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21 Lo mítico se une a la muerte

Publicado el 17 de abril de 2022, 11:29

—Los Caballeros de la Muerte —prosigue— fueron una unidad paramilitar de las llamadas Milicias Nacionales. En un principio estaba formada por falangistas gallegos, pero después se fueron incorporando de diferentes provincias. Dicen que en un primer momento contaba con 170 miembros. Su misión consistía en ocupar terrenos ya derrotados por el ejército franquista para asentarlos y pacificarlos definitivamente. Su campo de operaciones se centró en exclusiva por las zonas mineras de León y Asturias.

La información no os aporta nada, no porque fuera de dominio público, sino por ser conocido de todos los que pelearon en la guerra y que aún estaban vivos. Tú mismo conoces su existencia y la de las batidas de exterminio que emprendían apoyando a las fuerzas de represión. Deseas que tenga algo más de información, pues lo que os ha dicho sirve para poco. Aunque en el fondo te alegra, porque sus escasos conocimientos le permitirían vivir. Pero la muchacha no se detiene, lo que os acaba de contar no es más que la introducción.

—Sobre ellos, sólo consta el testimonio verbal de los supervivientes a su exterminio. He realizado más de doscientas entrevistas, todas fueron hechas a gentes que los vieron asentados en sus tierras o que sufrieron su sadismo. Asesinatos, torturas,violaciones fueron el balance.

—¡Joder! Yeran como el caballu del Atila —interrumpe Pichi.

—Cállate, y deja que prosiga —le gritas.

—Lo que usté diga, paisa.

—De mis entrevistas —sigue Paloma—, ninguna ha podido ser a un guerrillero. La mayoría fueron ejecutados, encarcelados o se exiliaron, sin intención de volver. Usted es el primero que me encuentro y espero que me pueda aportar algo más.

—Continúa —le dices—. Cuando termines tu exposición, si veo que en algo puedo ayudar, no dudes que lo haré.

—Como les decía, no existe ningún documento que asegure su existencia, ni ahora, ni entonces, salvo los cadáveres que dejaron esparcidos por las montañas. Fíjense que hace dos días han visto la luz dos volúmenes sobre las Milicias Nacionales, escritos por un militar —crees que se refiere a los dos tochos de Rafael Casas. Tú también estás pendiente de todo lo que se publica sobre la guerra—, y en más de mil páginas sólo los cita en unos renglones en el volumen segundo, en la página 933 —se lo conoce de memoria, piensas—. Pero no consta ni ahí, ni en ningún otro lugar, que los desmovilizaran.

—Pudieron quedar integrados en otros grupos, o como miembros regulares de Ejército —muestras tus dudas.

—Tampoco —responde segura—. Fíjese que incluso los requetés se fueron integrando casi todos en el Tercio de Cristo Rey. Pero de los Caballeros no se conoce nada. He preguntado a falangistas de aquella época sobre ellos, y sólo me hablan de cierto apoyo que debieron prestar a la Guardia Civil para perseguir al Maquis —esto último tenía cierta relación con lo que conocías hasta ahora—. Me dijeron también que era posible que se mantuvieran agazapados, por precaución… —ve tu gesto de extrañeza, e intenta explicarse—. Es que fue una época en la que Franco quería apartar del poder a la Falange, debido a la derrota del fascismo en la II Guerra, ya que deseaba presentar a España como alejada del nazismo. Fue en ese momento, en las universidades, cuando sus líderes rescataron ciertos símbolos y rituales ancestrales para revitalizarlos.

—¿Cuáles? —a tu mente ha llegado de golpe el anillo rojo.

—De los que tengo testimonio es de dos: los anillos y… —¿dijo anillos?, intentas averiguarlo.

—¿Anillos?

—Sí, sus dirigentes llevaban anillos con una piedra: la roja para dirigentes de segundo orden, cuyo número era de tres; el jefe la llevaba negra.

