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Condiciones del trabajo / Discriminación positiva / Sindicatos

Publicado el 7 de abril de 2022, 0:57

Condiciones del trabajo

Las consecuencias de cualquier regulación que el Gobierno impone en el lugar de trabajo las paga en última instancia el trabajador y el consumidor. Si una empresa se ve obligada por ley a poner un foco de luz adicional en su fábrica, aire acondicionado, más áreas de descanso… eso lo acabamos pagando todos. Incluso hay empresas que en muchas ocasiones no se pueden permitir estos cambios y acaban cerrando o despidiendo a personal. No deja de ser contradictorio que para mejorar su puesto de trabajo le tengan que despedir.

La ley suele ser más absurda además. Cuando el Gobierno impone nuevas condiciones de calidad para el trabajador suele distinguir entre el tamaño de la empresa. Esto significa que los que trabajan en empresas de menos de 50 empleados van a tener, por lo general, menos derechos que los que trabajan en firmas de 5.000 trabajadores. Los derechos para el Gobierno no son universales, atemporales ni necesarios, solo sirven para comprar votos.

¿Pero qué ocurriría si el Gobierno eliminase todas las leyes de calidad del trabajo? La gente suele pensar que los empresarios tendrían a sus trabajadores encadenados, con condiciones infrahumanas y haciéndoles trabajar quince horas al día. Algo así es absurdo. Las empresas no solo compiten en precio en el libre mercado, sino por todo aquello que les pueda dar un factor diferencial sobre la competencia. Y cuando pugnan por un trabajador, las cosas no cambian.

En economías algo más abiertas, como la de Estados Unidos, las empresas no solo ofrecen mayores salarios, sino también mejores condiciones de trabajo. Los empresarios otorgan a sus trabajadores servicio de guardería, una pensión o asistencia sanitaria en hospitales privados, entre muchos otros factores. En la India, el auge del outsourcing se tradujo en un gran aumento de la oferta de trabajo. Esto quiere decir que las empresas necesitaban a más gente en sus empresas. Para ello tuvieron que aumentar los salarios en más del 30 por ciento, pero no fue suficiente y añadieron multitud de beneficios para el trabajador como rápidos ascensos, transporte pagado por la empresa, más vacaciones y mayor flexibilidad laboral.

Cuando eliminamos esta competencia solo hacemos que añadir costes al mercado, lo que significa que lo pagan los trabajadores y consumidores con productos finales más caros matando incluso parte del tejido productivo. Llegamos al extremo de hacer cerrar negocios que no se pueden permitir según qué privilegios. Eso es, menos competitividad, más paro y más pobreza para todos.

 

Discriminación positiva

 

La discriminación positiva es un derecho «positivo», esto es, que alguien tiene la obligación de imponerlo restando derechos a una mayoría para otorgarlos a una minoría. En un intento de garantizar mejores oportunidades para las minorías y a las mujeres, el Gobierno realiza una serie de mandatos obligatorios a las empresas, oficinas públicas y universidades. El cumplimiento de estos programas a menudo puede costar cientos de miles de euros a las empresas en honorarios de abogados, consultores y coste de oportunidad al cambiar criterios como la raza o el sexo por el mérito, la dedicación y la alta productividad.

Es curioso ver cómo mucha gente critica la discriminación en el mundo de la empresa, pero la aplica a su vida cotidiana. La discriminación es lo que nos hace individuos particulares. Es lo que nos da la personalidad y evita que seamos mediocres. Usted no acepta a cualquier amigo, escoge las mejores personas que va conociendo. Usted no come cualquier porquería, solo come alimentos que le satisfagan. Usted no vota a cualquier político, vota al mejor (o mejor dicho, al menos malo). Usted no va a cualquier barbero ni le dice que le corte el pelo como éste quiera, sino que escoge el mejor peluquero y le dice cómo le ha de dejar el peinado. Usted no se casó con cualquier mujer, escogió a la mejor de las que conocía. No permite, incluso, que su hijo sea amigo de cualquier otro; sino que está alerta con quien se relaciona y actúa rápidamente si ve que sus compañías no son buenas ya que el chico aún no sabe «discriminar”. Lo primero que le decimos a nuestros hijos es: “no hables con extraños». ¿Y por qué lo hacemos? Porque el niño no sabe discriminar a personas. No solo discriminamos cada día, sino que lo fomentamos entre los que más queremos.

Cosas así las hacemos continuamente. De hecho, es parte de nuestra libertad. La libertad de asociarnos con quien nos dé la gana y de expulsar de nuestras vidas a miserables, indeseables, gente con la que no coincidimos, no estamos en la «misma onda», gente peligrosa para nuestros intereses incluso, o personas que simplemente nos incomodan. Y pese a que la gente lucha contra el igualitarismo y la discriminación positiva en sus vidas decenas de veces al día, no lo acepta cuando lo hace otro o la aplica una empresa. Eso es ser incoherente y un hipócrita si me permite.

