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CAPÍTULO 23 Los reinos cristianos (711-1035)

Publicado el 2 de abril de 2022, 21:55

Los primeros reyes de Asturias, conscientes de su debilidad, procedieron con prudencia y cautela (en lo político, digo, porque en lo personal, a veces, pecaron de imprudentes; por eso, a Favila lo mató un oso en una cacería). Sólo ocuparon Galicia cuando los bereberes la abandonaron para retirarse a las tierras del sur, menos húmedas y más fértiles. Pero luego, viendo a los musulmanes enzarzados en una guerra civil, les pareció que recuperar el antiguo reino de los godos iba a ser pan comido y comenzaron a colonizar las tierras despobladas al norte del Duero. A pesar de todo, como no las tenían todas consigo, fortificaron sus pueblos y pasos con numerosos castillos, de donde procede el nombre de Castilla, que se le dio a la región más expuesta y mejor defendida, el valle del Mena y sus aledaños. Finalmente, García 1(911-914) se atrevió a trasladar la capital de Oviedo a León, cambio que psicológicamente mostraba su voluntad de extender el reino hacia el sur, recuperando las tierras musulmanas. Incluso lograron derrotar al ejército de Abd al-Rahman II en Simancas (938). Los colonos asturleoneses poblaron la Tierra de Campos, y otra vez se escuchó el familiar tañido de la campana cristiana sobre las espadañas de las nuevas iglesias, modestas y bellas construcciones como las de San Juan de Baños o la cripta de San Antolín de Palencia y San Pedro de la Nave en Zamora.

La cristiandad peninsular marchaba viento en popa, y los flamantes reyes de León estaban convencidos de que España entera les pertenecía como legítimos herederos de la monarquía visigoda. Pero les salieron primos respondones: por un lado, los vascos, que organizaron reino propio en Navarra y comenzaron a ampliarlo hacia el sur, con Sancho I (905-926), y por otro lado, los catalanes, desde que, en 988, el conde de Barcelona Borrell II, «por la gracia de Dios duque ibérico», aprovechó la decadencia del imperio franco para proclamarse independiente y ampliar sus dominios a otros condados que serían el germen de la futura Cataluña. Cataluña no había encontrado su nombre todavía, pero sus pobladores demostraban un notable espíritu emprendedor. Veintiún años más tarde se atrevieron a saquear Córdoba, devolviendo la visita de Almanzor a Barcelona en tiempos de Borrell II.

Con tan autorizados competidores, el rey de León tuvo que abandonar su utópico proyecto hegemónico y contentarse con ser un socio más del club peninsular. Además, le salieron hijos contestatarios. Los indóciles colonos de aquel rincón llamado Castilla mostraban cierta propensión a actuar por su cuenta, ignorando los formalismos y escribanías que les llegaban de la capital. Bastó que surgiera un líder, el conde de Fernán González (¿930?-970), para que se independizaran y formaran una entidad aparte, que, con el tiempo, eclipsaría al tronco del que salió y al resto de los reinos peninsulares.

Aquellos primitivos castellanos tenían prisa por crecer y en seguida se diferenciaron hasta en el habla. Dieron en parlar castellano, también llamado español, ese dialecto seco y sabroso como las vides de La Rioja en la que nació, que hoy, después de siglos de gloriosa madurez, es el segundo idioma del mundo. Precisamente uno de los mayores despropósitos del actual Estado de las autonomías consiste en que la cuna del primitivo castellano no esté ya en Castilla.

El poema de Fernán González nos da una visión ingenua y recia de los primeros castellanos:

 

Era toda Castilla sólo una alcaldía
a pesar de ser pobre y de poca valía
nunca de buenos hombres fue Castilla vacía:
de cómo fueron ellos lo sabemos hoy día.
Fue de los castellanos el principal cuidado
elevar su señor al más alto estado;
de una alcaldía pobre, hiciéronla condado,
tornáronla después cabeza de reinado.
Se llamó don Fernando este conde primero,
nunca hubo en el mundo otro tal caballero;
éste fue de los moros implacable guerrero,
por sus lides decíanle el buitre carnicero.

 

Creció Castilla, creció Navarra, creció Cataluña, y ya no quedó tan clara la hegemonía que pretendían los reyes de León. No obstante, como de ilusión también se vive, continuaron insistiendo en que ellos eran los legítimos herederos de los visigodos. Hasta incurrieron en la ficción de titularse emperadores, es decir, reyes de reyes, para sentar su primacía sobre los otros reinos cristianos.

La euforia y el gozo no duraron mucho. Cuando parecía que los moros estaban a punto de desmoronarse ante el empuje cristiano, se recuperaron y contraatacaron. En muy pocos años, la situación se invirtió, y los embajadores de León, de Navarra, de Barcelona y de Castilla tuvieron que guardar turno para postrarse ante el califa para lo que gustara mandar y llenarle las arcas con tributos.

Pero antes de referir estas miserias conviene que hagamos un alto para ver qué fue de los hispanogodos que, convertidos al islam o no, vivían en tierras musulmanas. Ellos protagonizaron dos famosas rebeliones, una espiritual y otra armada: la de los mártires de Córdoba y la del guerrillero Ibn Hafsun, que, según dicen, estuvo en un tris de dar en tierra con el poder del islam español.


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