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Capítulo VIII 171-178

Publicado el 18 de mayo de 2022, 21:21

El Ejército de Cristo acampó durante tres días a los pies de la colina humeante. Grupos aislados de saqueadores-asesinos y soldados rebuscaban aún entre los escombros de la guarida del Diablo cualquier objeto de valor que hubiese podido escapar del saqueo y el incendio. Quienes prefirieron quedarse en las tiendas, se dedicaron a descansar o a bailar con las cantineras que habían seguido a las tropas. En el río se lavaban las ropas ensangrentadas, se hablaba del milagro y se daba gracias al Señor por haber ayudado al ejército de Cristo en la destrucción de la Sinagoga de Satanás.

La noticia de la matanza y el terror voló de boca en boca, de castillo en castillo, de ciudad en ciudad. A la sombra de su tienda, Arnauld Amaury compartió unos tragos de vino de Borgoña con el conde Eudes III, con quien discutía sobre la última vendimia. Las colinas de Cîteaux eran prácticamente como las de Beaune, pero el vino que hacían sus monjes… ¡era otra cosa! Se citaron para la próxima cosecha y, entre un sorbo y otro, Arnauld escribió a Inocencio III para anunciarle la victoria de Cristo:

«El día siguiente, fiesta de santa María Magdalena, en la iglesia donde hace tantos años los Biterrois asesinaron a traición a su señor, comenzamos el asedio de Béziers, ciudad defendida por la naturaleza del lugar y tan bien provista de hombres y víveres, que parecía capaz de detener por largo tiempo al más numeroso de los ejércitos. ¡Pero no hay fuerza ni prudencia que valga contra Dios! Los nuestros no respetaron ni rango, ni sexo, ni edad: cerca de veinte mil hombres fueron traspasados por la espada y a tan sangrienta carnicería siguieron el saqueo y el incendio de toda la ciudad, resultado más que justo de la venganza divina contra los culpables».

Al cuarto día, mientras el sol de julio ardía y desde la colina comenzaba a llegar el hedor de la carne que se pudría, el gigantesco ejército se dirigió hacia Carcasona.

Por el camino, el generalísimo Abad Blanco recibió al arzobispo Berengario y al vizconde Aimery de Narbona, quienes se postraron a sus pies en muestra de sumisión. Les entregarán a todas las personas sospechosas así como a los herejes que éste quisiese y le cederán todas las propiedades narbonesas de los judíos de Béziers. Todo, con tal que evitar un castigo de Dios similar al asestado a los condenados de la guarida del Diablo.

Seis días después, la armada llegó a Carcasona. Entretanto, centenares de castillos habían abierto sus puertas a los invasores para rendirse ante Arnauld Amaury. Incluso los cónsules de Arles y Montpellier, tras la carnicería de Béziers, se sometieron y juraron fidelidad a los legados pontificios Milón y Thédise.

Sin embargo, Carcasona era inexpugnable, tan poderosas eran sus fortificaciones. Las primeras escaramuzas en el burgo mostraron el gran valor del joven vizconde Raimundo-Roger de Trencavel, quien tenía a su lado a los mejores caballeros occitanos. A pesar de ello, la lucha era muy desigual, pues habían de enfrentarse a unas fuerzas mil veces superiores en número y combatir al Veni Creator que los monjes y los sacerdotes gritaban al cielo para que descendiese la justicia divina. Consiguieron defenderse con honor, pero al final se vieron obligados a ceder el burgo y el Castellar, y se retiraron al interior de las murallas.

El verano había entrado en su época más calurosa. Se terminó el agua en la ciudad y los animales y los niños comenzaron a morir. Un hedor nauseabundo circulaba por la ciudad junto con enjambres de grandes moscas que sembraron el pánico entre las gentes. El vizconde recibió la noticia de la masacre de Béziers directamente del rey Pedro II de Aragón, pero rehusó tanto la posibilidad de rendirse como la de abandonar a su gente.

Arnauld Amaury intentó desencovarlo. Propuso una entrevista con el joven vizconde, para la cual envió a su tío, el conde Auxerre, Pierre de Courtenay, al que se había entregado un falso salvoconducto firmado por todos los caudillos militares de la Armada de Cristo. Raimundo-Roger de Trencavel salió de la ciudad para parlamentar con el Abad Blanco, pero fue aprehendido, enviado a prisión y, tres meses después, el 10 de noviembre de 1209, degollado del modo más miserable.

