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Anexos

Publicado el 6 de mayo de 2022, 0:01

24 de octubre: Esta noche oyendo el sermón en Santa María se acerca a mí Ángel Cervantes, hijo del Maestro de Música del Liceo, y me dice que han detenido a su padre (ya estuvo detenido en septiembre y le libertaron), y me ruega que yo hable con el capitán de la Guardia Civil intercediendo por él; le manifiesto que, aunque con gran pena, no puedo hacer nada porque ya hace mucho tiempo que formé el propósito inquebrantable de no influir ni recomendar, ya que sé que no se ha de hacer ninguna clase de injusticia con ningún inocente; y que él espere que si su padre lo es, nada malo le sucederá. Hablando luego con el caballeroso y muy digno Señor D. Ernesto Zancada, (que por haber sido el Presidente del Liceo en los años que lo trajeron de maestro se considera como obligado moralmente a hacer algo por su libertad), yo le he aconsejado que, siendo como es amigo del pundonoroso Capitán de la Guardia Civil, le vea y le pregunte qué se podría hacer por él, y conforme a lo que el Capitán le diga, que haga; ha quedado en ir en aquel mismo momento, 8 de la noche, a cumplimentar mi consejo, pero yo le he sujetado diciéndole que lo deje hasta mañana al mediodía, y así él consulta con la almohada, y recuerda todo lo que haya podido ver de sospechoso, o haya oído en sus conversaciones íntimas con el detenido, y así obrará más sobre seguro y prometiéndome que así lo hará nos despedimos.

 

Día 26= Me visita D. Ignacio Suárez Somonte y varios, y no me han encontrado en casa; según me dice mi sobrina Basilisa venían a pedirme un certificado; yo no los he visto. A media mañana de hoy (pues la visita del Sr. Suárez Somonte fue anoche) vienen a verme D. Ernesto y otros para hablarme del asunto Cervantes (yo ya creía que lo había resuelto el Sr. Zancada con el Sr. Capitán de la Guardia Civil), y parece como que quiere la peña del Sr. Suárez Somonte (y por indicación de este) que yo con mi autoridad de párroco haga una especie de instancia pidiendo misericordia para el encarcelado que sería firmada por todas las personalidades de derechas reforzando mi firma; yo me niego rotundamente pues no quiero sonar para nada en este asunto; me instan para que siquiera firme la instancia hecha por ellos, y nuevamente me ratifico en mi propósito de no intervención, no porque yo no desee el perdón de este y de muchos detenidos, sino porque no me parece decoroso que un párroco figure en este asunto, ya que se trata de un delito contra la religión. Al mediodía viene a visitarme otra comisión y me dicen que yo, como funcionario público y ministro de los sacramentos, no puedo negarme a certificar que el Sr. Cervantes vino un día a confesar conmigo y a hacer retractación de su error por haber dado su nombre a la masonería; ellos, entre los cuales venía su hijo Ángel, me traían la autorización del penitente relevándome de la gravísima obligación de guardar sigilo sacramental en cuanto a la segunda parte de su confesión que hizo en voz alta, con demostraciones no secretas delante de gran número de mis feligreses, que oraban cerca de mi confesionario, yo creí que a esta petición no debía negarme en conciencia, pues viendo que firmaban la petición de clemencia lo mejor y de mayor solvencia moral de Mérida, me exponía con una nueva negativa a que dijesen, si llegaban a matarlo, que por mi causa y por mi tozudez, había muerto. Y entonces expedí el siguiente certificado: «El infrascrito Cura propio de Santa Eulalia. Certifico: Que el día 1 de septiembre del presente año estando sentado según mi costumbre en mi confesionario se postró a mis pies el penitente D. Francisco Cervantes de la Vega y se confesó de su vida pasada, confesión de la que nada puedo decir porque me lo veda el sigilo sacramental. Después con grandes muestras de dolor, golpeándose el pecho y derramando abundantes lágrimas hizo en voz alta actos de aborrecimiento y detestación de la secta masónica a la que había pertenecido por compromisos políticos con Martínez Barrio, y que él rompía delante de Dios con todos los lazos que le habían unido a dicha sociedad. Yo entonces le amonesté severamente pero con entrañas de padre en aquel propósito, a lo que contribuiría más viendo los terribles males que la maldita masonería estaba acarreando a la religión y a la Patria». Así poco más o menos, y firmaba. Volví a persistir en mi firme negativa de no firmar la instancia y se marcharon. Sé que a algunos no les ha parecido bien el que señale la fecha fija de la confesión; pero nada me importa; yo debo ser exageradamente veraz en mi certificación y claro, para así ayudar en la ejecución de la justicia.

