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14 Alejandría, finales del año 392

Publicado el 8 de abril de 2022, 21:36

Los alumnos seguían su explicación, embobados por sus conocimientos y extasiados con su belleza.

—Esa fórmula trigonométrica os permitirá realizar los cálculos necesarios para determinar el valor de las superficies de las elipses. —Hipatia soltó la tiza con que había hecho las operaciones en la pulida pizarra—. Copiad la fórmula y aplicadla a los ejercicios.

Hipatia, frotándose las manos para eliminar la molesta sensación del yeso en sus dedos, se acercó a la terraza y dejó vagar la mirada; a sus pies estaba Alejandría, la ciudad a la que había ligado su vida y cuyos sonidos llegaban como un eco a las alturas del Serapeo. Al fondo, el Faro era como un vigía permanente que cerraba el Gran Puerto. En el aula el silencio era expectante. Sus alumnos sabían que buscaba un ejemplo que permitiese asimilar con facilidad lo que acababa de explicarles. Unos segundos después se volvió hacia ellos y comentó con voz suave:

—Todos habéis jugado con un trompo en vuestros juegos infantiles. ¿Qué ocurría cuando lo lanzabais?

La pregunta flotó en el aire un instante.

—Giraba sobre sí mismo, a la vez que se desplazaba —exclamó una joven que estaba sentada en un escabel.

—¡Bravo, Lidia! —palmeó Hipatia.

Unos gritos en el pasillo alertaban de algún suceso extraordinario. Los alumnos se miraron sorprendidos: en el Serapeo la tranquilidad y la armonía eran principios inalterables. Debía de ocurrir algo muy grave. Algunos temieron un fuego, eran demasiados los incendios sufridos en Alejandría a lo largo de los siglos.

Uno de los porteros del Serapeo irrumpió en el aula gritando. Lo hizo sin pedir permiso.

—¡Un motín, ha habido un motín! ¡Los heridos llegan por docenas!

—¿Dónde? ¿Cuándo?

La veintena de alumnos se agitó, pero las preguntas dirigidas al portero quedaron en el aire porque el hombre, después del aviso, se fue tan rápidamente como había aparecido. Ahora, junto a los gritos, llegaba el rumor de las carreras y los sonidos del desconcierto que, por momentos, se apoderaba del templo dedicado a Serapis y el más prestigioso centro cultural de la ciudad.

—La clase de hoy ha concluido.

Mientras Hipatia recogía unos pliegos con sus apuntes y sus alumnos salían a trompicones, apareció Aristarco, el amigo de su padre.

—¿Qué ocurre? —le preguntó.

—Ignoro la causa, pero parece ser que en el Barrio Real ha habido un motín. Los soldados han intervenido y no dejan de llegar heridos. Los accesos al templo están taponados por la muchedumbre.

Salieron a la galería y se dirigieron hacia la puerta principal cuando una voz les hizo volverse.

—¡Hipatia! ¡Hipatia!

Era su padre y estaba muy agitado.

—¡Menos mal que te encuentro! — exclamó Teón.

—¿Qué es lo que ocurre?

—¡Tienes que marcharte! ¡Vamos, vamos, no pierdas un instante!

El astrólogo tenía la toga manchada de sangre.

—¿Qué te ha ocurrido? ¡Estás herido!

Teón se miró, no se había dado cuenta de la sangre.

—No es mía, es de uno de los heridos. ¡Hay más de un centenar!

—Pero ¿qué es lo que ocurre? —insistió Hipatia.

Teón resopló con fuerza.

—Lo que desde hace tiempo nos temíamos.

—¿A qué te refieres?

—Esos fanáticos, siguiendo instrucciones de Teófilo, han asaltado el templo de Baco. Con unas cuerdas han tirado la imagen de su pedestal y el bronce, al estrellarse contra el suelo, se ha resquebrajado. En su interior habían anidado los ratones, que han salido por centenares. Los exaltados se han divertido a sus anchas, mofándose del dios. Diógenes se ha enfrentado a ellos, les ha increpado y les ha reprochado su actitud.

—¡Pero si Diógenes no cree en los dioses! —exclamó Hipatia.

—Pero es un hombre tolerante, enemigo de la violencia. Los parabolanos, que ya no se dedican a cuidar de los cementerios, ni entierran a los muertos, sino que patrullan por las calles, lo han golpeado con sus porras; alguna gente acudió en su ayuda y la trifulca se ha convertido en una batalla campal. Algunos han aprovechado la situación para ajustar cuentas con esos matones.

