. Records de la pressó model (1939…), Ed Mediterrània, Barcelona, 2008. Muy diferentes a las del fraile navarro pero también interesantes por la comprensión y afecto que mostró hacia los presos. La reflexión que le surge (p. 53) cuando en la primera ejecución a la que asiste debe ir dando la unción a los fusilados seguido por el oficial que iba dando los tiros de gracias es: «Que Déu em perdoni el meu noviciat malastruc» («Que Dios me perdone mi desastroso noviciado»). 

[191] Ruiz González, C., La espiga cortada…, p. 313.


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