—Luego, cuatro anillos —preguntas, para asegurarte—, tres rojos y uno negro.

—Sí. Y los cuatro con el emblema del número pi —¡claro!, eso es lo que viste grabado en el anillo de Jordán. No era una u ni una ene extraña, era el símbolo del número pi.

—Para ellos, el número pi tiene connotaciones de poder y triunfo, e indican su estructura.

—¿El pi nun yé el ñúmeru del redondel? ¿El tres, catorce, dieciséis? —interrumpe Pichi.

—Cállate, Pichi. Y deja que termine —dices, enojado.

—Tranquilu, paisa. ¡Joder, qué temperamentu!

—Continúa, por favor —ruegas a Paloma.

—Connotaciones de poder y estructura, les dije. Verán, su lema era: detrás del tres, está el uno y después todos los números.

—¡Dígotelo yo! ¡Qué dolor de cabeza! ¿Y qué yé eso? —otra vez Pichi interrumpiendo.

—¿El pi, no es 3,1415…? —la explicación estaba dedicada a Pichi, que asentía—. Detrás del tres, el uno. Que significa: Tres anillos rojos y uno negro. Un jefe y tres subjefes.

—Ah —respondió Pichi, que la miraba con la boca abierta, algo así como si estuviese en clase después de muchos años.

—Y después todos los números, ¿qué quiere decir? —Ahora eres tú el que pregunta.

—Mire —extrae de su carpeta varias hojas llenas de números—, hace unos años, con una computadora de un centro de investigación intentaron extraer todos los decimales del número pi. Consiguieron llegar a más de cien mil cifras, es un número infinito, no se termina nunca. La magia de este número se encuentra en que si usted elige una cifra al azar, siempre la va a encontrar entre sus infinitos decimales. Fíjese —coloca la tercera hoja delante de vosotros—, aquí aparece el número de teléfono de mis padres, este es el número premiado en la lotería de Navidad del año pasado.

—A ver, a ver —dice entusiasmado Pichi—, ¿traerá la matrícula de mi coche?

—¿Cuál es? —le pregunta Paloma.

Y los dos, igual que críos, revisan ensimismados la secuencia de decimales infinitos del número pi. Lo que acaba de narrar te interesa poco. Tal vez sólo tiene importancia si consideras la estructura de mando de la cúspide. ¿Será Camilo el anillo negro? Pides un café, mientras Paloma y Pichi buscan el número de la matrícula entre los decimales.

—Aquí está —dice, Paloma.

—Ande, ande —Pichi está exultante de alegría. En su inocencia, que el número de la matrícula de su coche esté en la relación, se le presenta como algo esotérico.

—Aquí —repite Paloma. Y, antes de que subraye el número, le sujetas la mano.

—No subrayes nada —casi se lo ordenas—. Si estos papeles caen en manos de alguien que quiera saber sobre tu vida, le estás ofreciendo toda la información. Por ejemplo, ya saben que ese número significa algo. No tendrán nada más que comprobar qué es, y verán que es un teléfono. El paso siguiente será indagar de quién es, y ya estás localizada. Y así sucesivamente.

—¡Es verdad! —exclama, contemplando las hojas llenas de números rodeados por un trazo de tinta—. Aquí está el número de mi documento de identidad, este es la fecha de nacimiento de mi madre, esta la de mi padre, esta… —y comienza a rodear más números, con la ingenua creencia de que si lo hace así, nunca distinguirían los buenos de los erróneos.

—Pero, qué agudu yé usté, paisa —ya está Pichi de nuevo tocándote las narices.

—Antes nos dijiste que habían rescatado dos símbolos. ¿Te referías a los anillos y al número pi? —preguntas, mientras Pichi se pierde por los números.

—No. Los anillos y el pi van relacionados. Me refería a su estandarte, a su pendón.

—Explícate —quieres que lo cuente rápido, necesitas conocer, tener datos, y todo va demasiado despacio.

