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Capítulo XV 482-511

Publicado el 17 de abril de 2022, 23:21

—¡Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados!

Desde lo alto de la colina Jesús continuaba lanzando sus exhortaciones, y a cada una de ellas la muchedumbre levantaba los brazos al cielo y daba un gran grito. El espectáculo de aquel hombre, con los cabellos lisos y largos hasta los hombros y con las grandes manos de trabajador extendidas hacia los presentes, tenía algo de hipnótico que sedujo también a Adunco, haciéndole olvidar por un instante el peligro. Pero solo por un instante: echó una rápida ojeada hacia el lugar en el que había visto a aquel hombre canijo, que evidentemente hacía su mismo oficio pero para otro amo, pero no lo encontró y entonces se desplazó inmediatamente unos pasos para apoyar la espalda contra un árbol, con la mano en el mango del puñal.

—¡Bienaventurados los que ahora lloran, porque reirán! —llegó la voz de Jesús.

Habrá que ver cuándo, se dijo Adunco, y una voz irónica a su lado le repitió, como un eco, el pensamiento en su mismo latín:

—Habrá que ver cuándo. La sensación de peligro se disolvió, pero la mano permaneció en el puñal.

—¿Pilatos? —preguntó el viejo comisario.

—¿Tiberio? —dijo el otro por toda respuesta, y ni tan siquiera se tomaron la molestia de confirmarlo.

—¡Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra!

La voz estentórea de Jesús sacudía de nuevo a la muchedumbre, que respondía con gritos de euforia. Apenas se sentaban, llegaba una nueva exhortación desde la cima de la colina:

—¡Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia! ¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios! ¡Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios!

—Llámales como quieras —dijo la misma voz—, con tal de que hagan estar tranquila a esta gente. ¿Puedo saber tu nombre?

—Lucio Valerio.

El pequeño griego miró la nariz de su interlocutor y no pudo contener una exclamación:

—¿No serás Adunco, el jefe de la policía de Roma?

—Retirado —respondió el otro—, pero lamentablemente, como puedes ver, todavía de servicio.

—Yo —dijo el griego— me llamo Afranio, pero no hay razón para que me conozcas: aquí estamos en provincias, condenados al anonimato.

Ante el sonido un tanto quejumbroso de aquella voz, que lamentaba la inmerecida oscuridad de su destino, Adunco se decidió a quitar la mano del puñal: su adversario, al menos por ahora, no sería peligroso, quizás incluso podrían trabajar juntos.

Los hosannas de la muchedumbre se aplacaron, y en seguida la voz de Jesús llenó el precario silencio:

—¡Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el reino de los Cielos! ¡Bienaventurados seréis cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa! ¡Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa!

—¿Tienes algo que ver en esto? —preguntó Adunco.

—Para nada —respondió el hombre de Pilatos—, es todo de su cosecha. ¿Qué piensas tú?

El otro se encogió de hombros.

—Casi no puedo creérmelo.

—¡Pero, ay de vosotros, los ricos!

Tras esta nueva exhortación de Jesús, surgió de entre la multitud un tremendo rugido, y el viejo policía hizo una mueca.

—Era demasiado bonito para ser cierto —dijo.

—Espera —aconsejó Afranio sonriendo—, que no ha terminado.

—¡Ay de vosotros —prosiguió Jesús cuando el grito se apagó—, porque habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros los que ahora estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!

—Si no he comprendido mal la situación —dijo Adunco—, imagino que
esto va dirigido a los saduceos.

Así es. Y, sin embargo, como todos los ricos, prefieren pasárselo bien en este mundo a preocuparse del otro.

Ahora la gente estaba toda de pie y gritaba con el rostro congestionado, los hombres con las manos cerradas en un puño, las mujeres con las palmas abiertas. Los niños chillaban con sus vocecitas agudas o estaban pasmados, con los ojos como platos, y algunos de los más pequeños lloraban espantados abrazados a las piernas de sus padres. También el grupo en lo alto de la colina estaba de pie detrás de Jesús, y Adunco pudo contar con exactitud a doce hombres y cuatro mujeres.

—¿Sabemos quiénes son? —preguntó, y al oído del otro aquel plural sonó lisonjero: eran colegas, trabajaban juntos.

—Todos —dijo con satisfecha sencillez—, los conocemos a todos.