 

Día 28= Cuando estoy ya acostado viene un Guardia Civil a mi casa preguntando por mí; le hago pasar a mi dormitorio y me avisa para que al día siguiente me presente en la Comandancia Militar de la Guardia Civil (Badajoz) a las seis y media de la tarde. ¿Qué será lo que ocurre?

 

Día 29= Se ha celebrado con gran solemnidad y concurrencia misa de campaña en la Plaza Mayor por ser hoy el día de Falange; se leyó el discurso de Primo de Rivera, y después fuimos en manifestación a mudar los nombres de varias calles. Me entero de que hay avisados para ir esta tarde a Badajoz 65 personas; veo a Eugenio Aragoneses para que me reserven un asiento en el autocar que los ha de llevar, y así me lo promete.

(…). Camino de Badajoz cada cual va haciendo sus conjeturas sobre cuál será el objeto de la llamada; algunos se permiten hasta sus bromas y chistes; otros en cambio, entre los cuales estoy yo, vamos preocupados. Porque yo me pregunto, ¿si la llamada,como parece por los que van, es sobre el asunto Cervantes, a qué voy yo que no quise intervenir en él, ni aún siquiera firmar, ni recomendarlo a nadie? Hemos llegado al cuartel de Santo Domingo, en donde está instalado el Sr. Teniente Coronel de la Guardia Civil D. Manuel Pereita, que nos recibe, a mí dándome la mano con mucho afecto y haciéndome sentar, a los demás de pie.

Comienza por decir: «Aquí tengo un escrito de Uds. que les hace reos de una severísima sanción; la riña tiene que empezar por Ud., Padre…». «Y por qué por mí, Sr. Teniente Coronel, ¿me permite Ud. que diga unas cuantas palabras?» «No se permite hablar a nadie, sino escuchar». He obedecido, y comenzó a leer nombres y cantidades y yo casi no he oído nada, ni me he dado cuenta de nada, pues parecía que se me había caído todo el cuartel encima; me dicen que cuando miraban mi cara les parecía la de un muerto; ¡pobres amigos míos, cuánto debéis haber sufrido con lo que allí ha sucedido!…

Han salido todos y el Sr. Teniente Coronel me ha retenido allí; al quedarnos solos, con suma delicadeza, con palabras de gran afecto, respeto y consideración,estrechándome entre sus brazos, me ha dicho: «Ya sabe Ud. cuanto le estimo desde hace 24 años que nos conocemos; pues a pesar de eso tengo que sancionarlo a Ud. con mil pesetas»; no ha querido ya escucharme ni dejar que me defienda, ni aún siquiera oír mi explicación para deshacer cualquier equívoco; en vista de ello me despido para marcharme y él extrema sus atenciones conmigo, vuelve a abrazarme, pidiéndome mil perdones por el disgusto que me da, y me salgo. ¿Qué pasa aquí? ¿Hay algo entre cortinas? ¿Será cierta una especie de animosidad adversa que yo he notado en un oficial del Cuerpo?

Me ha dolido de verdad, (¿porque (sic) no lo he de dejar en este lugar de las memorias consignado?), esta sanción que es la primera recibida en mi larga vida de amor, desinterés, generosidad y sacrificio por los demás; y me duele mucho más porque la sanción me ha sido impuesta por un jefe de esta amadísima Institución de la Guardia Civil, por la que yo siempre me he desvivido, y a la que yo siempre he estado consagrado.

Varias pruebas: —Cuando niño, y venían a Carmonita los Guardias de Mirandilla, yo me desvivía por ellos y tenían que apartarme con violencia de ellos porque me pegaba a la pareja para escuchar sus gloriosos hechos.

