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Una moneda sana / ¿Problemas de liquidez? / Síndrome de Polonio / VALORES La muerte de Sísifo

Publicado el 25 de abril de 2022, 23:14

Podríamos profundizar más incluso. Ya no solo es la existencia de los bancos centrales, lo que crea este gran caos y descontrol sino la propia organización donde el Gobierno ha nacionalizado el dinero emitiéndolo con el único fin de comprar votos. Al poco tiempo de producirse la crisis, se estuvo hablando durante un breve periodo de tiempo de introducir el patrón oro –o el Patrón Cambio Oro de Bretton Woods– como alternativa. Y no fueron cuatro intelectuales quienes lo demandaron, sino el mismísimo ex presidente del BCE, Jean Claude Trichet cuando aún estaba en el cargo.

Una moneda sana simplemente significa que esté respaldada por algo real más allá de la “fe” que puede dar el Gobierno (de aquí que el papel moneda actual se llame “moneda fiat”). Tradicionalmente este sistema sano se ha basado en el oro, aunque podría ser cualquier otra materia prima. El Patrón Oro nos garantiza independencia del dinero respecto a los caprichos de los Gobiernos y Bancos Centrales y la eliminación de los ciclos que llevan siempre consigo altas inflaciones, lo que significa pérdida continua de poder adquisitivo para el ciudadano. En el año 2007, El Instituto Juan de Mariana publicó el informe llamado El Patrón Oro Y La Inflación En España (1972-2007). El documento fue liderado por el Dr. Juan Ramón Rallo. Y en sus propias palabras podemos ver cómo:

 

«Desde finales de 1972 los precios se han multiplicado por más de 23 veces con respecto al oro, o dicho de otro modo, nuestra moneda, ya sea primero la peseta y luego el euro, ha perdido más de 23 veces su valor en 35 años» [127] .

 

Una moneda sana respaldada en un material estable en producción y de fácil almacenaje y uso nos evitaría ciclos bipolares de burbujas y cracs que solo hacen que distorsionar la economía y crear falsos escenarios productivos y altos beneficios que en realidad solo son inflación. Y es que el dinero es algo demasiado importante como para que esté en manos del Gobierno o de sus socios corporativistas de los bancos centrales.

 

¿Problemas de liquidez?

 

¿Se ha preguntado por qué después de seis años de crisis y continuas actuaciones de los bancos centrales la situación sigue igual que al principio? Desde el minuto cero de la crisis hemos oído que el problema sistémico que tenemos es muy fácil de arreglar, solo es cuestión de inyectar dinero al mercado, esto es, dar más créditos a empresas y familias. ¡Qué gran estupidez!

Todo se resume en lo mismo: emitir más dinero y generar más deuda. Con estas medidas no solo no han arreglado nada sino que lo han empeorado todo. Los precios bajan a cámara lenta, esto es, la economía no se estabiliza y para colmo, lo poco que bajan los precios es compensado después con más impuestos. Nos dicen que la culpa es de los bancos privados que no ofrecen el dinero otorgado a la sociedad mediante créditos. La simple razón por la que no lo hacen, no es por egoísmo, sino porque no hay una demanda solvente. Y es que fue el alto grado de deudas, créditos y dinero fácil que nos trajo esta crisis. Oiga, una crisis de deuda no se arregla con más deuda, de igual forma que a un drogadicto no se desintoxicará si le doblamos la dosis de heroína.

Enfoquémoslo de una forma más simple. Si el problema fuera sólo de liquidez, esto es, de que no hay dinero; eso significaría que el riesgo no es un factor a considerar en un proyecto. Sería como asegurar que cualquier inversión, por surrealista o ruinosa que fuera, sólo dependiera de la cantidad de dinero que se “le enchufase”. Si este fuese el camino al bienestar y a la riqueza de todos, sólo sería necesario que los bancos centrales dejasen los tipos de interés al cero por ciento y a la vez imprimiesen papelitos de forma exponencial mes tras mes. Cualquier proyecto sería viable por estúpido que fuera. Eso significaría que la regla de oro de la economía no sería el equilibrio entre oferta y demanda, sino su contraria: el híper desequilibrio. Precisamente este tipo de actuaciones son las que han provocado la crisis. Imprimiendo billetes haremos crecer el efecto riqueza y precios, pero estos no pueden llegar al cielo sin pasar por contracciones económicas. Y es que la inflación de la súper–abundancia–del–dinero (billetitos) no genera empleo ni riqueza, lo socava todo.

