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CONTRADICCIÓN 10 MONOPOLIO Y COMPETENCIA: CENTRALIZACIÓN Y DESCENTRALIZACIÓN

Publicado el 26 de abril de 2022, 23:55

EN CUALQUIER TEXTO básico de economía o de defensa apologética del capitalismo aparece una y otra vez la palabra «competencia». Tanto en las apologías populares como en obras teóricas más serias, uno de los argumentos más persuasivos del gran éxito del capitalismo es que supuestamente parte de la inclinación natural de los seres humanos a competir entre sí, la libera de las restricciones sociales y la embrida mediante el mercado para generar un sistema social dinámico y progresivo que puede funcionar en beneficio de todos. El poder monopolista (del tipo que Google, Microsoft o Amazon ejercen hoy día) y sus afines oligopolistas (como el que ejercen las principales compañías petroleras conocidas como las «Siete Hermanas») y monopsónicos (el que ejercen Walmart y Apple sobre sus proveedores) tienden a presentarse (si es que se mencionan en absoluto) como aberraciones, desvíos desgraciados del estado de feliz equilibrio que debería alcanzarse en un mercado puramente competitivo.

Esa presentación sesgada –porque yo mantengo que lo es– aduce como apoyo la existencia de leyes y comisiones antitrust y antimonopolio que proclaman lo malos que son los monopolios y que de vez en cuando los sancionan para proteger al público de sus efectos negativos. A comienzos del siglo XX, por ejemplo, en Estados Unidos se produjo una campaña prolongada contra los trusts encabezada por la indomable figura de Teddy Roosevelt. En la década de 1980 se quebró, también en Estados Unidos, el monopolio de AT&T en las telecomunicaciones; y ahora en Europa y Norteamérica se plantean críticas con respecto al excesivo poder de mercado de Google, Microsoft y Amazon. En el caso de los llamados «monopolios naturales» (principalmente instalaciones públicas y vías de transporte como los canales y ferrocarriles, que no se pueden organizar competitivamente), Adam Smith aconsejó la regulación gubernamental para evitar el sobreprecio. El objetivo declarado de la política gubernamental es evitar los precios de monopolio y asegurar los beneficios de la innovación, el aumento de la productividad y la caída de los precios que supuestamente derivan de la competencia entre capitalistas. El mantenimiento de un entorno competitivo mediante la acción estatal se proclama en general como una actitud política esencial para cualquier economía capitalista saneada. En particular, se cita frecuentemente como objetivo importante de los gobiernos mantener una posición competitiva en el comercio internacional. Si existiera un mercado puro y perfectamente competitivo, libre de las distorsiones del poder monopolístico, entonces
todo, se dice, funcionaría maravillosamente.

Este relato asombrosamente arraigado ha prevalecido durante más de
dos siglos desde que Adam Smith lo presentó tan persuasiva y brillantemente en La riqueza de las naciones. Constituye el mito fundacional de la teoría económica liberal. Los economistas políticos liberales organizaron desde finales del siglo XVIII una cruzada contra las intervenciones del Estado en la fijación de precios en los mercados y contra el poder de los monopolios, de la que no se apartó mucho Keynes. Aún más sorprendentemente, es aceptada reverencialmente en El capital de Marx, aunque en su caso el razonamiento lleva a una conclusión distinta: si el relato utópico de Adam Smith fuera correcto, las cosas no irían en beneficio de todos; el resultado sería una profundización de la diferencia de riqueza y poder en términos de clase que haría que el capital fuera aún más propenso a las crisis aunque también más poderoso.

A raíz de la crisis de 2007-2009, a los economistas les resultó muy difícil defender su guión acostumbrado. Los banqueros, tratando de proteger sus intereses individuales, simplemente dejaron de contribuir al bienestar general, y en Estados Unidos la Reserva Federal rescató a los bancos, pero no a la gente corriente. Esto ha llevado ahora a admitir que el poder de los monopolios no es una aberración, sino un problema sistémico que surge de lo que los economistas denominan «búsqueda de rentas». Tal como explica el economista Joseph Stiglitz:

 

Para decirlo sin ambages, hay dos formas de hacerse rico: crear riqueza o arrebatársela a otros. La primera de esas formas enriquece a la sociedad, mientras que la segunda sustrae riqueza, ya que en el proceso de depredación parte de ella se destruye 1 .