El hombre anciano se volvió para mirarle:

—¿Y alguno de ellos es vuestro…?

Afranio asintió, con una sonrisa orgullosa, y se disponía a decir un nombre cuando el estruendo de la multitud se redujo a una gran respiración y se alzó de nuevo la voz de Jesús.

—Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no os resistáis al malvado, y si alguno abofetea vuestra mejilla derecha, ofrecedle también la otra; y al que quiera litigar con vosotros para quitaros la túnica, dejadle también el manto, y si alguno os obligara a acompañarle una milla, id con él durante dos.

Se alzó un murmullo incierto, porque aquella norma —por la que cualquier romano podía pedirle a cualquier judío que le llevara el equipaje a lo largo de una milla— era una de las más humillantes del estatuto de ocupación, pero la voz del predicador alzó de nuevo su tono y se impuso:

—Habéis oído que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los Cielos, que hace salir el sol sobre los malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos.

Finalmente, al cabo de un rato del que también Adunco había perdido toda noción, la gente comenzó a dispersarse. Los dos espías se quedaron viendo desfilar a aquellos miles de personas, en cuyos rostros se dibujaba todavía una sonrisa en la que era perfectamente visible un sentimiento de paz y de felicidad; luego, sin necesidad de consultarse, echaron a andar para alcanzar al grupo que permanecía en el séquito de Jesús. Aquel incluía a otros gentiles, de modo que no llamarían la atención.

Se dirigieron todos hacia Cafarnaún, de nuevo entre la gente que volvía hacia el norte o hacia las aldeas de la costa opuesta del mar de Galilea. Adunco y Afranio se quedaron voluntariamente rezagados, pero también allí podían oír los comentarios entusiastas de los discípulos de Jesús en aquella jornada memorable. A veces ellos mismos se veían envueltos en la conversación, y el hispano pudo admirar el perfecto dominio que su nuevo compañero tenía del arameo, con el que vino varias veces en su ayuda. Pero comenzó a hacerse de noche, y el cansancio a dejarse sentir, y poco a poco las voces de los caminantes se debilitaron y se apagaron: cada uno meditaba sobre lo que había oído, sacaba conclusiones, se hacía propósitos.

Los dos policías aprovecharon la situación para estrechar lazos y analizar los hechos. Adunco dio las gracias a Afranio por la deferencia que este le demostraba, pero no dudó en decirle:

—Es verdad, he desempeñado en Roma una posición importante, y tengo una experiencia, por desgracia, bastante larga, pero aquí en Judea el experto eres tú. Tu ayuda me sería inestimable, y creo que nuestro trabajo en común beneficiaría tanto a Tiberio como a Pilatos.

El pequeño griego se detuvo un momento y luego dijo:

—Mucho me temo que haya problemas.

—¿Sejano?

—Él precisamente.

Adunco se encogió de hombros.

—No en este caso. Pilatos no se lo dirá.

—¿Cómo puedes estar tan seguro de ello? —preguntó Afranio asombrado—. ¿Tan bien conoces al prefecto?

—De una u otra manera —explicó Adunco—, Tiberio recibe en Capri una copia de todos los informes que llegan a Roma. Si Pilatos revelase a Sejano mi presencia, que oficialmente es secreta, Tiberio pensaría que el prefecto de Judea ha querido actuar contra el emperador.

—Pero Pilatos bien podría escribir directamente a Tiberio.

—Y entonces el emperador pensaría que lo había hecho para que la noticia llegase a Sejano, pues también él recibe una copia de todo.

—Y si Sejano llegase a… —comenzó diciendo el pequeño griego, pero dejó la frase en suspenso.

—Entonces —dijo Adunco captando el resto sin dificultad—, el prefecto de Judea caería en desgracia ante el nuevo emperador, por no haberle informado. Con toda justicia, me atrevería a añadir, en vista de que le debe tanto. Pero no sucederá, Afranio: el prefecto del pretorio no conseguirá convertirse en emperador.

—¿Cómo puedes estar tan seguro de ello?

De nuevo Adunco se encogió de hombros, en el gesto de indiferencia que era habitual en él.

—Ni siquiera ha conseguido matarme a mí —dijo—, a pesar de que lo intentó varias veces.