Carcasona, sin agua y sin nadie que la gobernase, se rindió: el Abad Blanco perdonó la vida a sus habitantes, expulsándolos desnudos de la ciudad. Sus haberes, su dinero y sus tierras se convirtieron en el primer gran botín del ejército de Cristo. Tan grande recompensa hizo olvidar el motivo oficial de la expedición: la herejía. Ante la conquista de la poderosa Carcasona, el generalísimo Arnauld no pensó más en los apestados herejes. Ofreció tierras y riquezas al conde de Nevers, al duque de Borgoña, al conde de Saint-Pol, todos ellos hombres poderosos que se habían deshecho de su humanidad durante la matanza de Béziers en aras de una provechosa operación militar —y castigo divino, por supuesto—, hombres cuyo sentido de la caballería quedó sepultado bajo el engaño y la traición perpetrados contra el joven vizconde Trencavel. Sin embargo, uno tras otro acabaron por abandonar el Ejército de Cristo.

Pero hubo un conde sin condado, Simón de Montfort, que no se mostró tan escrupuloso. Cada vez se identificaba más con la desmesurada ambición del generalísimo Abad Blanco. Al igual que Inocencio III, quien había llorado desesperadamente el día de su investidura como papa por no estar preparado para aceptar un honor tan grande, Simón de Montfort se mostró avergonzado por sentirse indigno e incapaz, aunque aceptó de inmediato y se convirtió en conde de Béziers y Carcasona.

Arnauld Amaury tuvo por fin a su lado a un nuevo león para su Armada de Cristo. El hombre idóneo para proseguir su avance. Un paladín sanguinario y asesino sin escrúpulos.

El nuevo león de la cruzada restableció de inmediato los antiguos impuestos eclesiásticos, decretó otros nuevos y prometió dinero al papa lanzándose a una campaña de conquista. En pocas semanas se apoderó de Montréal, Fanjeaux, Alzonne, Saissac, Limoux, Preixan, Castres, Mirepoix, Pamiers, Saverdun, Lombers y Albi. Mas todas las ciudades estaban vacías. Sus gentes habían huido. La sangre de Béziers continuaba dando fruto. Allá donde quedaba gente, no dudaba en someterse. Se prendió alguna hoguera, pero los enclaves cátaros como Ventajou, Minerve, Termes o Cabaret aún no habían caído. El gigantesco ejército iba reduciéndose día tras día y los cruzados volvían a sus casas. Tan sólo quedó el nuevo león para proteger, con pocos soldados, centenares de castillos y ciudades que esperaban la ayuda de Roma de manos de Inocencio III.

El papa, en aquellos días de octubre de 1209, estaba muy ocupado con la coronación de su favorito, Otón IV de Brunswick, como nuevo emperador del Sacro Imperio Romano.

Las gentes de Roma se habían agolpado en las escaleras de San Pedro, así como en las calles de la Ciudad Eterna. El emperador lanzó monedas a su paso, lo cual creó una gran algarabía. Después tres obispos lo recibieron y lo acompañaron ante el soberano de soberanos, Inocencio III. Todos los príncipes se arrodillaron ante él y le besaron los pies. Después llegó el turno de que el emperador se postrase y, en una muestra de reverencia y sumisión, besase los pies al pontífice. Tras jurarle fidelidad y protección, Inocencio III lo besó en la frente, el mentón, las mejillas y los labios. Juró de nuevo, se cobijó en su manto, y lo besó en el pecho. Se le administraron los santos óleos y el papa le impuso la espada para que con ella abatiese a sus enemigos y a los de la Iglesia, protegiese el imperio y a los soldados de Cristo, y seguidamente le entregó el cetro y le ciñó la corona imperial.

Finalmente, le calzó las espuelas de san Mauricio y el emperador abandonó San Pedro en compañía del papa. Le sostuvo el estribo del caballo y, sujetando las bridas, lo siguió solemnemente por toda Roma. La procesión se llevó a cabo entre el júbilo de las campanas, los cánticos de una multitud de sacerdotes que seguían a los dos gobernantes mientras se lanzaban monedas y bendiciones.

El sol de la primavera de 1210 fundió las nieves acumuladas durante el invierno, muy riguroso, mientras tropas de refresco renovaron la vitalidad de Simón de Montfort y Arnauld Amaury.

Quienes se resistieron o, incluso, se alzaron, como los habitantes de Montlaur, fueron ahorcados. La ciudadela de Bram fue reconquistada. A cerca de un centenar de prisioneros se les cortaron la nariz y el labio superior, y se les sacaron los ojos con las manos. Tan sólo se perdonó a uno de ellos, al que se dejó tuerto, para que condujese a los demás al castillo de Cabaret, donde aún se atrevían a resistir al ejército cruzado. El terror continuaba siendo el principal método de lucha de Simón y Arnauld. Allá por donde pasaban, se quemaban las viñas, los campos de lino o el grano, se sacrificaban vacas y ovejas, y se derribaban cabañas. Las gentes que huían preferían no dejar nada a los cruzados y prendían fuego a cuanto podían. La fértil y rica tierra occitana comenzó a perderlo todo: animales, viñedos, campos de grano… y libertad.