 

La búsqueda de rentas no es más que una forma cortés y bastante neutral de referirse a lo que yo llamo «acumulación por desposesión».

La virtud de la exposición un tanto truncada de Stiglitz sobre la búsqueda de rentas o la acumulación por desposesión es que reconoce el paralelismo entre el poder de los monopolios en las transacciones económicas y el poder monopolístico en el proceso político. Tomemos el caso de Estados Unidos. Impuestos regresivos y perdón de las deudas; captura de los reguladores por los grupos dominantes (poniendo a los zorros a cuidar el gallinero); adquisición o alquiler de activos estatales o privados a precios rebajados; contratos con costes inflados con las agencias estatales; aprobación de leyes para proteger o subsidiar intereses particulares (energía y agroindustria); compra de influencia política mediante contribuciones a las campañas electorales: todas esas prácticas políticas dan manos libres a los grandes intereses monopolísticos al tiempo que les permiten saquear el tesoro público a expensas de los contribuyentes y complementan la búsqueda convencional de rentas en los mercados del suelo y la propiedad inmobiliaria, con las rentas derivadas de recursos y patentes, las licencias y derechos de la propiedad intelectual y las de mayores rendimientos derivadas de los precios de monopolio. Además están todas las formas cuasi legales de obtener beneficios adicionales como la creación de mercados financieros sin ninguna transparencia o en los que falta una información adecuada que crea una niebla de equívocos en los que es imposible frenar las prácticas abusivas y la obtención de dinero real mediante prácticas contables fraudulentas (contabilidad ficticia como mostró tan espectacularmente el caso Enron). Cuando añadimos la proliferación de prácticas abusivas como los préstamos depredadores en el mercado de la vivienda, que transfirieron millardos de dólares en activos del publico a los financieros, comisiones desmedidas en las tarjetas de crédito, cobros ocultos en las facturas telefónicas y médicas, así como prácticas que bordean si no infringen la ley, entendemos por fin cómo las grandes empresas y fortunas incrementan rápidamente su riqueza aunque la economía en su conjunto colapse y se estanque. Como observa Stiglitz, «algunas de las innovaciones más importantes en los negocios durante las tres últimas décadas se han concentrado, no en hacer más eficiente la economía, sino en fortalecer el poder de los monopolios y eludir las regulaciones gubernamentales que pretendían compatibilizar los retornos sociales y las recompensas privadas» 2 .

Lo que falta en el análisis de Stiglitz sobre la búsqueda de rentas como estrategia (aunque no en su exposición sobre los resultados sociales) es la demolición de una amplia variedad de derechos democráticos, incluidos los derechos económicos a las pensiones y cuidados sanitarios y el libre acceso a servicios vitales como la educación, la policía y los medios anti incendios, así como a los programas financiados por el Estado (como los suplementos nutricionales y los cupones de alimentos en el caso de Estados Unidos) que habían ayudado hasta ahora a sobrevivir con un nivel de vida adecuado a las poblaciones de bajos ingresos. El asalto neoliberal contra esos derechos y servicios es una forma de desposesión que pasa los ahorros en gasto público a la clase de directores de empresa y milmillonarios «no menesterosos sino codiciosos». Y todo esto se ha llevado a cabo recurriendo a un poder de clase consolidado que monopoliza tanto la economía como el proceso político al tiempo que monopoliza la mayoría de los medios de comunicación, reduciendo el supuesto «libre mercado de las ideas» a una serie de pendencias banderizas sobre trivialidades. Y sin embargo la ortodoxia económica sigue insistiendo en que el libre mercado es el dios en el que tenemos necesariamente que creer y que los monopolios son una desgraciada aberración que podríamos evitar si nos pusiéramos a ello.

La idea que yo pretendo defender aquí, por el contrario, es que el poder de los monopolios es básico y no una aberración en el funcionamiento del capital, y que existe en unidad contradictoria con la competencia. Se trata de una concepción bastante inusual que va bastante más allá de las de Stiglitz, pero hay buenas razones para creer que es una formulación correcta. No sólo es acorde con el hecho singular de que la mayoría de los capitalistas, si se les ofrece la posibilidad, prefieren ser monopolistas a ser competidores y de que mantienen persistentemente su intento de procurarse tanto poder de monopolio como pueden, sino que va al meollo de la unidad contradictoria entre competencia y monopolio en la historia del capital.