—En Montijo fundé con mi pariente D. Manuel Risco, Teniente de aquel pueblo, una academia preparatoria titulada «Lozano-Risco»; mi casa era siempre el lugar de visita y expansión de los Guardias de allí.

—En Maguilla en el año 1912: Agitado aquel pueblo por graves conmociones sociales, y envenenada la clase trabajadora por la predicación de los agitadores socialistas de Azuaga, se revolucionó el pueblo un atardecer haciendo varios disparos y amenazando con el asesinato de varias personas de orden. Yo pude sujetar aquel levantamiento con mis persuasivas palabras, y cuando al día siguiente se presentaron allí las fuerzas de la Guardia Civil de Berlanga y Azuaga mandadas por el entonces Capitán de Llerena D. Manuel Pereita, por el entonces también Sargento D. Antonio Feria y por el Cabo de Berlanga Sr. Chamizo, yo me puse enseguida a su lado, hospedando algunos en mi propia casa, y (según decían ellos a voz en grito) haciéndoles gratísimas las horas que pasaban en aquel pueblecito su Cura D. César. Desde entonces data mi viva simpatía y amistad por el Sr. Pereita, el Sr. Feria, el Sr. Chamizo y algunos otros guardias.

—En Mérida siempre me unieron estrechos lazos de amistad con todos los Jefes y Guardias que fueron testigos de mi acendrado patriotismo. Cuando los sucesos de Castilblanco, que costó la vida a cuatro valerosos guardias, todos saben que yo velé una noche entera para esperar los cadáveres que los traían por carretera a Badajoz; llegaron frente a mi parroquia a las dos de la madrugada de una helada mañana de los primeros días de enero, y a esa hora con toda solemnidad le hice el servicio fúnebre, acompañándolos después hasta el puente romano; al día siguiente se les hicieron solemnísimas Honras en mi parroquia sin querer recibir remuneración ninguna por ellas. Al paso del Director General del Cuerpo Benemérito Sr. Sanjurjo salí a saludar a este ofreciéndole en mi casa el agasajo de un café, por cuyo acto de atención y adhesión me mostró su mucha gratitud.

—Asesinados dos Guardias Civiles por los malvados marxistas de Arroyo de San Serván, se anunció la llegada de paso por nuestra Ciudad; y entonces, como siempre, pues sabe quién yo soy y cómo amo a la Guardia Civil, acudió a mí el buen amigo Vallejo, del Instituto tantas veces mentado, y me habló de esta llegada; yo inmediatamente me puse a sus órdenes, y él sabe con cuánto gusto y entusiasmo las cumplí; recibiendo en plena calurosa siesta en el Puente Romano la fúnebre caravana, y acompañándola con capa pluvial y cruz alzada hasta mi misma parroquia, en donde se les hizo el oficio de sepultura. Al día siguiente se celebraron Honras, habiendo dispensado todos los derechos de arancel por todos estos servicios.

 

(***)

 

¡Qué pena me ha dado al salir del despacho del Sr. Teniente Coronel de la Guardia Civil Don Manuel Pereita (que sabe de la verdad de todas estas cosas, me conoce y a quien yo tanto he querido) y verme por primera vez sancionado en mi vida, y por ellos! ¡Qué amargura más grande, Dios mío! ¡Y por qué motivos! Me he ido enseguida a ver al Sr. Obispo para contarle todas estas cosas; me lo he encontrado con mi amigo del alma D. Enrique Delgado, Deány Vicario General; me han escuchado y… ¡qué consuelo más grande he experimentado al oírles! ¡Sí, fueron para mí verdaderamente finísimo pañuelo de lágrimas!, ¡que Dios Nuestro Señor se lo pague!

Además sabiendo ellos mi misérrima situación económica y que yo ,que vivo de las limosnas de mis feligreses, hoy casi mermada en más de la mitad, y de este poco ¿ánimo?, tengo que atender a mis muchas caridades, nada poseo y nada ahorro, me ofrecieron el ir al día siguiente a pagar la multa de 1000 ptas., y luego que yo las vaya pagando como pueda.

Hemos regresado a Mérida y daba lástima vernos, caídos y angustiados. ¡Dios sea bendito!


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