—El emblema de su pendón era la silueta de un caballero matando desde su montura con una lanza a un jaguar. Todo sobre fondo negro —otro dato que podía haber quedado en las cuevas para deleite de arqueólogos, pero que a ti no te servía para nada. Tal vez es tu mentalidad utilitarista, piensas.

—Poco nos ayuda —dices, mientras tomas el café antes de que se enfríe.

—No le servirá a usted, pero para conocer la historia de los Caballeros de la Muerte ayuda mucho —dice, muy enojada, es como si sintiera que estás menospreciando sus investigaciones.

—¿Por ejemplo? —Ahora si te ha intrigado.

—Verá, en el año 1300, cuando la guerra entre el rey Carlos II de Anjou y Federico de Aragón, rey de Sicilia, delante de la fortaleza sitiada de Gagliana, llegaron 300 caballeros venidos de Francia con ese estandarte. ¿Y sabe como se denominaban? —No lo sabes, pero te lo va a decir—. Los Caballeros de la Muerte.

—Yé cojonudo tó esto —anima Pichi.

—Aún hay más —adelante nenina, pero lo que nos estás exponiendo no sirve para nada, piensas—. En la cultura Maya —¿ha dicho cultura Maya? No te lo puedes creer—, que adoraban al sol, Ahaw K’in lo llamaban, existía el mito de que cuando por la mañana daba luz y calor se encontraba en su plenitud. Por la noche, al ocultarse entre las montañas, estaba débil y se transformaba en jaguar. Un jaguar con poderes que luchaba contra los Caballeros de la Muerte. Si por la mañana el sol regresaba, era que había derrotado a los Caballeros. El día que la oscuridad fuera eterna, significaría el triunfo de los Caballeros de la Muerte.

—Centremos un poco todo —dices, casi desesperado, atusándote los cabellos—. América no se descubre hasta 1492, tus caballeros franceses de 1300 y los Mayas no tenían conexión.

—¿Lo ve? Ahí radica todo —¿qué radica, nenina?, te preguntas. Y te dan ganas de levantarte de la mesa y salir a la calle para golpearte la cabeza contra un canto rodado del pavimento—. Toda Orden de caballeros medievales tuvo un origen modesto, un maravilloso crecimiento y trágico final. Supongo que conocerán la desaparición trágica en 1307 de los Caballeros Templarios. Y sin embargo, en ningún lugar se narra la disolución de los Caballeros de la Muerte.

—¿Y que tiene que ver eso con los Mayas? —estás desesperándote.

—Usted ha dicho que se descubrió América en 1492. Estudios recientes demuestran que muchos europeos habían entrado en Norteamérica por el estrecho de Bering, muchísimos años antes —ya no puedes más, la desesperación inunda hasta el pie que tienes inmóvil.

—Claro, y un grupo de los que entró por Bering fueron tus caballeros, que fueron a molestar a los Mayas seis mil kilómetros más abajo —dices, con sorna.

—Ríase lo que quiera. Pero hay evidencias del paso de los Caballeros de la Muerte en diferentes épocas y culturas.

—Vamos a ver —dices, por centrar un poco la conversación—, lo que es un hecho es que los Caballeros de la Muerte fueron milicias falangistas, que se unieron al ejército de Franco. Su misión fue pulir el gran solar en el que convertían las fuerzas franquistas diferentes zonas, en especial las cuencas mineras. Y la razón se encontraba en que en ellas se había producido la revolución del 34 y Franco no escatimaba recursos para doblegarlas. Es posible que después de la II guerra mundial, en ese ánimo de revitalizar la Falange por parte de grupos universitarios, algún grupo decidiera denominarse de esa forma. Y hasta es posible que ciertos miembros todavía estén organizados. Pero de ahí a los Mayas, al sitio de Gagliana en Sicilia, la leyenda del dios Sol, el jaguar y todo lo que has contado, media un abismo.

