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LA VI FLOTA SE SITÚA / 12 El lado oscuro de la «colza»

Publicado el 14 de mayo de 2022, 19:25

Sincronizada con el Estado Mayor de las fuerzas americanas acantonadas en territorio español, la estación de la CIA en Madrid advierte de la inminencia del golpe de Estado. La 16ª Fuerza Aérea de Estados Unidos pone en acción todos sus dispositivos cuatro días antes del 23 de febrero. A primera hora de la mañana del día que va a entrar Tejero en el Congreso, el Strategic Air Command, sistema de control aéreo norteamericano, a través de la estación central de Torrejón de Ardoz, anula el Control de Emisiones Radioeléctricas español (CONEMRAD) y se mantiene a la espera de los acontecimientos. Sus pilotos permanecen en alerta y las tropas norteamericanas de Torrejón, Rota, Morón y Zaragoza, preparadas para cualquier emergencia. Frente a las costas de Valencia permanece un contingente significativo de la VI Flota, en misión de «vigilancia mediterránea». Las razones de esas maniobras no serán explicadas nunca. Estes y Todman esperan ir recibiendo las órdenes de sus superiores según se vayan desarrollando los acontecimientos. Sus contactos con la Casa Blanca y el Pentágono se simultanean.

A las 4.30 de la tarde, hora de Washington, se produce la primera reacción del Gobierno norteamericano tras el asalto de Tejero al Congreso de los Diputados. En Madrid son las 22.30 horas y aún está todo por decidir. Alexander Haig, secretario de Estado y antiguo máximo dirigente de la OTAN, se ve obligado a responder a las preguntas de los periodistas sobre el golpe de Estado en España. Se encuentra en Washington, en compañía del ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean-François Poncet, que realiza una visita oficial a Estados Unidos y con quien acaba de mantener una larga entrevista. Mientras el político francés condena sin paliativos la intentona golpista, Haig declara: «Estamos siguiendo el desarrollo de los acontecimientos y parece que es una cuestión interna». Lo que ya le había adelantado Cortina a Tejero.

Cambio 16, en el reportaje citado anteriormente, publica:


Poco clara debió de ser la actitud de los Estados Unidos cuando el ex presidente del Gobierno español, Adolfo Suárez, que 48 horas después del golpe de Estado emprendía un largo viaje privado por Estados Unidos y Panamá, anulaba una entrevista concertada por la embajada norteamericana en Madrid con el secretario de Estado norteamericano, Alexander Haig. La entrevista,22 cuidadosamente preparada por el embajador de Washington en Madrid, Terence Todman, desde hacía una semana, tuvo que ser anulada ante la oposición rotunda de Adolfo Suárez a mantener ningún contacto con Haig. El argumento manejado por el ex presidente Suárez fue que el comportamiento del general norteamericano no había sido muy claro durante la dramática noche del 23 de febrero y que su primera reacción tras conocer el asalto al Congreso no se correspondía con la amistad entre dos aliados políticos y militares.

 

El semanario añade:

 

Lo que sí parece cierto es que la actitud indiferente y poco resolutiva que los Estados Unidos demostraron en los primeros momentos de la intentona militar pudo estar influenciada por la postura adoptada por el embajador extraordinario y plenipotenciario USA en Madrid, Terence Todman, quien, por su comportamiento confuso y poco claro ha perdido la confianza de las autoridades españolas. 

 

La desarbolada situación que vive Suárez, tras su propia dimisión y el intento de golpe, queda resumida en esta frase, pronunciada durante su viaje a Estados Unidos: «A mí no me presiona nadie, y menos los norteamericanos». Poco después, el Parlamento español aprueba el ingreso de España en la OTAN. Eso sí, con el voto en contra del PSOE, que aún proclama su «OTAN, de entrada, no». Hasta que llegue al Gobierno.

 

 

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El lado oscuro de la «colza»


«Es un bichito tan pequeño que, si se cae desde esta mesa, se rompe las patas.» 1

 

El día 1 de mayo de 1981 hace su aparición oficial una enfermedad, calificada de «nueva y desconocida», que se inicia en la periferia de Madrid y se extiende luego en dirección norte y noroeste. Posteriormente también se registran casos aislados de la misma patología en el sur y el este de la península. La enfermedad es bautizada inicialmente como «neumonía atípica», más tarde recibe el nombre de «síndrome tóxico» y, por fin, queda para la historia, de momento, como «síndrome del aceite de colza». Esta variedad de aceite es la que va a cargar con el sambenito del envenenamiento masivo.

Pero veinticinco años después del origen de aquella epidemia, que ha provocado alrededor de mil doscientos muertos y más de treinta mil enfermos, sigue habiendo polémicas sobre cuál fue la causa del desastre. Eso sí, ha quedado claro que no fue el aceite de colza el que lo provocó. La Oficina para Europa de la Organización Mundial de la Salud emitió un informe en el que reconocía no haber podido reproducir la enfermedad en el laboratorio a partir de las muestras del aceite supuestamente tóxico. Pero desde el principio, la tesis de la «colza» no se sostenía. Los datos más fiables apuntaban en una dirección muy distinta.