¿Cómo debemos entonces entender esa unidad contradictoria? El punto más obvio para empezar es afirmar que ambos aspectos son indistinguibles, o para ser más exactos, que ambos se fusionan dejando la contradicción en estado latente más que antagónico. Ese punto es la naturaleza de la propiedad privada que confiere a su dueño el monopolio sobre el uso de una mercancía. El poder monopolístico inherente a la propiedad privada constituye la base para el intercambio, y por extensión para la competencia. Esto puede parecer elemental, e incluso trivial, pero no lo es tanto cuando se reconoce que el poder de clase del capital descansa enteramente sobre el ensamblaje de todos esos derechos monopolísticos de propiedad individual en un orden social en el que la clase capitalista se puede definir frente al trabajo por su monopolio colectivo sobre los medios de producción (o en una versión más reciente, sobre los medios de financiación). Lo que está ausente en las acostumbradas discusiones sobre el monopolio es el concepto y la realidad del poder monopolístico de clase (el poder colectivo del capital), incluidas las rentas monopolísticas de clase, cuando se aplica a los procesos económicos y políticos.

El papel del relato habitual, en el que la competencia ocupa un lugar predominante y el monopolio apenas aparece, se hace entonces más claro. Oscurece la base monopolística del poder de clase constituida por la propiedad privada y evade convenientemente las cuestiones del poder de clase y la lucha de clases (así sucede en casi todos los textos generales de economía). El capital se presenta idealmente como una serie asombrosa de colisiones moleculares y competitivas entre capitalistas individuales que se desplazan libremente y buscan oportunidades rentables en el seno de un mar caótico de actividad económica. ¡La realidad de la competencia internacional que se proclama tan beneficiosa para todos es que ejerce una presión a la baja sobre los salarios en beneficio del capital!

A diferencia del caso del cambio tecnológico en general, que se puede caracterizar plausiblemente como progresivo e irreversible, el balance entre monopolio y competencia oscila erráticamente a un lado y otro. A veces parece que se reproduce cíclicamente, más que desplazarse en una dirección, y que está sometido a los caprichos y preferencias políticas de la gestión e intervención del Estado. Marx pensaba que la competencia debía dar lugar inevitablemente al poder de los monopolios y que podría haber leyes particulares que explicaran la centralización del capital, pero no desarrolló esta idea. Lenin, como es bien sabido, veía a principios del siglo XX que el capital se movía en una nueva fase de poder monopolístico asociado con el imperialismo, cuando los grandes cárteles industriales se combinaban con el capital financiero para dominar las principales economías nacionales (esos eran los trusts que Teddy Roosevelt se esforzó por desmantelar). Ese juicio resurgió en la década de 1960 en Estados Unidos con el libro Monopoly Capitalism de Paul Baran y Paul Sweezy, y en Europa en la obra de varios teóricos de los partidos comunistas 3 . El creciente poder de los monopolios se asociaba de nuevo con fuertes corrientes de imperialismo centralizado. En la década de 1960 eran las grandes corporaciones (como los tres grandes fabricantes de automóviles de Detroit o las empresas públicas en Europa) las que dominaban los mercados nacionales, y se creía que ejercían un poder monopolístico excesivo. Las grandes corporaciones, como United Fruit en Centroamérica o ITT en Chile, ejercían internacionalmente el poder monopolístico y estaban detrás de los golpes y regímenes militares como el de Chile, que servían evidentemente a los intereses de las potencias imperialistas.

El capital oscila, como explicó Giovanni Arrighi, entre los efectos supuestamente ruinosos de la competencia desregulada y los poderes centralizadores excesivos de los monopolios y oligopolios 4 .

1 Joseph Stiglitz, The Price of Inequality, Nueva York, Norton, 2013, p. 44 [ed. cast.: El precio de la desigualdad, Madrid, Taurus, 2012].

2 Ibid.

3 Paul Baran y Paul Sweezy, Monopoly Capitalism, Nueva York, Monthly Review Press, 1966 [ed. cast.: El capitalismo monopolista, Barcelona, Anagrama, 1969].

4 Giovanni Arrighi, «Towards a Theory of Capitalist Crisis», New Left Review I/111, septiembre - octubre de 1978.


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