En Cafarnaún el grupo se había reducido ya a los discípulos de Jesús, que normalmente dormían al raso porque su número había aumentado tanto que en las casas de la aldea no había sitio para hospedarles a todos. Afranio tocó el codo de Adunco para conducirle hacia un patio que, le dijo, pertenecía a Leví Mateo:

—Es uno de los doce —explicó— que Jesús ha elegido como sus enviados. Apóstoles, diríamos nosotros los griegos.

También en aquel patio se estaban acomodando para la noche algunos discípulos, y Adunco no se asombró cuando uno de ellos, de piel oscura pero de pelo rubio, se acercó a ellos e intercambió con Afranio alguna palabra que él no comprendió. Sin embargo, en cuanto se alejó, el griego explicó al hispano:

—Hablábamos hebreo, por prudencia. Por extraño que pueda parecer, es una lengua que ahora ya muy pocos judíos hablan.

—¿Tienes a otros hombres por aquí?

—A algunos otros —admitió Afranio—, pero aumentaré su número. Deben observar todo cuanto sucede, hacer de mediadores con nuestro apóstol, y estar atentos para que a los zelotas no se les ocurra cortar este mensaje de paz con una buena puñalada.

—Son nuestros más acérrimos adversarios, ¿no es así?

—No solo nuestros, sino también de cualquier judío que no piense como ellos. Vistos sus anteriores fracasos en la rebelión abierta, los zelotas han desarrollado un método de lucha que consiste en dar muerte a sus enemigos de uno en uno. Esperan a que se presente la oportunidad de acercarle a un lugar poblado de gente, le clavan un cuchillo en el estómago y desaparecen antes incluso de que la gente de alrededor se haya dado cuenta de lo sucedido. Por eso los llaman sicarios, a partir del nombre latino del puñal. Y uno de los doce apóstoles, un tal Judas que es oriundo de Cariot, una aldea al sur de Hebrón, es un zelota.

Los dos hombres se alejaron de la casa de Leví Mateo y se adentraron por los callejones. Llegaron ante un grupo de casas, reagrupadas como de costumbre en torno a un patio trasero, del que llegaban los sonidos de una alegre conversación a muchas voces, masculinas y femeninas.

Aquella —dijo Afranio señalando con el dedo— es la casa de José, uno de los hermanos de Jesús. Ahora vive en ella toda la familia, aunque en realidad la mayor parte del tiempo Jesús y otros dos hermanos suyos, Santiago y Simón, andan por Galilea difundiendo la buena nueva, y a veces va con ellos también su madre.

—¿Por qué ha aceptado Jesús tener cerca de sí a ese Judas de Cariot?

—No habría podido actuar de otro modo. Judas es un hombre de Menajén, el jefe de los zelotas, y rechazar su presencia, que obviamente supone su control, significaría una puñalada directa. Mejor aceptarlo, y quién sabe, a lo mejor convertirle a esta nueva causa. Por otra parte, no hay que olvidar que aquí todos tienen o han tenido que ver con los zelotas, no hay familia que no cuente con uno de ellos, empezando por la de Jesús. Sabrás que su padre y Judas de Gamala…

—Lo sé —le interrumpió Afranio— y me parece que no será tan fácil proteger a nuestro hombre de estos energúmenos. Pero si le matasen sería una verdadera lástima.

Afranio se detuvo, obligando al otro a hacer otro tanto, y le miró de frente:

—¿También tú piensas que la idea de Caifás es buena, que puede funcionar?

—¿Buena? Me parece fantástica. Dime tú qué otra cosa mejor puede desear, un gobernante, si no un hombre con gran ascendiente que recomienda al pueblo que esté tranquilo y tenga paciencia, porque los abusos sufridos le serán resarcidos en el más allá; o pagar tranquilamente los tributos, por exorbitantes que estos sean, porque en el Hades, o como se llame en hebreo, la pobreza se transformará en riqueza. Necesitaríamos un par así en Roma, y otros que mandar a Hispania, a la Galia o a Germania.

Habituado a no hacer ruido, Afranio emitió una risita ligera que se perdió en la noche.

Pero Adunco no había terminado.

—Que luego funcione —dijo—, está por ver. Mucho me temo que existan otros intereses, aparte de los de los zelotas, que se opongan a esta operación. Pero nosotros, Afranio, haremos lo posible para que tenga éxito. ¿Dónde vamos a dormir?