Recientemente me encontré con un ex compañero de trabajo. Ambos trabajábamos en una multinacional alemana donde es imprescindible el inglés. A él le pusieron una mujer como superior para cumplir la cuota. Me comentó que en una reunión con directivos alemanes, a su jefa le entró pánico escénico por decirlo de alguna forma. No es de extrañar. Tiene una capacidad que ronda cero para la expresión inglesa (y créame, los alemanes no hablan español). Tal fue la incapacidad de la superior para dirigir la reunión que la tuvo que hacer ese subordinado amigo mío. Y lo mejor de todo es que la presentación también la había redactado él. ¿Qué aporta a la sociedad y a las empresas que asciendan a gente mediocre simplemente para cumplir la cuota?

Es totalmente cierto que una mujer puede tener las mismas actitudes que un hombre en cargos de relevancia. Es más, los profesores Daneshvary, Waddoups y Wimmer, de la Universidad de Nevada Las Vegas (UNLV), hicieron un estudio [108] con el censo de la población de Estados Unidos donde analizaron las retribuciones dinerarias de los trabajadores en las empresas. Llegaron a una curiosa conclusión. Compararon los salarios de aquellas mujeres que se definían como lesbianas contra las que se definían como heterosexuales. ¿Y sabe qué? Las lesbianas cobran mucho más que las heterosexuales. Descubrieron que las mujeres lesbianas tienen un grado más elevado de educación universitaria y están más dispuestas a trabajar en la empresa. ¿Hemos de hacer discriminación positiva contra las lesbianas también? ¿Hemos de explicar a las empresas cuáles son nuestras preferencias sexuales?

El National Bureau of Economic Research hizo un profundo estudio [109] de por qué las mujeres cobran menos que los hombres. Según el informe, las mujeres (heterosexuales al menos) tienden a cobrar menos porque abandonan el mercado laboral temporalmente para tener hijos y eso reduce su experiencia. Otro factor es que las mujeres tienden a querer trabajos con más flexibilidad y con menor presión (como por ejemplo trabajos a media jornada, teletrabajo…). Parece que las mujeres, en general, prefieren menos dedicación en el trabajo a la vez que más flexibilidad laboral. Y esto, evidentemente, se traduce en un menor sueldo. Algo así también explicaría por qué las lesbianas progresan más rápido dentro de las empresas que las heterosexuales. Pero si usted es mujer no se haga ilusiones creyendo que volviéndose lesbiana cobrará más por arte de magia. Las lesbianas cobran más porque tiene un estilo de vida diferente, más individualista. Ven el mundo diferente a una mujer casada y con hijos. Valoran más sus logros personales que dedicando parte de su tiempo a otras cosas, como por ejemplo, cuidar hijos.

El mal fundamental de todos los programas de discriminación positiva es que clasifican a las personas en «clases». Es principio puramente racista. Si un inmigrante pasa por delante de un nacional, es que consideran al inmigrante inferior y menos capacitado para ese lugar de trabajo. Si colocan a una mujer por delante de un hombre, es que consideran a las mujeres más torpes que los hombres para el desarrollo de aquel trabajo. Es ciertamente un poco humillante y vergonzoso escalar en una empresa porque el Gobierno te considere la más inútil del grupo.

Este proceso de no discriminación obligatoria (o discriminación positiva) por parte del empresario causa que tengan que poner cuotas y a gente no válida para un cargo. A un empresario, por racista o machista que sea, siempre dará mayor salario y/o fuerza al que más produzca o ventas cree. Y si no lo hace, esa persona válida, sea minoría o no, se irá a otra empresa cobrando más dinero. No subestimen el amor por el dinero de los empresarios. Está por encima de su ideología y creencias.

Evidentemente, la discriminación positiva también perjudica al trabajador, especialmente al que se sacrifica y produce más. Si cambiamos la meritocracia por los ascensos vía la ley, solo hacemos que castigar la excelencia en el trabajo. Intentar medrar por medio de la coacción del Gobierno no es una forma sana de llevar una sociedad. Solo nos llevará al conflicto continuo.

También es un coste elevado para el ciudadano. Según el Plan Estratégico De Ciudadanía e Integración 2011—2014, que básicamente es gasto para inmigrantes, el Gobierno central gastará casi 1.300 millones de euros en partidas que afectan a la discriminación positiva. De hecho el presupuesto es una malgama de asuntos destinados a todo. Y falta incluir el dinero que recibimos de Europa, pero que ojo, también pagamos.

Todo el mundo tiene habilidades y fallos. Si queremos una sociedad basada en la excelencia, la peor forma de conseguirla es anulando las habilidades del individuo mediante decretos y compra de votos.