—Pero está ahí, nada más hay que sacarlo a la luz —repite, haciendo valer su tesis.

—No —sentencias rotundo—, lo que ha debido ocurrir es al revés: cuando los grupos universitarios quieren resucitar la Falange, adoptan ciertos nombres del pasado, para dotar a sus grupos de una mítica: el pi, el anillo, el pendón, los Mayas, el jaguar… Pero no hay que creerse las mentiras épicas que se inventaron. El fascismo siempre se ha alimentado de irracionalidad. En fin —suspiras, cambiando el tono—, lo que me preocupa es averiguar si los Caballeros de la Muerte aún están organizados. Toda esa mítica no me interesa. Además, puedes estar tranquila, mientras sigas investigando esas cuestiones, no tienes nada que temer. El resultado de las mismas no hará peligrar tu vida —Paloma había bajado la cabeza, estaba derrotada. El entusiasmo del neófito se lo habías sumergido en la mugre de la realidad.

—Nun fagas caso —es Pichi el que interviene—. Tó yé mu interesante —Paloma se había animado ante las palabras de Pichi—. Al paisa, nun le escuches, nin puto caso, yé un amargáu y un cascarrabies. A mí gustome a maza lo que contaste. ¿Por qué nun cuentas algo más? —ahora era el Pichi el que la instiga.

—Fíjate —Paloma habla para Pichi, evitando tu mirada—, hasta qué punto llegaron que a principios de los años treinta, con el auge del fascismo por Europa, los propios científicos, al streptococcus pneumomiae, el neumococo, que había provocado más muertes que el infarto o el cáncer, lo llamaron el capitán de los Caballeros de la Muerte —no, si ahora va a resultar que su jefe se llama neumococo y lleva un anillito negro colgado de…, piensas, mientras te muerdes la lengua hasta que casi sangra.

—¿Cómo yé, oh? —pregunta Pichi, entusiasmado.

—Lo hicieron por la capacidad que tenía de mutación y de influencia sobre el desarrollo de la virulencia. Y para ello se basaron en los Caballeros de la Muerte.

—¡Rediós, lo que metás contando, fia! —exclama Pichi, sin haber comprendido nada.

—Pero aún hay más —¿más? ¡Qué gran desastre! Estás desquiciado del todo—. Mira esta lámina —le dice a Pichi, pero tú también la observas, es un cuadro de Dalí, La Poesía de América o Atletas Cósmicos.

—Los Atletas Cósmicos, de Dalí —respondes.

—Cierto, ¿pero sabes cómo lo llamaba su autor? —Sigue hablando con Pichi e ignorándote. ¡Hala!, no se lo digas nenina, que seguro que ya lo ha adivinado.

—Los Caballerus de la Muerte —responde Pichi, como si fuera la solución a un acertijo.

—Efectivamente. Dalí quiso representar en la obra el conflicto racial, y este no se terminaría hasta que las razas no peleasen y saliese el hombre nuevo que aventuraba el cristianismo. Ya que…

Dejas que siga con su esquizofrénico discurso embobando a Pichi. Tú ya no puedes más, ¡qué desastre! Han comenzado los dolores por todo el cuerpo uniéndose al agotamiento. Esa nenina ha colmado tu capacidad de interpretación de la historia para muchos años. Para que luego digan que los hechos son objetivos, cuando en realidad cada uno los interpreta como le viene en gana: reconstruyendo a su antojo la historia.

Los dos quedan hablando, te diriges hacia la calle, quieres dar un paseo, que el fresco de la meseta alcance el rostro. De repente, lo ves, un coche está patrullando la calle, va despacio y su único ocupante aminora aún más la marcha según se acerca a algún lugar con la luz encendida. No has podido distinguir al conductor.

No estás paranoico, alguien te viene siguiendo desde hace varios días. Y está casi a tu lado.


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