—Al raso también nosotros, y con riesgo de que llueva —dijo el pequeño griego mirando el cielo estriado de nubes—, a menos que…

Y apuntó un dedo hacia un recinto en el que, bajo la parte cubierta por una techumbre, dormían un par de vacas. Quitaron a los animales un poco de paja, luego extendieron encima de aquella yacija improvisada sus capas, y se envolvieron en ellas. Poco después, comenzó a caer una lluvia que golpeteaba con suavidad sobre el tejado de madera sin molestar ni a vacas ni a hombres. Duró poco, y cuando cesó los dos policías estaban aún despiertos.

—¿Qué hará ahora? —preguntó Adunco.

—Tendrá que ir a Jerusalén —respondió el pequeño griego—, al encuentro del peligro. Aquí en Galilea, entre los suyos, está relativamente seguro, pero la predicación de su buena nueva, evangelio, diríamos los griegos, no puede limitarse a esta parte de Palestina, y sobre todo no puede excluir la capital y su Templo. Para los judíos se trata del centro de toda su vida espiritual, que además constituye un todo con su historia y su política, y un salmo suyo afirma: «Vale más de mil, un día pasado en tus atrios, y prefiero estar en la entrada de la casa de mi Dios, que vivir en las tiendas del impío».

—¿No podríamos tratar de retenerle, al menos por un tiempo?

—Por un tiempo, sin duda, pero luego tendrá que partir. Tienes que comprender que no puede faltar a una cita semejante, pues acabaría perdiendo la confianza de todos cuantos hoy le ensalzan y así también nuestro plan fracasaría. Pero en Jerusalén le esperan doctores de la Ley mucho más versados que los que ha encontrado hasta ahora, y muchos saduceos más miopes que Caifás que no querrán oír nada contra sus privilegios, y muchos fariseos que juzgarán poco ortodoxa su doctrina, sin hablar de los zelotas, que pueden aprovechar el anonimato de la multitud que siempre llena el Templo para clavarle sus puñales. En resumen, llegarán entonces los momentos más difíciles; para él y para nosotros.

—Recuerdo —dijo Adunco— que cuando pasé por Jerusalén, hace casi treinta años, la construcción del Templo se había iniciado ya unos veinte años atrás, pero estaba muy lejos de su conclusión, y sin embargo ya entonces se trataba de un edificio imponente, y me han contado que ahora es una obra enorme, magnífica.

—Aún no está terminada —dijo Afranio—, pero es cierto que es magnífica, como todo lo que construyó Herodes el Grande. Por otra parte —continuó el pequeño griego con un orgullo mitigado por la autoironía—, no hay que olvidar que ese vulgar granuja tenía unos refinados gustos helénicos.

Y luego, tras ponerse de nuevo serio, añadió:

—Pero te lo repito, Adunco, no se trata solo de un templo, por más magnífico que este sea: para los judíos es también lo que para los romanos son el foro y el tribunal, o una escuela para nosotros los griegos. Allí discuten sus causas y debaten sus sofismas religiosos, y es también el símbolo de lo que queda de su libertad, porque Roma, en su magnanimidad en materia de creencias, ha concedido que solo los hebreos puedan entrar en él.

—¿Quieres decir que tú y yo no podremos, ni en caso de necesidad?

Afranio negó con la cabeza.

—Podremos llegar hasta un cierto punto —respondió—, pero no más allá, y no puede jugarse con el equívoco porque en ese punto hay un bloque de mármol con una inscripción en griego y en latín que prohíbe el paso a los gentiles. El cuerpo de guardia está compuesto por soldados judíos, cuyo capitán ordena la apertura y el cierre de las puertas y puede impedir la entrada a cualquiera, incluso a un judío con los zapatos sucios o considerado impuro.

En la oscuridad, se oyó el suspiro de Adunco.

—Me iré de aquí sin haber comprendido nada —dijo. Y acto seguido añadió—:  Si es que consigo partir.

Afranio rio.

—Para conseguirlo —dijo—, te recuerdo que no debes entrar en el Templo de Jerusalén. Las transgresiones son castigadas con la pena de muerte, y el hecho de ser civis romanus no te serviría para evitar el castigo.


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