 

Síndrome de Polonio


Hay un interesante pasaje en la obra de Hamlet, del autor inglés William Shakespeare. En un pasaje, Polonio, le dice a su hijo Laertes:

 

"Viste lo que de la bolsa puedas pagar, pero no caigas en extravagancias, […] No pidas prestado ni prestes, ya que prestar suele hacer que se pierda al amigo con el dinero, y pedir prestado tan solo adelgaza el hilo de la economía"[128].

 

Se han escrito miles de manuales de economía contradiciendo el consejo de Polonio. Hasta otorgan el Premio Nobel de economía a aquellos autores quienes lo han hecho, como son el caso de Paul Krugman o Joseph Stiglitz. Independientemente que el Gobierno se dedique a sacar cada día miles de millones de papelitos en forma de billetes esto no nos hará más ricos. El dinero nuevo se materializa en una economía a través del crédito. Una sociedad que vive permanentemente endeudada está abocada a la quiebra. Y esto es aplicable a un particular, a una empresa o al propio Gobierno. El crédito no da la riqueza, sino el trabajo duro. Cuánto más endeudados y crédito asumamos, más pobres seremos aunque temporalmente tengamos esta ilusión de ser ricos.

La gestión de una economía ha de ser racional para preservarse en el largo plazo, y esto nos afecta a todos. Las cosas no habrían ido como lo han hecho si hubiésemos prestado más atención a los consejos de Polonio. Simplemente hemos de vivir conforme a nuestras posibilidades. Y si eso es lo que tenemos que hacer nosotros, lo mismo tiene que hacer el Gobierno, porque si éste se endeuda, nos endeudamos todos. Y la única forma que los políticos dejen de gastar y gastar solo será que tengan menos Poder.

 

 

VALORES

 

“Deseo por igual ser un buen vecino y un mal
ciudadano”

—Henry David Thoreau

 

La muerte de Sísifo


Sísifo, en la mitología griega, fue un rey al que los dioses condenaron a arrastrar una enorme piedra por la cuesta de una ladera. El castigo de los dioses radicaba en que antes de que Sísifo alcanzase la cima, la piedra siempre rodaba hacia abajo y el rey tenía que empezar de nuevo desde el principio. Y así una y otra vez hasta la eternidad. En diversas ocasiones se ha mostrado el mito de Sísifo para representar el esfuerzo personal en la búsqueda de nuestros objetivos. Las cosas no son fáciles, y como la piedra que rueda cuesta abajo, hemos de empezar una y otra vez para conseguir aquello que queremos obtener. En otras palabras, “nadie nos regala nada”, las cosas se han de trabajar. Algo así no solo es aplicable a las ganas de medrar en una empresa, obtener más beneficios en nuestro negocio, o dedicar tiempo investigando dónde invertir para obtener mayores plusvalías, sino también en el terreno de nuestra vida personal. Nuestro hijo no se cría solo, hemos de guiarlo, enseñarle y ayudarle a madurar. Hemos de hacer sacrificios con nuestra pareja, amigos, vecinos y compañeros de trabajo para tener un buen clima de convivencia. Todo tiene un valor, y eso significa que se ha de trabajar.

Sin embargo, el filósofo Albert Camus usó este relato para representar la absurdidad del hombre en el mundo. ¿Tanto trabajar y tantas cosas que hacer, para luego qué? Bueno, la sociedad actual se ha tomado la duda de Camus al pie de la letra y lo ha llevado a la práctica. No ha sido un proceso rápido ni fácil, pero el Gobierno lo ha inducido destruyendo los valores que habían funcionado durante miles de años en todo el mundo. Entre el colectivo se ha extendido la forma de pensar que el resto de la sociedad está creada para que nos suavice o arregle nuestros problemas. Pero como no podemos amenazar continuamente a la gente de nuestro entorno, invocamos a la fría e intimidatoria maquinaria del Gobierno para que lo haga por nosotros. Entonces los políticos usan la fuerza del Estado para comprar votos y para sacar las rentas de unos y dárselas a otros.

George Bernard Shaw dijo en una ocasión que:

 

“Un Gobierno que roba a Pedro para dárselo a Pablo siempre contará con el apoyo de Pablo”.