Llegó el verano, aún más caluroso que el anterior.

Minerva resistió tras un mes de asedio por parte del ejército cruzado, pero fue obligada a capitular tras un nuevo engaño más del Abad Blanco. Arnauld Amaury, con su potente voz cavernosa, tranquilizó al noble cruzado Robert Mauvoisin, quien temía que los cátaros acabarían por renegar de su fe para no ser pasto de las llamas.

—No temáis —le aseguró Arnauld—. Creo que muy pocos se convertirán.

Poco después, pudieron solazarse con la visión del primer gran fuego purificador: un monstruoso escenario se preparó en el fondo de un barranco y ciento cuarenta cátaros afrontaron el martirio antes que renegar de la fe de Cristo. Fue el 22 de julio, fiesta de santa María Magdalena, un año después de la carnicería de Béziers. La Armada de Cristo la celebró con ciento cuarenta antorchas humanas. Monjes y sacerdotes entonaron el Tedeum mientras contemplaban el fuego purificador.

A los nueve meses de asedio cayeron Termes y Puivert.

Los legados pontificios excomulgaron de nuevo al conde Raimundo IV de Tolosa por no haber echado aún a los herejes que vivían en sus tierras.

Entretanto, Inocencio III paseaba por el silencioso claustro del palacio de Letrán, con la mirada abstraída en el verde del prado, el rojo de las flores, los restos de algunas columnas romanas o un olivo. Pensaba en las cosas del mundo: en Alemania, Irlanda, España, Portugal… En la propagación y la consolidación del cristianismo en el norte de Europa, así como en el Imperio de Oriente, en Teodoro Lascario, o en Alesio y el enemigo de los latinos, Michelicio. Tampoco se olvidaba del principal enemigo de la Iglesia: Aristóteles.

Sus pensamientos se interrumpieron por la aparición imprevista de doce desharrapados: tras la sorpresa inicial, siguió un ataque de furor al haber reconocido al responsable: Aquel Francisco de Asís que llevaba semanas intentando hablar con él para que aprobase su regla monástica… ¡Una regla que prohibía cualquier propiedad! Una orden revolucionaria que se proponía asentarse en medio del vulgo para predicar la pobreza y ¡borrar de las mentes una noción tan sana como la propiedad! Inocencio III hizo que expulsasen a Francisco y a los restantes intrusos del palacio sin permitir que abriesen la boca. (Poco después, gracias a un prudente y oportuno sueño, aquel grupo de monjes harapientos comenzó a predicar y acabaron formando parte de la Iglesia y hablando en su nombre.).

Inocencio III continuaba pensando en París, en la universidad, en los discípulos de Amaury de Bène, el profesor de artes liberales más famoso hasta no hacía mucho, al que condenó a abjurar de sus creencias y sus doctrinas neoplatónicas y aristotélicas. El papa era consciente del grave peligro que se cernía sobre la universidad de París, de la que comenzaba a desconfiar. Sabía que la introducción y el uso de la lógica aristotélica podía cuestionar gravemente la supremacía absoluta de la teología.

Pierre de Corbeil, su antiguo maestro, presidió el sínodo provincial de París y promulgó en su nombre la prohibición a los doctores parisinos de que se enseñase la metafísica del sumo filósofo. Desde aquel momento, quien osare leer o copiar los libros de Aristóteles, llevados a Francia por los cruzados tras el saqueo de Bizancio, sería excomulgado.

En París, el 20 de diciembre de 1210, diez partidarios de la doctrina aristotélica de Amaury de Bène fueron condenados por el obispo, entregados al rey y quemados vivos. Junto a sus cuerpos infectados por el error, se lanzaron los libros de metafísica de Aristóteles.

La primavera de 1211 vio cómo Simón de Montfort se decidió a apagar los últimos focos de resistencia occitana. Su bandera fue izada en el castillo de Cabaret. Después, se puso sitio a Lavaur, que, al cabo de diez meses, se vio obligada a capitular. Los cruzados masacraron a sus habitantes mientras entonaban el Tedeum. El jefe de la guarnición de Lavaur, Aimery de Montréal, fue elevado al patíbulo. Ochenta de sus caballeros esperaban su turno. Pero el improvisado cadalso, quizás a causa de la gran corpulencia de Aimery, se vino abajo. Simón de Montfort aulló de rabia al ver cómo todos reían. Para no perder más tiempo, ordenó a los suyos que los degollasen sin piedad. Su deseo se cumplió al instante. Guiraude, la noble castellana, famosa por su bondad y su caridad, y creyente, había dado cobijo a cuatrocientos hombres y mujeres cátaros. Fue apresada, entregada a los soldados, acusada de ser una pecadora incestuosa, violada, lanzada a un pozo y muerta a pedradas.