El propio general Andrés Cassinello, en ese momento máximo responsable de los servicios de información de la Guardia Civil y persona de confianza de La Moncloa, prohíbe expresamente realizar pesquisas sobre el asunto. 2 Pero los hombres del CESID sí se ponen manos a la obra, y durante cerca de un año un equipo al mando de dos oficiales desmenuza el caso. Su resultado, contenido en un informe de siete folios elevado al director general del centro, el general Emilio Alonso Manglano, es preocupante: las tesis del aceite no tienen ningún fundamento. Al contrario, existen datos que apuntan hacia un ensayo de guerra química como detonante de la epidemia. Pero este informe nunca llega a ver la luz pública, ni siquiera en el juicio. La cuestión es: ¿por qué ese empeño en culpabilizar al aceite de colza?, ¿qué impide indagar en otras direcciones y cierra las puertas a investigaciones que apuntan hacia resultados mucho más convincentes? Una vez más, la razón de Estado.

Durante el año 1981 se producen en España cuatro acontecimientos de primera magnitud. El 29 de enero, Adolfo Suárez, presidente del Gobierno, presenta su dimisión. Justifica enigmáticamente esta decisión, ante las cámaras de TVE, afirmando que actúa de esa forma para evitar que, una vez más, «la democracia en España sea un breve capítulo de su historia». Un mes más tarde, el 23 de febrero, tiene lugar la intentona golpista encabezada por Milans del Bosch y Tejero con el visto bueno de la embajada norteamericana. Después, el 1 de mayo, se registra el primer fallecimiento provocado por el síndrome tóxico. Y en cuarto lugar, durante el mes de agosto siguiente, el Consejo de Ministros, presidido por Leopoldo Calvo Sotelo, que ha sucedido a Suárez al frente del Gobierno, acuerda el ingreso de España en la OTAN. Todos estos acontecimientos están relacionados entre sí.

La enfermedad «nueva y desconocida», calificada inicialmente como «neumonía atípica», toma carta de naturaleza en mayo, pero sus síntomas característicos ya han aparecido anteriormente con mayor amplitud, por lo que la Organización Mundial de la Salud no tiene más remedio que reconocer la «posibilidad» de que se hayan dado algunos casos previos 3 en el mes de abril. Más adelante, las investigaciones de los doctores Francisco Javier Martínez Ruiz y María Jesús Clavera permitirán demostrar que en enero 4 y febrero se han producido algunos ingresos hospitalarios, con cuadros clínicos similares a los del «síndrome», de personas provenientes de la zona de Torrejón de Ardoz. Pero las autoridades sanitarias hacen todo lo posible para evitar que se puedan vincular el brote de principios de año con el de mayo.

Se descubre, además, que en la base militar de utilización conjunta de Torrejón se ha desatado una onda epidémica dentro de la zona norteamericana. Testigos presenciales afirman que han llegado aviones hospitales para evacuar a los enfermos a Estados Unidos y a la base alemana de Wiesbaden. Durante los meses siguientes hay un gran movimiento de personal, de modo que la dotación de la base queda renovada prácticamente por completo. Además, también hay militares españoles destinados en la base de Torrejón que han sido hospitalizados. Pero cuando el Tribunal que juzga a los aceiteros pide sus historiales clínicos, el Ejército se niega a entregarlos, a pesar de que se constata la existencia de unas «encuestas» en Torrejón de Ardoz, la Clínica Sears y el Hospital del Aire. El diario El País 5 publica que han sido ingresados, por «neumonía atípica», 105 enfermos en el Hospital del Aire, otros 7 en el Hospital Militar del Generalísimo y 19 en el Hospital Militar Gómez Ulla.

La sospecha de que la base 6 es el origen de la epidemia llega a convocar ante sus puertas varias manifestaciones convocadas por los vecinos de los alrededores, y el alcalde de Torrejón de Ardoz presenta su dimisión. 7 La Unión Soviética también apunta a la instalación militar norteamericana como epicentro de un accidente con armamento biológico. La agencia oficial de noticias TASS afirma que «el foco está en Torrejón», 8 después de sostener que «las bases del Pentágono, en numerosos casos, constituyen focos de enfermedades endémicas». Además, la agencia soviética señala que «la prensa y la opinión pública tienen el deber de exigir que Estados Unidos demuestre si ha destruido sus reservas de armas bacteriológicas, de acuerdo con la convención internacional que firmó en 1972».