—¿Son parabolanos los heridos que traen? —Aristarco tenía el ceño fruncido.

—No lo sé. —Teón se encogió de hombros—. A nosotros nos da igual, se trata de heridos a los que hay que atender.

—¿Por qué tengo yo que marcharme a toda prisa? —preguntó Hipatia—. Puedo ser de utilidad.

—El problema no es ese enfrentamiento en el templo de Baco.

—¿Entonces?

—Eso solo ha sido el inicio.

—¿El inicio de qué?

Teón resopló de nuevo.

—Teófilo, al tener noticia de que la gente se ha enfrentado a sus monjes, ha decidido aprovechar la ocasión. Ha exigido al prefecto un escarmiento y éste ha sacado dos cohortes a la calle.

—Con Evagrio eso no hubiera ocurrido.

—Sí, pero ya no está. Teófilo consiguió que lo relegasen del cargo.

—¿Los soldados se han enfrentado a la gente?

—Sí. Ha sido entonces cuando ha comenzado la verdadera batalla. Llegan rumores de que calles próximas al puerto están llenas de cadáveres.

—¡No me marcharé!

—¿Cómo dices?

—¡Que no me marcharé! ¡En estos momentos, mi puesto está aquí!

—¡Te marcharás!

—¡No!

—¡No seas tozuda, Hipatia! Aquí poco puedes hacer y es necesario que haya alguien en casa. Estos altercados nunca se saben cómo terminan.

—Puedo ayudar a los médicos. Habrá que preparar vendas, calentar agua, lavar heridas, atender a la gente…

Un portero se acercó y susurró algo al oído de Teón.

—¿Qué me estás diciendo?

El bedel se encogió de hombros.

—Es lo que me ha dicho Pausanias. El pontífice te espera en la biblioteca, ha convocado a todos los directores.

—¡Vamos, no perdamos un instante!

Teón, olvidándose de la disputa con su hija, echó a andar. Aristarco lo agarró por el brazo.

—¿Qué ocurre?

—Estamos sitiados.

—¿Qué?

—Que estamos sitiados. Los soldados han cortado los accesos al templo y han tomado posiciones. Pausanias dice que nadie puede entrar ni salir. ¡Eso es lo que se llama un asedio en toda regla!

 

Los tres oficiales entraron en la sala con aire marcial. Sostenían en su mano los emplumados cascos, como señal de respeto. Al llegar donde estaba Pausanias extendieron su brazo.

—¡Ave, pontífice de Serapis!

El anciano agradeció el saludo con un gesto apacible.

A los directores, reunidos en torno al máximo responsable de aquel templo de la sabiduría, un monumento a la concordia, donde se habían dado la mano mucho tiempo atrás las creencias del viejo Egipto y del mundo helenístico, les agradó el saludo a la vieja usanza.

—Sed bienvenidos. ¿A qué debemos vuestra visita?

—Te traemos un mensaje del prefecto.

—Hacednos entrega de él.

—Es un mensaje verbal, pontífice.

Pausanias arrugó el entrecejo.

—Habla entonces.

—Desde este momento dispones de hasta una hora antes de la puesta de sol para abandonar el Serapeo y entregarlo a la custodia de las tropas a nuestras órdenes.

Un coro de protestas acompañó las últimas palabras del centurión y las exclamaciones de sorpresa de los directores llenaron el lugar. ¡Aquello era algo inaudito!

A Pausanias le costó trabajo imponer silencio.

—¿Nos pide el prefecto que abandonemos nuestra casa? —El pontífice quiso rebajar el tono y consideró la exigencia una petición.

—Puedes llamarlo así.

—¿Por qué razón?

—La ignoro, pontífice, nosotros cumplimos órdenes.

—Pero esas órdenes tendrán una causa —insistió Pausanias.

El militar intercambió una mirada con sus compañeros.

—Las órdenes que hemos recibido son muy escuetas. Aunque supongo que la razón que me pides está relacionada con el cobijo a los malhechores que se han enfrentado a los soldados imperiales.

Otro coro de protestas inundó la sala; el pontífice necesitó de toda su autoridad para imponer un precario silencio.

—Es cierto que mucha gente ha llegado hasta nosotros en busca de auxilio. Muchos solicitan remedio para sus heridas y algunos otra clase de atención porque están atemorizados. Pero quienes acuden a nosotros en demanda de auxilio no son malhechores, sino honrados ciudadanos de Alejandría que han sido vejados en sus creencias.