 

Sindicatos

 

Aún hay personas que tienden a asociar sindicalismo con «mayores sueldos”, «calidad en el trabajo», o “mejoras sociales». Los datos económicos nos muestran que una de las mejores épocas de Estados Unidos fue entre 1865 a 1900. En esos periodos los sueldos de los trabajadores doblaron y el sindicalismo era prácticamente inexistente. Fue el Capitalismo el que trajo mejores condiciones de trabajo y creó la clase media actual. Como relata el historiador Thomas J. DiLorenzo:

 

“El fuerte incremento en el nivel de vida de los países capitalistas se debe a los beneficios en la inversión del capital privado, empresarialidad, avances tecnológicos, y en una mejor y mayor cualificada mano de obra […]. Los sindicatos se aprovechan de esta circunstancia buscando políticas que impidan las intrínsecas instituciones del Capitalismo.

La reducida semana laboral es una invención que nació con y del Capitalismo. La inversión de capital hizo aumentar la productividad marginal del trabajo a medida que transcurría el tiempo. Es decir, se requería menos trabajo para producir el mismo nivel de producción. Cuando la competencia se volvió más intensa, varios empresarios compitieron por los trabajadores más cualificados ofreciéndoles mejores sueldos y una jornada más reducida. Los empresarios que no ofrecieron una semana de trabajo reducida estuvieron obligados, por la fuerza de la competencia, a compensar al trabajador con mayores sueldos o simplemente dejaron de ser competitivos en el mercado de trabajo.

La competición Capitalista es también la razón por la cual haya desaparecido “el trabajo infantil” a pesar que los sindicalistas digan lo contrario. Los jóvenes se iban de las granjas para ir a trabajar a las duras condiciones de las fábricas porque era una mejor forma de supervivencia para sus familias y para ellos mismos. Pero a medida que los trabajadores empezaron a estar mejor remunerados —gracias a la inversión Capitalista y consecuentes mejoras productivas— cada vez más gente se pudo permitir dejar a sus hijos en casa y llevarlos a la escuela. La regulación sindicalista que prohibía el trabajo infantil vino después de que los niños dejaran de trabajar” [110] .

 

El sindicalismo mayoritariamente ha existido para buscar el conflicto. Los sindicatos existen principalmente para impedir la competencia. Son un cartel proteccionista del Gobierno como cualquier otro. Sus medidas solo van en la dirección de aumentar los costes de la sociedad y empresas para redistribuirlos entre sus camaradas sin importar el coste de lo que esto significa, que en realidad, es más redistribución, no de la riqueza, sino de la pobreza.

No es de extrañar la unión de sindicatos y Gobierno. En el año 2011 los sindicatos recibieron más de 18 millones de euros en subvenciones directas del Gobierno. No necesitan dinero del sindicalista afiliado ni tampoco satisfacerle. Los sindicatos persiguen más el espectáculo y la gresca mediática que la autentica mejora de los trabajadores. Buscando la confrontación solo se consigue más fricción y pérdidas totales, tanto para la empresa, como para el trabajador, como para la sociedad entera. Los sindicatos son una rémora. Chupan el trabajo de compañeros de trabajo, de las empresas, incluso de los que no trabajan vía impuestos para el único fin de crear una casta privilegiada.

La violencia sindical no solo ocurre en España. El libro Union Violence [111] cita 2.598 incidentes en Estados Unidos que incluyen el asesinato, intento de homicidio, destrucción de la propiedad, incendios provocados, sabotajes, lapidaciones, disparos, puñaladas, caos, peleas, atentados con explosivos, intimidación y un largo etcétera.

Pero podríamos aprender algo positivo de la historia. Hubo sindicalistas moderados al principio del movimiento que creían en el sistema de libre empresa y solo buscaban una sociedad armoniosa. Es el ejemplo de Samuel Gompers. El sindicalista americano creó el sindicato American Federation of Labor (AFL). Gompers dijo:

 

«El peor crimen contra el trabajador es una empresa que no obtiene beneficios» [112] .

 

¿Se imagina un sindicalista actual diciendo eso? Pues le pasaría más o menos lo que a Gompers le ocurrió. Aunque tuvo mucha fuerza al principio, fue expulsado por los radicales marxistas. Los gomperistas buscaban simplemente trabajar y mejorar en el trabajo evitando huelgas, la violencia y procurando que la empresa siempre tuviese beneficios. Porque si la empresa tiene beneficios, todos crecen con ella. Desafortunadamente el sindicalismo actual ha tomado la vía de vivir de nuestros impuestos y hacer huelgas que se resumen en destrozos urbanísticos, agresiones, coacción, violencia y confrontación social. Algo así no puede ser por nuestro bien por más en que insistan en ello.

[108] Previous Marriage and the Lesbian Wage Premium. Industrial Relations: A Journal of Economy and Society. Volumen 48. 2009.

[109] What Do Wage Differentials Tell Us about Labor Market Discrimination? June E. O'Neill, Dave M. O'Neill. NBER Working Paper No. 11240. 2005.

[110] Markets, Not Unions, Gave us Leisure. Thomas J. DiLorenzo. Mises Daily. 23/08/2004.

[111] Union Violence: The Record and the Response by Courts, Legislatures and the Nlrb. Armand J., Jr. Thieblot. Univ of Pennsylvannia. 1983.

[112] Rothschild, Michael. Bionomics: Economy as Business Ecosystem. Washington, D.C.: BeardBooks


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