 

Esto nos lleva a una situación tan triste como insostenible. Así se ha creado el Estado del Bienestar, no es más que el sistema del latrocinio de una parte de la sociedad (productiva) a la otra (improductiva). Es un sistema basado en el egoísmo, la violencia institucional y el hedonismo. Sin los valores del esfuerzo personal ninguna sociedad puede sobrevivir. Vemos manifestaciones donde la gente pide auténticas aberraciones que solo implican un mayor Gobierno y donde muchos le invocan para que robe más dinero al resto de la sociedad para darlo a estas minorías que solo quieren vivir de su “dignidad”.

Tal vez considere bueno que el Gobierno sustraiga dinero de una persona rica para dársela a otra pobre. ¿Pero qué es un rico? ¿Y si esa persona rica, a ojos del Gobierno, tal vez sea usted en lugar del típico hombre gordo y con puro? Como hemos visto el mayor esfuerzo fiscal en este país lo sufre la clase media, esto es, las personas que tienen unas rentas brutas anuales de entre 12.000 euros y 60.000 euros. Estos son los que más pagan, más ayudan al Estado a financiar sus proyectos y menos reciben. Incluso desde el punto de vista ético, qué fuerza moral tenemos para criminalizar a alguien que gane “mucho dinero” si la fuente de su riqueza es legítima. Todo lo contrario, ¡mejor para él! Ojalá todos nos hagamos ricos.

El Gobierno, durante más de cien años ha desorganizado la estructura moral y ética del hombre incentivándolo a consumir con tipos interés bajos, a gastar y a olvidarse de la cultura del ahorro porque los políticos nos lo aseguran todo: justicia, medicina, educación, incluso “bienestar”. Las promesas de asegurarnos lo más básico solo es un engaño para ganar dinero, y muy especialmente Poder sobre nosotros. La muerte de Sísifo (del esfuerzo individual para conseguir metas) no ha salido gratis. Ha tenido un precio muy caro para el ciudadano. Ha inculcado el odio entre nosotros, ha fomentado el racismo por la disputa entre las subvenciones; así oímos cosas como: “¿por qué los de afuera reciben más subvenciones que los nacionales?”; ha criminalizado a personas por ganar más dinero; ha impuesto el igualitarismo en las escuelas, trabajos, en nuestra vida diaria para hacernos a todos más mediocres. Ha dividido la sociedad en colectivos, grupos y medias, anulando así todo individualismo y personalidad. Ahora la gente ha de ser de un grupo catalogado para sentirse algo: hombre, mujer, rico, pobre, de derechas, de izquierdas, religioso, antirreligioso, gay, heterosexual, nacionalista, antinacionalista… Esta catalogación en grupos tiene sentido cuando mostramos estadísticas y agregados para tener fotos de la sociedad, pero no son extrapolables a dividir y catalogar los valores de las personas para así favorecerlos o demonizarlos. Los políticos usan estos grupos en sus discursos para ganar votos y difamar a aquellos que quieren quedarse con una parte del pastel común, pero ellos hacen lo mismos para sus propios acólitos. Los políticos nos clasifican igual que un supermercado puede hacer con sus
productos en las estanterías o un granjero con sus animales. Hemos de dar el paso para desvincularnos de estos artificiales grupos interesados porque no somos una extensión de un grupo de ningún programa del Gobierno. Somos personas singulares. Como escribió la novelista Ayn Rand:

 

“He destruido el monstruo que gravitaba como una negra nube sobre la tierra y ocultaba el sol a los hombres. El monstruo que estaba sentado en un trono, con cadenas en las manos, los pies sobre el pecho de un hombre, y se alimentaba con la sangre del libre espíritu humano. El monstruo de la palabra ‘Nosotros’.

Y ahora contemplo el sagrado rostro de un Dios y a este dios lo levanto sobre la tierra, más arriba que el cielo, más resplandeciente que el sol, este Dios que los
hombres han deseado desde que existen, este dios que les dará la dicha, la paz y el orgullo.

Este Dios, esta sola palabra: ‘Yo’”[129].

[127] El patrón oro y la inflación en España (1972-2007). Instituto Juan de Mariana. 2007. Ver también El oro y la soberanía del individuo; del mismo autor. http://goo.gl/F2rRW.

[128] Hamlet, Principe de Dinamarca. William Shakespeare.

[129] Anthem. Ayn Rand. 1999. Plume; Anniversary edition.


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