—Yo cumplo órdenes, pontífice.

—No lo dudo, pero has de saber que ésta es una casa abierta a todos los que tienen ansia de saber o buscan consuelo para sus males. Nuestros maestros enseñan en sus aulas geometría, física, astrología, trigonometría, astronomía, música y filosofía.

Nuestra biblioteca está abierta a los lectores y nuestros médicos atienden a los enfermos. Rendimos culto a nuestro dios Serapis y damos respuesta, cuando la tenemos, a las cuestiones que se nos plantean.

¿Qué mal hay en ello?

—Soy un soldado y cumplo órdenes. El plazo expira una hora antes de la puesta de sol.

 

A petición del pontífice, los directores reunieron en sus despachos a los miembros de sus secciones. Pausanias, antes de tomar una decisión, quería conocer la opinión de todos los miembros del Serapeo; una hora después tenía una respuesta y se sintió lleno de orgullo, aunque era consciente de que con orgullo no se resolvía aquella situación. La negativa a abandonar aquel templo del saber y símbolo de la tolerancia religiosa era prácticamente unánime. Eran conscientes de que aquella decisión era poco menos que un suicidio, porque no tenían esperanzas de que un ejército en marcha acudiese a socorrerlos; tampoco se esperaba una orden imperial que salvase la situación. Pausanias y los suyos se aferraban a un sueño: su resistencia era un símbolo que podía espolear a los alejandrinos y provocar una insurrección general que pusiese en un aprieto a las tropas del nuevo prefecto imperial, que había relevado a Evagrio. Era una remota posibilidad.

Ordenó hacer inventario de los alimentos que había en los almacenes y bodegas, y evaluó con los directores las posibilidades de soportar un asedio. A media tarde tenía todos los datos en su poder. El número de personas que se hallaban encerradas superaba las mil ochocientas, pero la amplitud de las dependencias les permitiría cierto acomodo. Las despensas estaban generosamente abastecidas, tenían alimentos que, convenientemente racionados, les permitirían resistir más de cuatro meses y el manantial que había en el interior del templo los dotaba de agua. El punto débil era la falta de soldados; los vigilantes no llegaban a las tres docenas y con los criados no alcanzaban el centenar. Su única ventaja estaba en los gruesos y altos muros del edificio, pero un ataque de los legionarios romanos tenía pocas posibilidades de ser rechazado con éxito. Tal vez podrían contener la primera o la segunda de las arremetidas, pero un asalto en toda regla se convertiría en un desastre para los encerrados. Pausanias se mostró partidario de buscar una solución negociada. Muchos protestaron, pero al final se impuso la cordura.

Poco antes de que expirase el plazo dos de los directores, Harmodio y Filotas, bajaron, con ramas de olivo en sus manos, a parlamentar con el prefecto. El representante imperial estaba en una improvisada tienda de campaña; lo acompañaban el patriarca Teófilo y el joven Cirilo, que se encargaba de la secretaría del patriarcado.

Los dos enviados supieron que la presencia del patriarca no anunciaba nada bueno. Después de los protocolarios saludos, expusieron su oferta. Deseaban una solución pacífica para aquella situación.

—No tenéis otra opción —les exigió el prefecto.

—Ese recinto tiene sus propietarios y administradores.

—Ya no —respondió con sequedad el prefecto.

—¿Cómo que no?

—¿No conocéis los nuevos decretos imperiales?
—¿A qué decretos te refieres? —preguntó sorprendido Filotas.

—A los que prohíben los sacrificios a los dioses paganos y la asistencia a sus templos.

—¡Esos decretos solo son de aplicación en lugares muy concretos! —protestó Filotas.

—El emperador los ha extendido a todo el imperio, desde el pasado mes de junio también están vigor en la provincia de Egipto.

Los dos hombres enmudecieron.

Teófilo guardaba silencio, pero disfrutaba del momento.

Filotas, el más joven de los directores —tenía a su cargo la sección musical del Serapeo—, fue el primero en reaccionar, aunque su voz sonó vacilante:

—Desconocíamos ese edicto imperial.

—¡Pues ya lo conocéis! —exclamó Teófilo, hinchado como la cola desplegada de un pavo real.

—¿Qué ocurrirá con el Serapeo?

—¡Queda bajo mi autoridad! —exclamó el patriarca.

—¿Qué pasará con quienes están allí?

—Se permitirá la salida a todos los que allí se encuentran —respondió el prefecto.