El Ejército de Cristo encendió otra gigantesca hoguera delante del castillo. El Tedeum de los monjes y los sacerdotes se alzó potente al cielo para amortiguar los alaridos de los cuatrocientos mártires.

El cuantioso botín, arrebatado a la noble Guiraude, pasó a manos de Montfort y, de éstas, a las de su banquero, Raimundo.

Mientras tanto, Arnauld Amaury, a la cabeza del resto del ejército,
capturó a otros ochenta cátaros que se ocultaban en una torre del castillo de Cassés, mandó derruir todo y sobre los escombros prendió un enorme fuego en el que los quemó a todos.

El viernes 17 de junio comenzó el primer asedio a la capital de Occitania. Simón de Montfort también aspiraba a convertirse en conde de Tolosa. Pero la ciudad resistió. Al lado de Raimundo IV se hallaban hombres de valor como el conde Raimundo-Roger de Foix, Bernard IV de Comminges y Hugues de Alfaro. El ejército de Simón de Montfort se vio obligado a abandonar el sitio.

En otoño de 1211 se asistió al estallido de varias revueltas en diversos lugares. El pequeño ejército occitano intentó sin éxito hacer frente a Simón de Montfort, pero la Armada de Cristo prosiguió con sus saqueos, devastaciones, incendios y masacres.

En marzo de 1212 Arnauld Amaury vio cómo su sueño se cumplía: el arzobispo de Narbona, Berenger, al que había perseguido desde 1204, había muerto. El Abad Blanco se instaló en el palacio arzobispal. De inmediato, el vizconde Aimery se postró a sus pies y, en presencia de diez prelados, le juró fidelidad y sumisión mientras se izaba la bandera que simbolizaba la posesión del ducado de Narbona. No esperó el permiso de Inocencio III. El precio por haber dirigido el Ejército de Cristo a la victoria hacía tiempo que se había pagado. No tuvo en cuenta que Simón de Montfort podía reivindicar sus derechos. Se trataba de una usurpación en toda regla aceptada en silencio por todos.

El miércoles 2 de mayo tuvo lugar la ceremonia oficial, festejada con un espléndido banquete en el que participaron numerosos obispos, como el de Béziers o el de Tolosa, y muchísimos abades. Arnauld Amaury brindó feliz porque además tomaba posesión de todos los bienes confiscados a los herejes en muchos lugares.

Entre ellos se encontraban PonsAymeric, del burgo del vizconde; Amiel Bertrand, del burgo de san Jaime, y Stéphane du Portal y Jean du Bosc, del burgo de la Magdalena. Todos estaban incluidos en la lista del obispo Renaud de Montpeyroux. Todos ellos asesinados el 22 de julio de 1209 en Béziers a manos de sus tropas.

Los cruzados se desplazaron hasta Lavelanet, pero renunciaron a conquistar Montségur, un nido de águilas de forma pentagonal que parecía inexpugnable. En noviembre, Simón de Montfort convocó en Pamiers una gran asamblea, integrada sobre todo por obispos, en la que se comenzaría a sentar acta sobre el contencioso occitano. A primeros de diciembre se restauraron los privilegios de la Iglesia, los poderes jurídicos de los obispos, el derecho a recaudar el diezmo y las primas.

Se prohibió al pueblo occitano la reunión en cofradías o asociaciones, salvo las de mercaderes o peregrinos. Se les obligó a asistir a misa los domingos y, en el caso de que no se pudiese por enfermedad, se estableció que se pagaría a la Iglesia una multa de seis sueldos tornesos. En cuaresma, cada familia debía abonar tres monedas al papa en agradecimiento por la ayuda prestada para liberar el país de herejes. Se sustituyó el derecho occitano por el francés y las tierras de los herejes y sus protectores pasaron a pertenecer legalmente a los cruzados.

Se repartió el botín obtenido durante tres años de saqueos. De acuerdo con la carta que el papa había dirigido a Simón de Montfort el 18 de diciembre de 1210, y en la que lo instaba a que realizase el censo de Occitania, éste le asignó, como donación personal, mil marcos de plata.

Inocencio III designó a Pierre-Marc secretario de Raimundo, tesorero a su vez de Simón de Montfort. Debía retirar la parte que le correspondía de los impuestos y del botín de los últimos tres años, incluidos los mil marcos de plata que habían sido propiedad de la castellana violada y lapidada por los cruzados en Lavaur.


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