La errática campaña gubernamental de intoxicación informativa, que culmina con la atribución de todas las responsabilidades al aceite de colza, arranca con una explicación delirante. El origen de la enfermedad se le atribuye a un Mycoplasma pneumoniae, 9 a una bacteria —el «bichito»— que viaja por el aire y se transmite por vía respiratoria. Las autoridades hablan también, falsamente, de un «micro-plasma que se ha conseguido fotografiar en un laboratorio público». Sin embargo, en ese momento ya resulta científicamente insostenible la tesis de la transmisión de la enfermedad por vía aérea, teniendo en cuenta que el contagio se ha producido en grupos casi familiares, no en lugares masificados, y que se ha extendido por distintas áreas geográficas distantes entre sí. Además, los grupos humanos afectados no tenían ninguna relación entre sí. 10

Parece evidente que se trata de crear una coartada para ocultar las causas reales de la epidemia. Empieza a generalizarse la impresión de que se está ocultando información deliberadamente, y el ministro de Sanidad, Jesús Sancho Rof, se ve obligado a efectuar el oportuno «desmentido oficial». 11 Muy pronto, la explicación gubernamental de «la bacteria» y su «transmisión por vía respiratoria» no se puede seguir manteniendo. El día 10 de mayo, él doctor Antonio Muro presencia la autopsia de una de las víctimas y aprecia una «hiperplasia en las placas de Pleyer» en el intestino delgado, que revela la reacción del organismo ante un tóxico, y llega a la conclusión de que la epidemia está causada por un elemento ingerido por vía digestiva.

Sin embargo, a pesar de la evidencia, las autoridades sanitarias aún rechazan esta explicación, «por ridícula», y mantienen la tesis del contagio por vía respiratoria. 12 Hay que ocultar a toda costa el origen de la enfermedad. Pero una vez establecido de forma incontrovertible que el aparato digestivo es la única vía posible de extensión de la patología, comienza la frenética búsqueda de un nuevo chivo expiatorio que cargue con las culpas. Se descubre la existencia en el mercado español de aceites comestibles de colza importados como excedentes de la producción comunitaria, con destino a la producción de acero, que han sido desviados para el consumo humano, y por ahí empieza a encaminarse la construcción de una nueva coartada. Acabarán criminalizados meros estafadores que estaban beneficiándose ilegalmente de unas tasas arancelarias bajas. A partir de ese momento, se insiste en que la anilina utilizada para desnaturalizar el aceite importado es la causante de la epidemia. Pero, en realidad, ni se han utilizado anilinas, ni el aceite está desnaturalizado. Además, los síntomas de una intoxicación por anilinas son conocidos desde hace mucho tiempo y ninguno de ellos coincide con los que padecen los enfermos. Y dada la escasa concentración de anilina que se encuentra en los aceites al analizarlos, esta sustancia no puede ser la causante de la enfermedad.

22 Cambio 16, 16 de marzo de 1981.

1 Explicación ofrecida por el ministro de Sanidad de UCD, Jesús Sancho Rof, para aclarar el origen de una enfermedad que provocaría mil doscientos muertos y treinta mil enfermos.

2 Rafael Cid. Prólogo del libro El montaje del sídrome tóxico, de Gudrun Greunke y Jórg Heimbretch, Obelisco, Barcelona, 1988.

3 En la investigación desarrollada por las defensas de los aceiteros se trató de localizar, a través de los datos registrados en el Instituto Nacional de Estadística, si en 1981 se produjo algún incremento significativo de la morbilidad. Y en efecto, en los datos del instituto aparece reflejada la incidencia del síndrome tóxico oficial en el apartado de estancias hospitalarias ocasionadas por «envenenamiento o intoxicación por otros agentes». En Madrid, durante el año 1980 se habían producido sólo 881 estancias hospitalarias de varones y en 1981 se elevan a 19 366. En el caso de las mujeres, el año 1980 se producen 480 estancias y el siguiente se elevan a 34 160.

4 De la existencia de una enfermedad extraña y desconocida en Madrid en los primeros meses de 1981 da cuenta un episodio que se relata en el libro ¿La colza o qué? El 11 de febrero fallece una persona en el Hospital de La Paz. Había sido ingresado ese mismo día. Los médicos pidieron permiso a la familia para practicar la autopsia al cadáver «porque en esos días se habían producido otros fallecimientos por una enfermedad extraña y desconocida».

5 El País, 26 de mayo de 1981.

6 Hoja del Lunes, 8 de junio de 1981. «Por otro lado, no existe ninguna confirmación de que el origen de la epidemia sea la base militar, aunque hasta Atlanta han llegado rumores en este sentido, desmintiéndose siempre dicha posibilidad.»

7 Diario 16, 31 de julio de 1981. «Mientras en el Ministerio se sucedían las reuniones y se hablaba de «legionellas» y otros gérmenes, en Torrejón los vecinos se echaban a la calle, protestando contra el problema y exigiendo soluciones... Mientras tanto, todas las miradas apuntaban a la base, y al alcalde, en un momento dado, se le exige una denuncia al respecto... En las octavillas se habla de guerra bacteriológica y se relata que se planeaban presiones en la localidad para que el alcalde señalase a la base.»

8 El País, 28 de mayo de 1981.

9 Diario 16, 21 de mayo de 1981.

10 El País, 26 de mayo de 1981.

11 Diario 16, 22 de mayo de 1981.

12 Diario 16, 24 de julio de 1981.


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