—¿A todos?

—A todos.

—¿Sin excepciones?

—Ninguna.

—¿Nos disculpas un momento? —Filotas se dirigió al prefecto, dejando de lado al patriarca—. Necesitamos hablar.

Los dos hombres salieron de la tienda, apesadumbrados por una noticia tan dolorosa. Con un decreto imperial, la situación había cambiado por completo. La resistencia en el Serapeo podía ser considerada como desobediencia al emperador y eso era rebeldía. Un delito que se pagaba con la vida. Después de un breve intercambio de opiniones regresaron a la tienda.

—Solicitamos de tu benevolencia una prórroga del plazo que se nos ha otorgado.

A pesar de que se habían dirigido al prefecto, Teófilo, que empuñaba un corvo bastón, se levantó airado:

—¡Una prórroga para dar cumplimiento a los decretos del emperador!

—Te lo suplicamos, prefecto, en el templo hay numerosas mujeres y niños. También muchos ancianos y varios centenares de heridos. Lo que solicitamos no supone ningún desacato por parte de quienes ignoran en este momento la voluntad del emperador. Nos acogemos a tu benevolencia.

El prefecto los miró en silencio. Se levantó y fue hasta la puerta de la tienda. El sol declinaba rápidamente, al día no le quedarían más de un par de horas de luz.

—Está bien, tendréis lo que pedís. Pero si mañana, una hora después del amanecer, no tengo una respuesta, mis soldados iniciarán el ataque. Seréis responsables de lo que pueda ocurrir.

Teófilo inició una protesta que detuvo un enérgico gesto del prefecto. Harmodio y Filotas agradecieron la prórroga y se retiraron a toda prisa. Mientras ascendían por el empinado camino que conducía al Serapeo les embargó la tristeza; podía ser la última vez que subiesen aquellas cuestas.

 

Fue una noche larga, llena de tensiones, tanto dentro de los muros del recinto como en sus alrededores. En el interior se discutía apasionadamente sobre la mejor de las decisiones posibles.

—Podemos acogernos al amparo imperial. Según una vieja ley, cualquiera puede someter su caso al dictamen del emperador.

—Olvidas, mi buen Hiparco, que el emperador se llama Teodosio —señaló un anciano magister de pronunciada calvicie—. Acabas de conocer la noticia que nos han traído Harmodio y Filotas.

—Nos permitirá ganar tiempo. Constantinopla está a dos jornadas, dispondríamos al menos de una semana para elaborar algún plan —insistió Hiparco.

—Solo serviría para prolongar nuestra agonía —indicó Teón—. Aislados del exterior, sería un martirio. ¿Has pensado en toda la gente que ha buscado la protección de estos muros? ¡Tiene hogar, familia, negocios que atender, obligaciones…!

—¿El prefecto ha garantizado la vida de todos los que estamos aquí? —preguntó Pausanias una vez más.

—Así es —ratificó Filotas—. Pero me temo que, si abandonamos el Serapeo, los parabolanos del patriarca lo arrasarán hasta sus cimientos.

Se alzó un murmullo de voces manifestando voluntad de resistencia.

—Es inútil. —Un abatido Pausanias negaba con ligeros movimientos de cabeza.

—¿Qué es inútil? —preguntó Aristarco.

—La resistencia que proponéis muchos de vosotros. No somos soldados; somos físicos, matemáticos, astrónomos, somos hombres de ciencia y bajo nuestra responsabilidad hay centenares de personas, muchas de ellas heridas, otras contusionadas; todas han buscado nuestro amparo. No podemos conducirlas a un sacrificio inútil por sostener nuestros principios. Fuera hay soldados y gentes que han convertido la violencia en su oficio. Resistir sería un desastre porque la ley está en contra de nosotros. Ese edicto imperial, que ahora conocemos, modifica sustancialmente nuestra posición.

—Si esas gentes han venido hasta aquí, es porque confían en Serapis y han buscado su cobijo. Les dará ánimos su amor a las tradiciones de nuestros mayores. ¡Es mucha el ansia de libertad!

—Aristarco era el más ferviente defensor de la resistencia.

—¿Cuánto les durará? —farfulló un abatido Pausanias.

En el exterior la tensión también era palpable, aunque por motivos diferentes. En improvisadas tiendas de campaña y alrededor de las hogueras, los soldados pensaban en el botín que les aguardaba. Por Alejandría circulaban numerosas historias acerca de las fabulosas riquezas que atesoraba el templo.


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